El formidable regalo de los hermanos Zabálburu

Acaudalados industriales, Murcia les debe una parte destacada de su actual traza urbana

ANTONIO BOTÍAS
Aspecto de la plaza de Santo Domingo, hace un siglo, con su templete de música./
Aspecto de la plaza de Santo Domingo, hace un siglo, con su templete de música.

A nadie sorprendía en la ciudad que a la antigua procesión de penitencia pública acudieran los arrepentidos cargados de grilletes y cadenas, caminaran arrodillados, arrastraran pesados maderos y hasta vistieran sayas cubiertas de ceniza en el intento vano de expiar, tres noches por semana, sus pecados más oscuros e inconfesables.

Todo un retablo surrealista que en el Cielo, sino llantos, acaso provocaría carcajadas. Tanta libertad dio la autoridad eclesiástica a la elección de estas disciplinas que un parroquiano de Murcia se presentó al inicio de la carrera llevando a cuestas un muerto. Sucedió en 1648, como atestiguan los legajos, junto a la plaza de Santo Domingo. Y queda para los historiadores determinar si acaso el difunto era reciente o el arrepentido que lo cargaba -y tan grave deuda tendría con él- fue a desenterrarlo.

El cortejo, en cualquier caso, disfrutaba de muy pocos observadores. En aquella época, en principio y por ejemplo, nadie se asomó por los balcones de la calle Basabé. Porque no existía.

A Basabé la llaman calle por llamarle algo. Aunque se encuentre en el corazón de la ciudad. En este pasaje que une Santo Domingo con la plaza del Romea, ni hay ni hubo portal donde guarecerse de la lluvia, no se asoman ancianas curiosas tras las cortinas de madrugada, nadie recibe cartas ni multas de Hacienda, los niños no apedrean perros ni guardias y, para acabar pronto, no habita en ella vecino alguno.

Hasta colocaron dos verjas para convertirla en acertado patio de recreo. En las dos paredes que la forman se alzan la antigua escuela graduada Cierva Peñafiel y la iglesia de Santo Domingo. El Ayuntamiento de Murcia colocó el rótulo a esta calle el día 17 de febrero de 1894, en memoria de un ilustre patricio de la ciudad, miembro de la familia Zabálburu y Basabé, que cedió los terrenos para construir el centro educativo.

Esta saga, de origen vasco, sostuvo sobre su fortuna cuantiosas obras públicas, hasta el extremo de que el municipio distinguió a los tres hermanos Zabálburu, José, Francisco y Mariano, con el título de hijos adoptivos. Sus donaciones para la construcción de un manicomio y el desprendimiento que demostraron tras la riada de Santa Teresa casi inmortalizan el apellido.

Luego se olvidó. La gloria es un olvido aplazado. Por aquellos años, la familia quiso urbanizar dos solares de su propiedad, uno en el plano de San Francisco y otro junto al Romea. A cambio, cederían una insignificante porción de los bancales para abrir nuevas calles. Así, a una se llamó Zabálburu y a la otra Basabé.

El solar que existió al otro lado del templo de Santo Domingo se transformó, con el paso de los años y de los herederos, en un edificio cuyas paredes devoraron las ventanas parroquiales. Y una plazuela esquinada surgió al amparo del Romea, donde es posible sentir el pulso de la ciudad, saborear la parsimonia de la rutina cotidiana, en cualquiera de las mesas que se reparten sobre los adoquines. La portada de la iglesia, en cambio, no ha sufrido transformación destacada. Junto a ella se empinan moreras recientes que, como un guiño del pasado, sustituyen a las antiguas.

La fotografía más antigua que se conserva de este extremo de la plaza, en la que el tiempo ha borrado la pose de un guardia o un sereno, fue tomada desde la acera contraria. Frente a la portada de Santo Domingo discurre la calle de Echegaray, en memoria de un ilustre dramaturgo que no nació en Murcia pero disfrutó aquí gran parte de su infancia.

Su padre desempeñó la cátedra de Agricultura en 1835. Su sueldo ascendía a seis mil reales y, curiosamente, le asignaron para gastos otros 4.000 reales. Las producciones del dramaturgo Echegaray alcanzaron gran predicamento y las salas se abarrotaban de público murciano en las incontables ocasiones en que regresó a la ciudad.

En marzo de 1893, el municipio honró su figura con la calle. Y como a la autoridad se le figuró poco ancha, le añadieron el jardincillo que todavía conserva en su costado del Romea, de pinos cuyas copas puntiagudas se pierden en el cielo.

Hace unos años, el colegio Cierva Peñafiel, encajonado en su edificio por cuatro calles, vio cumplida una de sus antiguas pretensiones. Vía Pública autorizó al claustro el uso de la calle Basabé como recreo y se instaló una verja de hierro forjado, que todavía acrecienta, pese a su gran utilidad, la soledad del pasaje. Al menos, se completó así, más de un siglo después, otro viejo sueño de aquellos Zabálburu.

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