«Los edificios eran como flanes»

La exdirectora de Familia, Laura Muñoz, también se encuentra en Japón, aunque la Comunidad confirmó ayer que está «perfectamente bien» Una azafata de vuelo de Cartagena narra su experiencia durante el seísmo

J. A. GONZÁLEZ CARTAGENA.
Marta Moral, ayer. ::
 M. M./
Marta Moral, ayer. :: M. M.

«Seguimos con el miedo en el cuerpo porque estamos sintiendo réplicas constantemente y son muy largas. Es una sensación horrible no saber si va haber otro terremoto de gran magnitud, y te cuestionas si realmente estás preparado para salir corriendo». Con la misma crudeza con que el terremoto y el posterior 'tsunami' sacudieron Japón, la joven cartagenera Marta Moral contaba ayer por la tarde -ya de noche allí- desde un hotel de Tokio cómo contaba las horas para salir de un país sumido en la tragedia por la fuerza de la naturaleza. Y lo hacía con el lógico miedo de haber sobrevivido a un temblor de 8,9 grados de magnitud en la escala Richter, pero con la entereza suficiente como para tratar de conciliar el sueño y descansar unas horas.

«Era impresionante ver cómo el edificio se movía a un lado y el suelo se quedaba, o eso me parecía a mí, quieto. Era como un flan sobre un plato», describe Marta a 'La Verdad'. Esta auxiliar de vuelo se encontraba en una tienda de un centro comercial y la fortuna quiso que la sacudida le pillara «mirando unas cosas en la estantería más baja, de modo que estaba agachada». De repente, notó un «ligero temblor» y pensó: «¡Vaya, un terremoto!». No le dio mayor importancia. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquélla no era una situación normal. «A medida que los segundos transcurrían iba cayendo en la cuenta de que los terremotos se suelen sentir sobre todo en las plantas altas de los edificios y yo estaba en una planta baja y encima agachada, así que comencé a pensar que debía ser uno fuerte... tal vez de unos 5 ó 6 grados». «Me quedé mirando a una chica que tenía al lado para ver su reacción, y ella no estaba haciendo nada en especial, así que no le di más importancia. Pero el temblor iba a más. Entonces, me levanté y oí cómo se rompían vasos y platos en el suelo y fue entonces cuando me di cuenta de que aquello se estaba prolongando mucho y las sacudidas eran muy fuertes».

«Gente saltando brechas»

La auxiliar de vuelo decidió entonces salir de la tienda y vio a mucha gente «buscando apresurada la salida a la calle más cercana». La situación se iba agravando, porque empezaron los cortes intermitentes de luz y «cayeron algunos cascotes del techo». «En ese momento me di cuenta de la gravedad del temblor, aunque la actitud de la gente era de control. No oí demasiados gritos, ni gente histérica... Curiosamente todo era ordenado y se respiraba cierta calma dentro de la tensión».

Su relato continúa con el momento en el que la gente se puso en medio de la calle, lejos de paredes, de postes de luz y de farolas. «Pude ver cómo la gente se agarraba a las barandillas y se agachaba, y cómo las madres cubrían con todo su cuerpo a los niños. Estaban totalmente entrenados para este tipo de situaciones», afirma. Tras ver cómo los edificios bailaban, la cartagenera se dirigió a la explanada del aparcamiento del centro comercial para estar en un espacio más abierto. Allí estuvo una hora «sabiendo que las réplicas vendrían muy pronto después del gran temblor». Y así llegaron dos sacudidas bastante fuertes. «Cuando por fin cogí el autobús que me llevaba al hotel pude tener una visión más completa de lo que había pasado en Narita (al sur de Sendai), aunque no llegué a ver nada alarmante. La gente estaba en la calle, tranquila pero con cara preocupada. Yo personalmente lo viví de una manera muy serena, porque no era consciente de todo lo que conllevaba. Mis compañeros, sin ir más lejos, tuvieron que saltar una brecha que se generó en el suelo del hotel mientras todo ocurría para poder acceder a la salida de emergencia. ¡Y después bajar 10 pisos con todo el temblor!».

Ya de vuelta en el hotel, todo el mundo estaba evacuado y con mantas. «El personal del hotel estaba más que preparado para una situación como ésta y en todo momento nos sentimos protegidos. Sin embargo, seguimos con el miedo en el cuerpo». Pese a su aplomo, la azafata no pudo sino sentirse «muy impresionada» al escuchar la respuesta de una trabajadora del hotel a la que preguntó por su familia: «'No lo sé. Aún no he podido contactar con ellos', me respondió con una media sonrisa. Desafortunadamente, sus parientes viven cerca del mar. ¡Es increíble cómo afronta esta gente su trabajo a pesar de las circunstancias!». Los planes de esta cartagenera, que sí pudo tranquilizar a su familia, pasaban por volver hoy a Londres (en Tokio el reloj marca ocho horas más que en España), si se reabría el aeropuerto. «Me espera un día muy duro».

«Trasatlántico en la ciudad»

Por otro lado, uno de los murcianos que se encuentra en Japón es la que fuera hasta hace un mes directora general de Familia y Menor, Laura Muñoz. No obstante, el presidente Valcárcel precisó que han conseguido establecer contacto con ella y «está perfectamente bien, aunque el susto no se lo quita nadie». El motivo de su cese se debió al interés de establecer un negocio en Japón junto a su marido. Muñoz trabajaba, antes de ser nombrada directora general, en la empresa familiar de jamones 'Aromadul' de Fuente Álamo, a la que se ha incorporado nuevamente. Alejandro, el hermano de Laura Muñoz, logró ponerse en contacto con su familiar a través del programa Skype y Laura le contó que había un trasatlántico en medio de la ciudad y 'tsunamis' en la costa. «Tienen miedo y no saben lo que puede pasar, pero de momento no van a volver».

Además, 'La Verdad' pudo hablar ayer con Juan Masiá, un jesuita que desarrolla su labor en Japón desde hace varios años pero al que el terremoto ha pillado en México. «Mis compañeros de Tokio están bien aunque todavía no he podido contactar con ellos, pero estoy consternado con todo lo que ha pasado». Por su parte, un lorquino afincado en Japón, Guillermo Navarro, aseguraba en 7RM que «estamos aislados, no podemos coger el tren ni el metro y mi compañera no puede hablar con su familia». La salida del sol en Japón no ha terminado hoy con la pesadilla.

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