La real inauguración del ferrocarril Cartagena-Murcia

Hace hoy siglo y medio, Isabel II realizó el primer viaje, aunque las obras «se hallaban bastante lejanas a su conclusión»

PEDRO SOLERMURCIA.
Inicio del viaje de inauguración, desde Cartagena./
Inicio del viaje de inauguración, desde Cartagena.

Allá por agosto de 1851, se encargó al ingeniero José Almazán el proyecto de ferrocarril Albacete-Cartagena. En enero de 1850, se había planteado una 'Línea del Mediterráneo', de Madrid a Cartagena, con ramales a Valencia y Alicante; pero ninguno de los planes superaba los inconvenientes. Hubo que esperar a abril de 1858, para que varios diputados redactaran un proyecto de ley, que autorizase al Gobierno a conceder en subasta la construcción de la línea ferroviaria, que, «partiendo del ferrocarril del Mediterráneo, en la estación de Almansa vaya por Yecla, Jumilla, Cieza y Murcia, y, desde allí, por Molina a Cartagena. El concesionario disfrutaría de la explotación por noventa años. El Estado abonará 360.000 mil reales por kilómetro, y de esta cantidad abonarán al Estado una tercera parte las provincias y localidades». Pese a todo faltaban años, para que se escuchase en estos municipios el 'chacachá' del tren de las diversas líneas ferroviarias, aunque el ferrocarril del Mediterráneo, que llegaba hasta Alicante, había sido inaugurado un mes después de la propuesta de los diputados. Y sería el obispo de Murcia, también 'Patriarca de las Indias', quien se encargó de bendecir la estación de Alicante «del modo acostumbrado»; por supuesto, con la presencia de la reina Isabel II, quien no se perdía inauguración de estaciones y ferrocarriles.

La inauguración oficial del primer servicio ferroviario tuvo lugar el 24 de octubre de 1862 -hoy hace 150 años- y era el que enlazaba Murcia y Cartagena. Se trataba de aprovechar la llegada de Isabel II a Cartagena, desde Cádiz, ya que, junto a su esposo y los infantes Alfonso e Isabel, regresaban de un viaje por Andalucía.

Cuenta Fernando Cos-Gayón en su crónica del viaje real, que eran las 6.15 de la mañana del día 22, cuando «los disparos de cañón anunciaron que se hallaba a la vista el vapor que conducía a las Personas Reales»; y, hora y cuarto después, «las salvas de artillería saludaban la entrada en el puerto del 'Isabel II', inmediatamente seguido de los demás buques de la escuadra». Una ciudad entusiasmada se había reunido para recibir a la Reina, «sin que los rigores del sol, que lanzaba rayos abrasadores desde un cielo despejado, hiciesen retirar a nadie». Ocho bandas de música distribuidas entre los botes, tocaban ininterrumpidamente la Marcha Real.

Colgaduras de damasco

Según las crónicas, el desembarcadero en el que descendió la Reina formaba una figura octogonal de diez metros de diámetro por doce de alto, y era una imitación de arquitectura chinesca. Su interior estaba adornado con lujosas colgaduras de damasco carmesí, y en sus cuatro puertas lucían cortinajes de damasco amarillo. El suelo aparecía cubierto por una preciosa alfombra que llegaba al mar.

Tras ser recibida por autoridades y lo más selecto de la sociedad, la Reina subió «en una lujosa carretela tirada por seis hermosos caballos, ricamente enjaezados», acompañada, en los laterales por el presidente del Consejo y Capitán General del Distrito, seguidos de otras muchas carrozas. Cuando la familia real se diría al Palacio de la Capitanía General, donde se albergó, desde los balcones llovían «flores y versos: de todas partes se cruzan vivas y aclamaciones; el entusiasmo es general». Se habían montado arcos, obeliscos y pabellones en distintos lugares del trayecto, encargados por particulares, funcionarios y organismos oficiales. El arco de la Plaza de Santa Catalina tenía 14 metros de altura y la dedicatoria 'A SS. MM. y AA. la provincia de Murcia'.

