Naturaleza abrupta

La granadina Sierra de Castril permite desconectar del mundanal ruido y sumergirse en pleno corazón de una naturaleza salvaje para disfrutar de sus gélidas aguas, sus frondosos bosques y sus verticales paredes de roca

PEPA GARCÍA FOTOS: GUILLERMO CARRIÓN PEGARCIA@LAVERDAD.ESCASTRIL.
Un grupo de jóvenes hace barranquismo por la impresionante cerrada de Lézar./
Un grupo de jóvenes hace barranquismo por la impresionante cerrada de Lézar.

En la provincia de Granada, donde casi se toca con las provincias de Jaén, Albacete y Murcia, se encuentra el Parque Natural de la Sierra de Castril. Un espacio privilegiado, salvado de su anunciada desaparición en numerosas ocasiones gracias al esfuerzo de los vecinos del municipio y sus asociaciones ecologistas, que lograron que en 1989 se protegiera esta zona con su declaración como Parque Natural. Lo cuenta Encarna, una castrileña que se instaló hace unos lustros en pleno corazón de este espacio y que recuerda, ante los atónitos ojos de sus interlocutores, que hace tres décadas «un americano compró estas tierras y decidió hacer un campo de golf en el valle del río Castril. Por eso hay sobre el río todos esos puentes tan estrechos, por los que solo caben los cochecitos esos de golf», aclara y explica que ese es el motivo de que la alameda y la chopera que se divisan desde la atalaya en la que Encarna tiene su hogar, «estén tan perfectamente alineadas». Para beneficio de todos, y especialmente de las numerosas especies de flora y fauna que han hecho de este espectacular territorio su hábitat, esa amenaza pasó y también las sucesivas, en las que las codiciadas aguas de este cauce hacían y hacen brotar continuas propuestas para canalizar sus aguas y trasvasarlas hasta localidades, comarcas o provincias limítrofes.

Hoy, este parque a la vuelta de la esquina de la Región, es un entorno privilegiado de altas montañas (muchas de sus cumbres rondan e incluso superan los 2.000 metros de altitud) en el que el buitre leonado, el quebranta huesos (ha habido sueltas recientes) y el águila real cazan a sus anchas y hacen su nido en las verticales paredes; donde se han descubierto especies de flora nuevas o coleópteros no descritos con anterioridad; y en el que la nutria y la trucha son dos de sus máximos exponentes y crían ajenas a las presiones que sus primas sufren en otras zonas.

Antes de que acabe el verano y las altas temperaturas dejen paso a la temporada otoñal, pueden acercarse a esta abrupta sierra granadina poco conocida y escasamente frecuentada para disfrutar del estado salvaje de su naturaleza: contemplar sus estrellados y brillantes anocheceres; sumergirse en las gélidas y cristalinas aguas de alta montaña que brotan de las entrañas de las rocas calizas formando espectaculares pozas; pasearse por el centenario bosque de almeces que crece junto al barranco de Túnez y que en la zona atribuyen a sus antepasados musulmanes; observar las habilidades acrobáticas de las cabras monteses; maravillarse ante las cerradas de Lézar o la Magdalena, de cuyas paredes brotan las venas acuáticas que irrigan este valle, continuación natural del explotado Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas; sestear a la fresca sombra de las alamedas y choperas que pueblan las riberas de este río, apreciar los serbales y fresnos que clavan las raíces en sus laderas; o abrazarse al enorme tejo que, más arriba del nacimiento del Castril -en la ruta del barranco de la Osa-, es vigía centenario de los parques naturales de Cazorla, Segura y Las Villas, y Castril.

Para los más intrépidos, las surgencias de agua esconden estupendas vías para practicar barranquismo y las enormes paredes de caliza ocultan en su interior enormes y primorosas cuevas en las que realizar espeleología; el embalse del Portillo, al comienzo del parque, permite practicar piragüismo con tranquilidad; y los verticales muros de roca que levantan la Sierra de Castril y la Sierra Seca congregan a sus pies a escaladores de todos los niveles.

Desconexión total

Sin cobertura para el móvil en la práctica totalidad de sus más de 12.000 hectáreas, este espacio es el lugar ideal para desconectar del mundanal ruido y la rutina diaria del trabajo. Surcada por casi tantos arroyos como caminos decida emprender, la Sierra de Castril, llena de vida, cuenta con numerosos huertos de autoconsumo en los que lo mismo crece una lechuga, que una zanahoria o un calabacín. Los nogales, las encinas y los quejigos alimentan a la numerosa población de jabalíes, que por estas fechas invaden sin remilgos los terrenos de media altura para arrasar con los nutritivos frutos que ya se han acabado en laderas más altas. Y los zorros, nada tímidos, hacen tomar medidas de seguridad más férreas a los vecinos de la zona, que de vez en cuando ven cómo esquilman sus gallineros, ocupados también por pavos reales, con los que hacer frente al duro invierno.

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