La Patrona de las preñadas murcianas

ANTONIO BOTÍAS
De parto. La escultura de Santa María de Gracia, en el Museo de la Catedral. :: JOAQUÍN ZAMORA/
De parto. La escultura de Santa María de Gracia, en el Museo de la Catedral. :: JOAQUÍN ZAMORA

Para disfrutar de un parto rápido, según una remota tradición murciana, no basta con elegir con tino al ginecólogo o a la partera. También parece aconsejable invocar la intercesión de una de las más antiguas advocaciones de la ciudad. Y resulta muy fácil encontrarla en el Museo de la Catedral. Se trata de Santa María de Gracia, una escultura del siglo XIV que, desde hace generaciones, es la patrona de las preñadas murcianas, aunque el Colegio Oficial de Médicos no le haya concedido, de momento, tan merecido título. A pie de calle, sin embargo, se la conoce como la Virgen de las Carrericas.

A este curioso nombre se suma la historia jamás contada en este siglo de la propia imagen. Tallada en piedra caliza y policromada, representa a María ofreciendo un ramo de frutos a Jesús, que alarga sonriente una mano para alcanzarlos.

Los primeros propietarios de la pieza pertenecieron a la remota familia Guill, cuyo apellido aún da nombre a una célebre casa-torre, espléndido edificio que aguanta mal que bien el envite de los tiempos en Sangonera la Verde. Los Guill, emparentados con numerosos linajes de la ciudad, mantenían una fundación de misas en la Catedral bajo la advocación de Santa María de Gracia.

Estas misas se celebraban en una pequeña capilla, junto al Evangelio, según viejos apuntes del Conde de Roche, quien la describió como una hornacina, con barandilla dorada y tres sepulturas al pie de la talla en piedra. Hasta el siglo XVI se mantuvo intacto aquel lugar de enterramiento, hasta que el Arcediano de Cartagena, Enrique Guill Riquelme, decidió levantar una nueva capilla acorde con la prosapia de su familia.

La venta se realizó en 1592, según recuerda Pedro Díaz Cassou, por un precio de 75 ducados. Aunque Pedro Guirao, el comprador, no logró adquirir la imagen por el grande cariño que la familia Guill le tenía desde hacía generaciones. Mientras comenzaban las obras de la capilla, la Virgen de las Carrericas fue colocada en el claustro de la Catedral, de forma provisional.

El fallecimiento del Arcediano paralizó el proyecto de las obras, del que nunca más se supo. Los parroquianos más ilustrados llamaban a la escultura Santa María de los Guill, aunque el pueblo pronto la denominó como la Virgen de las Carrericas. Desde luego, auténticas carreras de última hora realizaban muchas embarazadas para ir a rogarle un parto breve y sin problemas. Pero, ¿cuál es el origen de esta costumbre?

Cuenta la leyenda que un conocido artista murciano, mientras trabajaba en una capilla de la Catedral, quedó encandilado por la belleza de una joven. No tenía la moza otra tacha que ser hija de judíos castigados por la Inquisición. Cuando el artista anunció que se casaría con ella, retemblaron los cimientos de la ciudad. Muchos le recordaron que sus futuros suegros, en cierta ocasión y por blasfemos, habían sido condenados por la Inquisición a vestir el sambenito y recorrer las calles.

Las advertencias fueron en vano. Nadie impidió la boda, como tampoco nadie se preocupó de refrenar las malas lenguas que convirtieron a la esposa en blanco de chismes y objeto de burlas. Ella, cada día más angustiada, acudía a la Catedral para acercar el almuerzo a su marido. Era a las doce, la hora del Ángelus. La mirada escrutadora del viejo sacristán la traspasaba. «No puede ser buena. A la mujer y al melón la casta hay que buscar», murmuraba el anciano.

Cierto día, harta de miradas y habladurías, considerando a la religión como única culpable del rechazo social, la joven se detuvo ante una escultura de la Virgen y le espetó: «¡Maldito sea el fruto de tu vientre!». El sacristán, al acecho, agudizó el oído. Pero ella solo repitió: «Lo dicho, dicho. ¡Maldito!». Y lo mismo siguió repitiendo cada día cuando cruzaba ante la estatua de Santa María de Gracia.

Tiempo después la moza quedó encinta. Los meses pasaron hasta que cierta noche se puso de parto. Pero en lugar de avisar a la partera, rogó a su marido que la acercara a la Catedral. El buen hombre creyó que deliraba aunque ella insistió. «De nada servirá la partera si antes no voy a la Catedral».

La mujer confió al artista la revelación que aquella misma madrugada había tenido. Soñó que las contracciones no provocarían el parto mientras no cumpliera una sorprendente penitencia: Pasar por delante de la imagen exclamando «¡Bendito sea el fruto de tu vientre!». Y tendría que hacerlo tantas veces cuantas lo había maldecido antes.

Esta leyenda, recogida por Díaz Cassou, es solo una de las que atesora la pieza, junto a un aluvión de supuestos milagros que aún mantiene viva la tradición. Porque no son pocas las murcianas que, acaso tan contentas como ya aburridas del embarazo, acuden a encontrarse con esta imagen en el Museo.

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