«El pesimismo solo sirve para sufrir y dormir mal»

Pagó un alto precio personal por su independencia, pero está orgullosa de ello. «Siempre he hecho lo que me daba la gana», presume la actriz, que solo se arrepiente de no haber tenido hijos

CÉSAR COCA
«El pesimismo solo sirve para sufrir y dormir mal»

Nadie ha mirado a la cámara como ella, con esa intensidad y esa pasión, subrayadas por una voz grave, como si acabara de atravesar una noche entera de tertulia, tabaco y alcohol. María Asquerino está retirada de la escena, pero mantiene intacta su aura de gran dama del teatro, empezando por la forma de entrar en el café donde se ha citado con los periodistas. Recién cumplidos 86 años que solo se le notan en un caminar dubitativo, la inolvidable protagonista de 'Surcos' transita de la esperanza a la melancolía durante la conversación . Sus ojos se humedecen levemente cuando se refiere al gran error de su vida -no haber tenido hijos- y ríen al hablar de la alegría con que se levanta cada día bien avanzada la mañana, con ese horario de profesional de las tablas que mantiene aunque su nombre ya no figure en la cartelera del Español o el María Guerrero.

- Con usted termina una saga teatral.

- Sí, porque soy hija y nieta de actores, de gente abierta en sus ideas, que viajaban a América a trabajar y a aprender. Yo he estado haciendo cine, teatro y televisión en Argentina y México. Ahora los actores de teatro salen menos de España. Las cosas han cambiado mucho. Fíjese que yo he tenido que ponerme años para trabajar cuando era solo una niña...

- Debutó en el teatro a los 11 años, en San Sebastián. ¿Qué recuerdos guarda de aquello?

- Lo que mejor recuerdo es que eran muy distintos el teatro y la calle. Y que había muy pocas cosas que hacer y muy pocos sitios a los que ir.

- Entre sus primeros papeles está uno de chico. ¿Por qué lo hizo?

- Porque en aquella época muchos papeles de chico eran hechos por chicas, normalmente hijas de actores de la compañía. Salía en la escena inicial de 'Eloísa está debajo de un almendro', de Jardiel Poncela, en una función en la que también trabajaba Fernando Fernán Gómez, que era algo mayor. Yo solo decía una frase (pone voz de chico): 'Bombones y caramelos; también tengo pralinés'. Nunca he sabido lo que son pralinés...

- Llevaba una vida distinta, viajando, conociendo a tanta gente, y se casa con 17 años, una edad inusual entonces. ¿Por qué?

- Yo era actriz, como tantos otros hijos de actores, ganaba 10 pesetas diarias y tenía muchas ganas de irme de casa y hacer lo que me diera la gana. Quería volar... y me casé con Alfonso Estela. El matrimonio duró poco más de dos años y nos separamos por el método de irnos cada uno por su lado, porque no había divorcio. Ha debido de morirse, porque era mucho mayor que yo.

- ¿No ha sabido nada de él en todo este tiempo?

- Años después de la separación se fue a América y no volví a saber nada. Cuando se aprobó el divorcio, yo lo tramité en su ausencia.

Vida de 'cómicos'

Vive en Madrid, frente al Retiro, en un piso que compró a Jaime de Armiñán hace cuarenta años. Muchos actores eran vecinos de esa misma zona, «pero ahora han muerto casi todos», se lamenta mientras pasea por el parque, como hace casi todas las tardes en que no llueve. «Yo ya soy viejita», repite casi como un mantra para justificar su paso lento, pero su voz enérgica lo desmiente.

- ¿Cómo era la vida de los 'cómicos' en los años cincuenta?

- A mí me encantaba ir a lo que entonces se llamaba 'provincias'. Ibas a los cafés de esas ciudades y te pedían más autógrafos que ahora. Me parece que hoy tenemos a todos tan vistos en la televisión que ya no importa tanto ver al natural a un actor. Por eso no hay tanta pasión por el teatro.

- Los actores eran más liberales en sus costumbres. ¿Vivían ustedes en una burbuja?

