Al fresco de Río Seco

El paraje natural de Pilar de la Horadada ofrece una maravillosa oportunidad para disfrutar de una jornada de playa distinta

PEPA GARCÍA FOTOS: GUILLERMO CARRIÓNPILAR DE LA HORADADA.
El recorrido por Río Seco, de unos 5 kilómetros, discurre entre las paredes de arenisca erosionada que encajonan la rambla./
El recorrido por Río Seco, de unos 5 kilómetros, discurre entre las paredes de arenisca erosionada que encajonan la rambla.

Ahora que la ola de calor nos ha sumergido de lleno en los abismos del estío, les recomiendo disfrutar de una jornada de playa maravillosa y distinta de las habituales. Más allá de cargar con la sombrilla, la toalla y pasar la mañana tostándonos al sol y bajando la temperatura a base de refrescantes baños marinos, les recomiendo disfrutar de la estupenda naturaleza que nos rodea.

A escasos 10 kilómetros de la magnífica playa de Mil Palmeras, en el municipio de Pilar de la Horadada y casi en el límite de provincia con Murcia, está el área natural de Río Seco, una cuenca hidrográfica que nace en la Sierra de Escalona y que, con 19 kilómetros de longitud, desemboca sobre la fina arena de esta bahía natural. Como su propio nombre indica, Río Seco se considera más una rambla, ya que no dispone de un caudal constante de agua, pero sí tiene aportes continuos de filtraciones provenientes de los campos circundantes, que llevan el agua hasta la misma orilla del mar. Si deciden acercarse hasta esta zona, tienen dos opciones: realizar una ruta circular de unos 4,5 km. por la rambla o aventurarse hasta la playa de Mil Palmeras, un itinerario de 10 km. (solo ida), con un par de áreas de descanso, la de Lo Monte y la de Mil Palmeras, al comienzo de la urbanización.

Aquí optamos por la primera opción, tanto si desean pasar primero por la playa para terminar la jornada con un gratificante paseo, como si optan por dejar el baño en aguas del Mediterráneo como premio al finalizar el paseo. Sea como sea, tengan en cuenta que la playa ya está llena de bañistas.

Nada más internarnos en la rambla se huele a humedad, ese olor que desprende la tierra tras caer las primeras gotas de lluvia. Este agua, que se acumula en grandes y pequeños charcones, es fruto de las filtraciones y mantienen en condiciones el hábitat de numerosas especies vegetales (características del bosque mediterráneo) y animales, y propician un agradable y refrescante paseo incluso en estas épocas del año.

Si el área natural está cerrada, aparque enfrente y tome el camino que sale justo ante usted. Una valla de madera le marcará el itinerario hasta el área recreativa, donde un par de paneles le facilitarán información de las especies de esta zona. Ahí comienza la ruta, que enseguida le lleva hasta la rambla misma, una verdadera gruta a cielo abierto en la que unas veces el techo es una frondosa maraña vegetal y otras, cúpulas de arenisca erosionadas por la fuerza de la naturaleza.

Plagada de pinos, acebuches, palmitos, algarrobos, palmeras, acacias, algunos ejemplares jóvenes de madroño, un estupendo bosque de enormes tarays y un nutridísimo sotobosque (lentisco, romero, tomillo, coscoja…), que crece junto a los juncos y cañas que copan el cauce, Río Seco sirve de refugio a las diferentes especies de aves. Nos cuenta José Antonio, vigilante del área natural y responsable de su mantenimiento, que tórtolas, perdices, palomas silvestres, caverneros, petirrojos y abubillas son los que compiten por conseguir que su canto se escuche más alto y claro, una melodía que no cesa durante el paseo. Aunque a simple vista a las que observamos revolotear y formar más algarabía son a las palomas, al atardecer se puede ver sobrevolar la zona a águilas culebreras y perdiceras que anidan en la Sierra de Escalona y extienden su zona de caza hasta estos dominios. Lo que sí anida entre las amarillas paredes de arenisca, labradas con mimo por el viento, es el búho real, una especie protegida cuya ubicación se cuida de desvelar José Antonio, para que no se moleste a la majestuosa pareja.

Las cañas, mecidas por el viento, suenan a agua corriente, sin embargo aquí el agua no corre, camina a paso lento. Por raro que pueda parecer, en este territorio en el que las paredes de este estrecho simulan antiquísimas construcciones, junto a los conejos que pueblan este territorio, conviven tejones, ginetas, zorros (algún excremento encontramos por el camino) y gatos monteses, comenta el ángel de la guarda de este paraje natural cuando le preguntamos si es posible que las huellas que observamos en el limo de la rambla correspondan a un gato montés. «Lo que pasa que en cuanto oye ruido, suele esconderse». José Antonio también nos cuenta que hay tortugas y que hace unos días se soltaron unos 25 ejemplares, entre machos y hembras, a mitad de la ruta que termina en Mil Palmeras. «Antes las veía en los charcones, pero hace ya tiempo que no me las encuentro, porque no tienen profundidad suficiente».

Durante el camino, jalonado de pasarelas de madera puestas sobre las zonas que suelen tener agua o lodo en las diferentes épocas del año, vaya observando las paredes de este desfiladero. El viento y la lluvia han dibujado llamativos relieves que semejan frisos esculpidos de antiguos monumentos, enormes balaustradas, vanos o repisas. También la erosión ha creado llamativos panales de abeja y ha horadado la arenisca facilitándole el trabajo a las aves, que suelen instalar en esos huecos sus nidos.

En algunos tramos de este recorrido, en el que la vegetación es tan espesa que no se puede ver la pared contraria de la rambla, la impresión es la de estar en la selva. Las distintas especies de trepadoras usan los tarays y las cañas en su ascensión al cielo, y tejen una maraña impenetrable.

El camino es claro durante todo el recorrido y hay señales que le confirman el itinerario, solo tenga en cuenta que cuando, al poco de iniciar la ruta, un camino cruza el curso del agua, usted debe seguir por la margen izquierda su curso para no salirse de la ruta.

Tras unos dos kilómetros de marcha, encontrará una encrucijada. Si sigue recto, el camino le llevará en dirección a Mil Palmeras; si gira a la derecha, tomará otro barranquillo por el que seguirá transitando el mismo paisaje. A partir de este punto, las lagartijas corren que se las pelan entre sus pies, sin embargo no pudimos ver a ningún de los lagartos ocelados que, da fe José Antonio, pueblan estas tierras.

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