Recuerdos de niñez de Luke Donald: Antonio y el par 47 de La Manga Club

El número uno del mundo, con 9 años, pateaba y chipeaba en las instalaciones murcianas

MARÍA JESÚS PEÑAS NOTICIASGOLF@YAHOO.ESCARTAGENA.
Luke Donald a sus 35 años. ::
                             AGENCIA/
Luke Donald a sus 35 años. :: AGENCIA

A finales de julio de 2011, más de uno se sorpendió con la contestación que el número de uno del golf, el británico Luke Donald, le daba a uno de sus más de 146.000 seguidores en Twitter. Donald le confirmaba que el avatar (la foto de su perfil en la red social) correspondía a una instantánea que le habían sacado a la tierna edad de 9 años, en uno de los campos de La Manga Club (España).

Si alguien no se sorprendió de ese hecho fue José Antonio Soto. Este cartagenero lleva un cuarto de década trabajando en este resort. «Entré con 14 o 15 años... -recuerda- y hasta hoy». Su vida laboral siempre ha estado entre el 'caddie master' y las funciones de 'marshall'; unida a la cancha de prácticas (el 'driving range'), a los campos de golf y al par 47. Fue precisamente en este último recorrido -18 hoyos pares 3, diseñados por Severiano Ballesteros- donde se encontró Soto, allá por los 80, a «un crío más bien regordete, bajito, de cara redonda y muy, muy, pero que muy educado».

La familia de Donald contaba por aquel entonces con una casa en La Manga Club, en una de las urbanizaciones aledañas al hotel y a los campos del resort, denominada 'La Quinta Club'. En las inmediaciones de la misma, un recorrido muy técnico, propicio para aprender o mejorar el 'putt' y el 'chip'. Dieciocho hoyos, que todos los días de un caluroso estío de 1988, recorría un pequeño rubio inglés, que enseguida acopló a su vocabulario tres palabras españolas: 'Hola', 'gracias' y 'Antonio'.

Soto lo recuerda esperándole a las 9 de la mañana, la hora a la que abrían el recorrido. Enseguida hicieron buenas migas. «Estaba allí permanentemente practicando. Por las mañanas, por las tardes; todos, todos los días. Su madre lo llamaba para que se acercara a la piscina a darse un baño, pero nada, él le decía: 'No, I stay here with Antonio!' (No, me quedo aquí con Antonio).

Soto no pudo por menos empatizar con él. El muchacho jugaba solo. No había niños de su edad con tanto ahínco por el golf como para pasar tantas horas allí metidos. Así que en ocasiones jugaba partidas con él. «Unas veces me ganaba él y otras conseguía ganarle yo». Antonio, hoy por hoy, tiene su 'handicap' más que oxidado, pero por aquel entonces jugaba y se conocía muy bien los pares 3 en liza. Donald también. «Era sensacional ver su juego corto. Incluso el jardinero que pasaba la máquina de cortar se paraba a ver su 'swing'. Era como ver a un profesional en pequeño. Tenía un 'swing' de categoría y pateaba de maravilla»; no era casual, «cogía sus 3 bolas y venga practicar». Antonio también recuerda «cómo dejaba las bolas dadas en los 6 hoyos de 'chiping' del recorrido». O el día que le propuso que si le ganaba le daría 100 bolas. «Llegamos empatados al 18; en el último 'green', en foma de isla, la dejó a un palmo. Yo tripateé. Su cara de satisfacción era total. Al día siguiente, lo primero que me preguntó es si le había traído las bolas; la verdad ¡es que se me habían olvidado! Pero Luke no hizo ni un mal gesto. Se las llevé al día siguiente y encantado. Era un joven de lo más educado. Todo lo pedía por favor, y no tenía ningún reparo en ayudarme, por jemplo, a recoger el material (las banderitas de los hoyos) que retirábamos por la noche». Porque a esa hora, también Donald seguía allí. El joven británico prometió volver al año siguiente. A un nuevo verano a España, pero antes no dejó pasar la oportunidad, meses después, de escribir a su nuevo amigo español, Antonio, que le había dado tan buenas tardes de golf. Soto ha guardado la carta desde entonces y el actual número uno del mundo pasaría algún verano más en La Manga Club. Después de eso, Soto no le volvería a ver hasta que con 18 años, el británico volvió al resort con el equipo junior de Inglaterra. «Colocados en las esterillas, noté que uno de los muchachos del equipo no paraba de mirarme hasta que me dijo: '¿Tu eres Antonio, el del par 47?'. «Si, le dije a un muchacho que ¡no se parecía en absoluto! al niño que recordaba; Ahora era espigado, fibroso... eso si, igual de rubio».

Tiempo después, mientras Soto compartía jornada con uno de los propietarios del resort, Alan Robinson, el nombre de Luke salió a colación. Robinson hablaba de una joven promesa que había quedado segundo en un campeonato y que tenía posibilidades de formar parte del equipo de la Ryder Cup (como así fue en 2004). Era el mismo Luke que Soto conocía. Antonio le cuenta su historia y Robinson, perplejo, le pide que le muestre la carta; se la queda... y meses después le entrega a Soto lo que hoy es un querido y preciado recuerdo que guarda en la Administración de golf de La Manga Club para todo aquel que quiera verlo. Un cuadro de fotos en el que está enmarcada la carta de Luke, junto a algunas imágenes, una de ellas firmada por el propio Donald y dirigada a su amigo español, porque Robinson coincidió con el juagdor en un open en Inglaterra y le contó al profesional que tenían un amigo en común: José Antonio Soto. Donald volvió hace unos 5 o 6 años a LMC. Antonio lamenta no haber estado en Murcia en las fechas en las que británico se alojó en el resort. «Fue una lástima, preguntaron por mi -vino con su hermano-, pero yo estaba fuera. Lo he lamentado mucho». Antonio no pierde la esperanza de volver a coincidir con él, «¡quien sabe!», quizás yo pueda acercarme a alguna de las pruebas en las que el compita o él vuelve a LMC. «Quien sabe», vuelve a repetir. Y es verdad, porque en golf todo es posible.