Peligro para el legado de los carmelitas

ANTONIO SORIANO
Lateral del Carmen y parte del convento carmelita, hace unos años. ::                             PACO ALONSO / AGM/
Lateral del Carmen y parte del convento carmelita, hace unos años. :: PACO ALONSO / AGM

El legado de los carmelitas, básicamente la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, corre serio peligro tras los daños sufridos por el templo a consecuencia del seísmo del pasado 11 de mayo. Tanto en la fachada, de la que se cayeron algunas de las esculturas y adornos, como en el interior, los problemas sin visibles y se han tenido que apuntalar los cuatro arcos del crucero, el coro y la sacristía, por destacar lo más importante.

Esta orden religiosa, la de los carmelitas descalzos, tuvo presencia en Lorca, de manera discontinua, desde finales del siglo XVI, justo desde el momento en que se fundó en Caravaca el nuevo convento del Carmelo por San Juan de la Cruz. Sin embargo, hubo que esperar a los primeros años del siglo XVIII para el establecimiento definitivo cuando se les hizo concesión de la ermita de Gracia como hospicio en 1712. Allí residirían tres o cuatro religiosos con la misión de administrar los sacramentos, predicar y recoger limosnas.

A partir de entonces, y como señalan quienes se han ocupado de su historia, todas sus acciones estuvieron encaminadas a la fundación de un convento. El lugar para su asentamiento era la llamada barriada de Gracia o de San José, una zona de expansión de la ciudad, en el camino hacia Andalucía, que contaba con un vecindario cada vez más numeroso. El decidido intento, que poco a poco fue sumando importantes apoyos, motivó un pleito con los franciscanos de la Puerta de Nogalte, comunidad situada en las proximidades, que vieron en la llegada de los carmelitas una amenaza a su inveterada influencia en esta parte de la población, cuya feligresía habrían de compartir.

Salvados estos impedimentos, por conveniencia del Concejo y con el patrocinio Real, en 1741 se consiguió finalmente la deseada fundación, quedando el templo bajo la advocación de San Indalecio, santo legendario vinculado a la historia antigua de la ciudad. Al año siguiente, las capitulaciones entre el Concejo y los Carmelitas confirmaron la titularidad del templo y otros puntos, como el derecho a entierro de corregidores y regidores y los pormenores de algunas ceremonias que habrían de celebrarse anualmente.

De la traza y construcción del templo y convento hay escasas noticias. Parece que intervino el alarife Manuel Fernández Alfaro, estrechamente vinculado con Pedro García Campoy, cuya presencia se ha documentado, y se cree que este último sería el autor del proyecto, pues en esa época dirigió importantes obras en la ciudad, como la iglesia de Santiago, la Colegiata, la iglesia de los jesuitas y el Granero Decimal. Este arquitecto murciano aprendió su oficio con Jaime Bort, el director de las obras de la fachada de la catedral de Murcia, y algunas soluciones arquitectónicas de la fachada murciana se emplearon en la iglesia carmelita. También se baraja la idea de que participara activamente el fraile jerónimo fray Pedro de San Agustín, autor del proyecto de los dos últimos cuerpos de la torre de San Patricio y a quien también se atribuye la planta y alzado del actual templo de San Mateo.

La revisión de los documentos de la época ofrece unas pocas referencias sobre la marcha de las obras. Se sabe que en 1754 la iglesia y convento se estaban levantando y que en 1763, con la edificación inconclusa, se bendijo la nueva iglesia. En 1771 todavía no se había cubierto la capilla mayor, cuya altura llegaba hasta las cornisas. La iglesia, el último templo barroco que se construye en la ciudad, es de planta de cruz latina con tres naves y crucero con cúpula. Al parecer, debió de terminarse en el último cuarto del siglo XVIII, siendo entonces cuando se le añadiría la cornisa ondulada de la cúpula y decoraciones de rocalla, detalles que se atribuyen a Cristóbal Grau, tallista que en 1783 estaba trabajando en una decoración idéntica para la parroquia de San Juan.

En cuanto a las dependencias conventuales, levantadas junto a la iglesia en el lado de la Epístola, nunca vieron su total culminación. El esquema constructivo giraba esencialmente en torno a un amplio claustro de dos cuerpos. El bajo estaba formado en cada lado por siete arcos de ladrillo con pilastras del mismo material. Parece que los arcos eran ciegos y, aunque por los restos que se conservan y su estado es difícil lograr una reconstrucción definitiva, algunos estudiosos piensan que esta solución posibilitaría un mayor aprovechamiento del espacio interior.

Sobre este primer cuerpo se levantó otro sin arcos y con ventanas que, en número de tres, se correspondían alternativamente con dichos arcos. Las mayores aperturas estarían practicadas en el lienzo del muro que mira al huerto. Lo más característico de esta disposición, en la actualidad es solamente visible en las zonas que dan a la parte interior del convento.

La tardía llegada de los carmelitas y el enorme gasto que supuso la construcción de la iglesia impidió que se concluyeran las obras del claustro antes de 1835, fecha en la que un Real Decreto suprimió "los conventos y monasterios religiosos que no tuvieran como mínimo doce individuos profesos", lo que supuso el cierre de éste, que pasaría posteriormente a manos particulares.

La iglesia, sin embargo, se mantuvo abierta. De ella conviene destacar la fachada, concebida como una gran pantalla, con tres cuerpos en altura y tres calles que reflejan al exterior la compartimentación de las naves del templo. Su monumentalidad es sólo comparable a la fachada de la colegiata y debió influir en ello el alto patrocinio que consiguieron los carmelitas y que el templo iba a estar dedicado a San Indalecio, primer obispo de Lorca, cuya imagen ocupa la única hornacina de la fachada. A este varón apostólico y mártir, que según la tradición predicó en nuestra ciudad, se le había dedicado a finales del siglo XVI una ermita que fue destruida por un terremoto en 1674, y en su memoria estaban depositadas las esperanzas de los lorquinos para conseguir un obispado propio segregado de la diócesis de Cartagena.

Con esta objetivo, se encargó a Francisco Salzillo una imagen del santo, que permaneció provisionalmente en un oratorio del Ayuntamiento hasta que pudiera ser colocada en la nueva iglesia. La decoración de la fachada es atribuible a los Uzeta y está consagrada a tres figuras relevantes del carmelo descalzo, San Elías, fundador de los carmelitas, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, reformadores de la Orden. Sobre las puertas se colocaron los escudos de los carmelitas descalzos y de los dos patronos del convento, el Rey y el Concejo.

Por lo demás, una reciente excavación realizada en el claustro, que como hemos dicho quedó inacabado por la supresión de las órdenes monásticas, ha permitido documentar parte de las cimentaciones de las estructuras del convento y la presencia en el subsuelo de una extensa necrópolis musulmana con más de doscientas sepulturas.