- Nunca me he sentido así. A mí me encantaba conocer a muchas personas. Estaba trabajando en Argentina, por ejemplo, y salía a la calle y hablaba con la gente. Eso aportaba mucho a mi trabajo. Y en cuanto a lo de las costumbres más liberales, es cierto que me he ido con quien me ha dado la gana. Pero no piense usted que todos los actores éramos rojos. También los había franquistas.

- ¿Y ellos también eran tan abiertos en su vida personal?

- No sé. No trataba mucho con ellos. En mi familia siempre hemos sido más bien de izquierdas (se ríe).

- ¿Tuvo problemas con la censura? ¿Se vio obligada a alargar alguna falda o a suprimir alguna frase de un parlamento por culpa de un censor?

- A mí no me alargaron la falda. Si hubiese sido así, no habría hecho el papel. Pero bueno, yo no era una vicetiple. A esas sí que las obligaban a cambiar la ropa e ir más pudorosas. Sí sufrí cambios en los diálogos o en el guión, si era una película. Y había obras que no pudimos hacer porque directamente se prohibían. A veces solo porque sus autores eran republicanos. En la primera postguerra, hasta prohibieron alguna de Benavente solo porque era algo rojo.

- Y cuando por fin desaparece la censura, lo primero que surge es el destape. ¿Fue decepcionante para los actores?

- El destape era importante, pero no porque permitiera sacar las tetas para ver si las tenías bonitas o feas. Es que es la vida misma. Si una señora en una película o una obra se mete a la cama y se le ve algo, no pasa nada. Es lo que sucede en la vida real. El problema es que de ahí se pasó al desnudo gratuito, el que no tiene ningún sentido. Eso sí fue una tontería. Yo, cuando he enseñado algo, es porque era necesario. Y no me produjo ningún trauma hacerlo.

Callarse o mentir

María Asquerino cruza el vestíbulo de la Real Escuela Superior de Arte Dramático para posar para unas fotos y varios estudiantes, sobre todo chicos, se quedan mirándola. Han reconocido a la actriz de tantas viejas películas y obras de teatro por su porte y ese físico rotundo que la inclinaba hacia papeles duros. Ella fue muchas veces la 'mala' de la función, la amante antes que la abnegada esposa.

- ¿Su voz y su físico condicionaron su carrera?

- Siempre me han dado los papeles más duros. En mis años jóvenes era muy alta en comparación con el resto. Muchas veces en los rodajes tenía que quitarme los zapatos para no ser más alta que el galán. '¡Qué alta es esta chica, por Dios!', me decían. Y en cuanto a la voz, la he heredado y la he ejercitado. Canté en una película y nunca volvieron a ofrecerme nada igual, pese a que dijeron que lo había hecho muy bien. También es cierto que en aquella época apenas se cantaba. Ni había musicales.

- ¿No envidió nunca a sus colegas que hacían de buenas y se llevaban al galán al final de la función?

- Las muy buenas entonces eran las tontas. Me gustaban más los papeles que hacía yo. Puede que, efectivamente, algún papel no me lo dieran por mi físico, pero no lo recuerdo.

- ¿Pagó algún precio profesional por su independencia, por ese afán de decir siempre lo que pensaba?

- Posiblemente. Aquí había que callarse o decir mentiras. Pero yo era antifranquista y no lo iba ocultando. Cuando decías algo, lo pagabas. Fueron cuarenta años de dictadura, que es mucho tiempo.

- Repasando la lista de sus directores en el cine y los autores que representó, se concluye que los actores de hoy no disponen de proyectos de tanta calidad. ¿Contra Franco se hacía mejor cine y teatro?

-No sé si mejor. Aquí se ha hecho siempre buen cine y buen teatro. Se hace ahora y también se hacía en el franquismo. Cuando las cosas se plantean con inteligencia, la censura lo tiene más difícil.

- ¿Y en su vida personal? ¿También ha pagado por su independencia?