Penetró en un yacimiento

Por la tarde, la familia real visitó la Maestranza de Artillería, el Hospital de la Caridad, además de otras dependencias y conventos. Por la noche, con la ciudad iluminada por miles de farolillos y bombillas, amarillas y encarnadas, se ofreció a sus majestades una serenata, y más de cuatro mil hombres participaron en la procesión de los obreros del Arsenal. La Reina, al siguiente día, visitó la zona minera y penetró en un yacimiento de 300 metros de profundidad. La jornada acabó con un baile que ofreció a la Reina el Ayuntamiento en el castillo de la Concepción.

La presencia de Isabel II en Cartagena finalizó, el día 24, con la visita a la iglesia de los Cuatro Santos, tras lo que se dirigió a «la estación provisional de ferrocarril», donde iniciaría su viaje de inauguración de la vía férrea, que unía a Cartagena con Murcia. Como cuenta el cronista, «las obras de la vía férrea se hallaban bastante lejanas a su conclusión». Algunos de los trabajos se habían realizado a un ritmo apresurado, ya que fue el 18 de julio cuando comenzaron a colocarse los raíles en Cartagena. Faltaban por realizar obras de fábrica, «pero el deseo de que el camino fuera inaugurado por SS. MM. y AA. se había hecho superior a todas las dificultades.

Aquello en realidad no fue inaugurar el ferrocarril, que solo meses después pudo ser estrenado». El primer viaje de personas y mercancías se realizaría el 1 de febrero de 1863. Y seguía afirmando el cronista que los reyes marcharon de Cartagena a Murcia «por un camino de hierro construido por el respetuoso amor de la Empresa para el uso exclusivo de aquel día, pues la víspera muchas de las obras no estaban hechas». Qué endeblez no tendrían que, poco después, «fueron eliminadas por un fuerte aguacero».

En Murcia, como en Cartagena, tampoco se había podido construir estación alguna; pero sobre el terreno que, posteriormente, ocuparía, se levantó un pabellón de cuarenta metros de largo, colmado de adornos, que sirvió para que se situasen las numerosas autoridades que aguardaban a la familia real, y para... librarlas del agua que las «espesas nubes, arrastradas por un viento fuerte» trajeron.

Pese a la lluvia, «era tal su entusiasmo y el profundo deseo de ver a SS. MM. que el inmenso gentío que no pudo penetrar permaneció impasible, sin abandonar aquellos contornos». La lluvia provocó también que la alfombra sobre la que debía desfilar la Reina, desde el vagón que la traía hasta el pabellón artificial, quedase convertida en un intransitable charco. Pese al agua, Murcia aguardaba a la Reina: desde los más altos representantes, hasta «lo más escogido de su alegre y bulliciosa juventud».

Como describe en su crónica oficial Miguel R. Arroniz, la ciudad y la huerta se habían volcado en la recepción real, y unas quince mil personas se habían reunido para recibir a la Reina. Su llegada se produjo entre «un grito unánime de arrebatador entusiasmo, que anuncio la aparición de la atrevida locomotora, que dejando tras de sí, las gigantescas espirales de un humo denso y fantástico, cortaba las dilatadas líneas de un hermoso horizonte. Mil vivas se repitieron con indefinible y conmovedora entonación en las concavidades del espacio, lanzándose a un tiempo la acalorada muchedumbre, cual la revuelta corriente de un río desbordado».

Nostalgia de las diligencias

Los primeros en descender del vagón fueron los infantes; después, el confesor de la Reina, arzobispo Antonio María Claret; el Rey, «que vestía uniforme de Capitán general»; y, por último, la Reina, que «ostentaba un elegante traje color de rosa, con caprichosos adornos carmesí, toquilla blanca y una rica diadema de oro, sembrada de esmeraldas y rubíes». Isabel II recorrió «una alfombra de flores que se habían derramado al efecto».

El ferrocarril no entraría en servicio hasta febrero de 1863; pero poco más de un año después, 'El Sacamuelas', un semanario que se confesaba 'joco-serio', informaba sobre «la enojosa tarea de hacer patente el estado poco satisfactorio en que se encuentra la línea férrea». No tardó en propagarse la idea de que «sería preferible el medio ya desusado de las diligencias, antes que realizar las marchas por un ferrocarril que, cual el que hoy tenemos, adolece de efectos tan remarcables». Y solo llevaba funcionando diecisiete meses.

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