Un milagro llamado Esther

El Vall d'Hebron culmina con éxito una intervención de espina bífida en un feto

CRISTIAN REINOBARCELONA.
El doctor César García juega con la pequeña Esther Bota, de cuatro meses, en brazos de su madre. ::
                             MARTA PÉREZ/EFE/
El doctor César García juega con la pequeña Esther Bota, de cuatro meses, en brazos de su madre. :: MARTA PÉREZ/EFE

La pequeña Esther nació hace cinco meses y ya come bien, se ríe, busca con la mirada a sus padres por toda la casa y empieza a tener los sentidos como los de un niño normal. Pero de no ser por una operación practicada en plena gestación, la niña habría nacido con espina bífida, que le hubiera mermado de por vida su movilidad.

«La vida es una lucha y vamos ganando», expresó ayer el padre de la criatura, Pavel Bota, habitante de Solsona (Lleida), de origen rumano, quien, junto a su mujer, decidió arriesgarse y seguir adelante con el embarazo a pesar de los riesgos que comportaba. A su hija, cuando aún no era más que un feto, se le diagnosticó un desorden congénito que afectaba a su sistema nervioso central. Una malformación muy compleja que deja al descubierto una parte de la médula espinal. Un problema, que afecta a uno de cada 1.000 recién nacidos y que representa la segunda causa de discapacidad física en la infancia. Sus secuelas más frecuentes son: problemas para caminar, no control de los esfínteres de la orina y de las heces y algunos problemas cerebrales, como hidrocefalia.

El tratamiento clásico que se hacía hasta la fecha consistía en el cierre postnatal del problema (al poco tiempo de nacer). Pero se corre el riesgo de que los nervios (al estar en contacto con el líquido amniótico) se deterioren y dejen de funcionar. Por ello, personal médico y de investigación del Hospital Universitario Vall d'Hebron de Barcelona decidieron llevar a cabo un tratamiento prenatal. Antes de que Esther viniera al mundo, cuando el feto estaba dentro del útero de la madre, le cerraron el defecto tapando la médula para que no estuviera en contacto con el líquido amniótico.

La intervención consistió en abrir el útero como si fuera una cesárea, en la mitad de la gestación, de manera que la espalda del feto quedara expuesta y, así, corregir el problema y, posteriormente, volver a cerrar el útero. «Con esta intervención prenatal se pretende evitar el deterioro ulterior de los nervios y evitar la malformación de Chiari II, la hidrocefalia y, por tanto, el riesgo de deterioro mental», según relató el equipo médico. Los especialistas emplearon además una técnica pionera en el mundo que reduce el tiempo de manipulación sobre el feto (45 minutos) y es menos agresiva.

Hasta ahora, según relataron este miércoles, se tapaba la médula y se cosía la piel por encima, pero esto conllevaba problemas para el feto, ya que algunas veces no había suficiente tejido para cubrir la malformación. La técnica nueva desarrollada en el Vall d'Hebron consiste en tapar la médula con un parche especial compuesto de colágeno y elastina. A medida que el feto va creciendo, la piel acabará sustituyendo el parche. Cuando el bebé nace, el problema ya está cerrado y recubierto por piel.

Además, el equipo del Vall d'Hebron trabaja para hacer la intervención por fetoscopia, es decir, sin tener que abrir el útero de la madre, solo entrando por un solo punto (intervención muy poco invasiva que no requerirá partos por cesárea posteriores), así como aplicar células madre para conseguir una regeneración de los tejidos, lo que ya se está logrando en los animales de experimentación.

Los galenos confían en que la pequeña Esther, que tendrá que hacerse test médicos de por vida, podrá caminar en el futuro y aumentará su capacidad de controlar los esfínteres.