- También. No sé si más alto aún. He hecho lo que me ha dado la gana y he pagado por ello. Me separé con 19 años, y no me iba a meter monja. He amado y me han amado. Como no me podía volver a casar, ni ganas que tenía, debía arrimarme, y seguro que eso ha influido mucho en mi forma de ser. Después de esa separación he querido a hombres mucho más importantes en mi vida que mi marido.

- Pero no tuvo hijos...

- No, ese fue mi gran error.

- ¿No encontró al padre o no halló el momento?

- Sí encontré al padre, pero no el momento. Y tenía miedo. Miedo físico a parir y miedo psicológico a no saber llevar una vida de madre. Lo he hecho mal y me arrepiento por ello. Llevo mucho tiempo pensando que debí haber tenido un par de hijos.

- Umbral escribió de usted que es «una dulce suma de equivocaciones profesionales y sentimentales». ¿Se ve reflejada en ese retrato?

- En lo sentimental sí, seguro, pero en lo profesional, no. No me veo así, para nada. Hice papeles que no eran muy buenos, por supuesto, pero había que comer.

- Echa la vista atrás y ¿qué ve?

- Veo a una mujer que ha trabajado y vivido mucho, que ha viajado y tratado a mucha gente. No soy pesimista sobre nada. El pesimismo solo sirve para sufrir y dormir mal. Me acuesto siempre pensando en las cosas bonitas que me va a traer el día siguiente.

Ser recordada

Y ese día, salvo que vaya a algún estreno, irá a un café. Es su vida, confiesa. Como vive sola, necesita salir para hablar con alguien. Lo hace al atardecer, después de pequeñas gestiones como la compra o llevar a su perra al veterinario: «Es tan viejita como yo y tengo que cuidarla», explica. Las mañanas apenas existen para ella: se levanta muy tarde, toma un desayuno abundante porque dada la hora ya no come y luego ve las noticias en la televisión y lee el periódico. «No estoy gorda porque me cuido y porque no soy de engordar», advierte sin que parezca coquetería. A eso de las siete se encamina a un café muy próximo a su casa. Los días de estreno en el Español o el María Guerrero acude sin falta a la función. Y aprovecha para saludar a los colegas, a quienes ya no ve en otros lugares. «Fui muchos años cada tarde al café Gijón, para verme allí con mis compañeros, pero ahora ya no van actores, y yo tampoco».

- ¿Cuántos papeles soñados, cuántos retos le han quedado por afrontar?

- Todos los que he hecho me han gustado, salvo algunas tonterías que hice de jovencita. He trabajado en 93 películas, en muchísimas obras de teatro, he sido primera actriz en el María Guerrero y en el Español... Mi profesión me ha gustado mucho. No sabría decirle sueños concretos que me quedaron por cumplir.

- Si ahora mismo la llamara por ejemplo Almodóvar para hacer una escena de un par de minutos en su próximo filme, ¿volvería?

- Sí, pero no va a llamarme. A mí me gusta lo moderno. No soy de esas personas que están todo el día diciendo que lo que se hacía antes era mucho mejor que lo de ahora.

- ¿Y con la vida? ¿Tiene deudas pendientes?

- Solo la que le he dicho: no haber tenido un par de hijos.

- Vivimos una crisis durísima. ¿Le asusta el futuro?

- No, no me asusta.

- ¿Y la muerte?

- Me queda poco, lo sé. Pero no suelo pensar en ella; no es una de mis preocupaciones. Hay gente de mi edad, y de menos años, que dice con frecuencia que ya tiene ganas de morir. No es mi caso. Estoy encantada de estar aquí.

- ¿Por qué papel le gustaría ser recordada?

- Por 'Pili' de 'Surcos. Lo recordaré siempre y me dio tantas cosas... Es una película perfecta, dirigida por Nieves Conde, que era falangista y que sin embargo hizo una dura crítica social. Y en el teatro por 'Amalia' de 'Madrugada', de Buero Vallejo, que era un gran autor. ¡Cómo se llenaba el teatro en sus estrenos! Todos los rojos iban corriendo..

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