Maltratadas

Una de las desgracias más sorprendentes que asola al mundo en los últimos años es el hecho de las mujeres desaparecidas o asesinadas en Ciudad Juárez

CÉSAR OLIVA

Cuando vivimos lejos de cualquier tragedia parece que las desgracias son menos. A pesar de que los medios de comunicación nos sitúan en el epicentro de la catástrofe, ésta se asemeja a una película más que vemos en televisión. Recientemente asistimos a los desastres de Haití y Japón, que han desfilado ante nuestros ojos como cadena de penalidades convertidas en crónicas de muchas muertes anunciadas. Según cuentan, el drama de aquellos países no ha sido superado ni mucho menos. Más cercano y, por lo tanto, más real, está el terremoto de Lorca. Para los que vivimos al lado de la Ciudad del Sol, la desgracia es mucho mayor, porque sabemos de alguien conocido que ha perdido su casa, que se ha tenido que ir a vivir a la playa o que ha sido alojado por algún deudo o amigo. La perspectiva nos hace más sensibles a lo que tenemos al lado que a lo que nos queda lejos.

Algo así pasa con una de las desgracias más sorprendentes que asola al mundo en los últimos años. Me refiero al hecho de mujeres desaparecidas o asesinadas en el entorno de la mexicana Ciudad Juárez. A veces, una de esas noticias arrinconadas en un diario o telediario, nos llama poderosamente la atención. A veces, no siempre. Está tan lejos y es tan reiterado el tema que termina resultando demasiado conocido. Lo de siempre, pensamos. Y no es lo de siempre. Es lo que no debería suceder nunca. Las cifras de víctimas en la raya del río Grande es increíble. Y todas de la parte sur, claro; en El Paso, por ejemplo, que está pegada a Juárez, pero es americana, apenas si hay reflejo de la violencia vecina. Según fuentes bien informadas, en 2010 han sido asesinadas 3.100 mujeres. Un disparate, en una urbe de millón y medio de habitantes aproximadamente.

Conozco bien Ciudad Juárez y El Paso. Por razones profesionales he estado más tiempo en esa frontera que en Barcelona, por ejemplo. Y nunca me dio la impresión de vivir en un lugar especialmente peligroso. De manera que cuando aquí leía estas noticias siempre pensaba que había cierta exageración. Mis amigos de allá me dicen que no, que en estos momentos hay días en que la Avenida Juárez, puro centro de la ciudad, tiene que ser acordonada por la Policía por haberse producido una incruenta baladera. Me parece increíble.

Una urbe nada bonita, pero entrañable, con una gente estupenda, cariñosa y dispuesta a ayudar al extranjero, se ha convertido en un infierno. ¿Por qué?

Esa es la gran pregunta. Por qué. Porque, para más complicación, el 77% de los crímenes quedan impunes, y muchos de ese 23% restantes se atribuyen a suicidios. No es raro, pues, que la Corte Iberoamericana de Derechos Humanos haya acusado al propio Estado mexicano de tanta arbitrariedad. La mayoría de las víctimas son mujeres entre 10 y 35 años, aunque también las hay más niñas y más maduritas. Algunos casos de las muy pequeñas son tan horribles que mejor resulta no referirlos.

De todas estas atrocidades ha dado cuenta, en estos días, un grupo teatral llamado 'The Cross Border Projet', que está por los festivales españoles de verano. Pocos festivales, porque no cuentan con ninguna figura de relumbrón, capaz de llenar los recintos con público convencional. Dicha compañía, formada por siete intérpretes y tres músicos, que son tres chicas mariachis, ha tomado el texto de Lope de Vega Fuenteovejuna y lo ha llevado a Ciudad Juárez. Las palabras, el tema del abuso del poder, los personajes, son del Fénix, pero estos jóvenes, con su directora al frente, Lucía Rodríguez Miranda, acercan el texto a una realidad terrible como la de los feminicidios que contábamos al principio. Laurencia cuenta su rapto y violación (el mismo día de su boda) como si fuera una Lupita asaltada por un violento narco que no repara en honras ni rábanos en vinagre. Patrón y secuaces interrumpen un maravilloso baile-corrido y hacen lo que hacen los asesinos que salen en la prensa: se llevan por delante a quien se oponga por la fuerza de las armas. Esto, con palabras de Lope, conduce a la emoción.

Ahora que los festivales de verano se llenan de grandes espectáculos, con grandes nombres que apenas conmueven a la gente, llama la atención este desconocido grupo de jóvenes de varios países, que no sólo representan de manera singular un drama lopesco, sino también un concepto de globalización étnica aplicado al mundo del drama. Teatro de denuncia, como el de antes.

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