Xiquena, un castillo a las puertas del infierno

ANTONIO SORIANO
Vista de las ruinas desde el valle, en la que se aprecia parte del lienzo de la muralla. ::
                             P. A. / AGM/
Vista de las ruinas desde el valle, en la que se aprecia parte del lienzo de la muralla. :: P. A. / AGM

Entre todos los restos de castillos medievales que quedan en el territorio lorquino, tal vez, a excepción del existe en la ciudad, el que conserva unas ruinas más llamativas sea el de Xiquena, situado en la diputación de Fontanares. Aupado en un promontorio rocoso de 790 metros de altura, que se yergue muy cerca del curso del río Vélez, su silueta todavía impone en el horizonte cuando se le divisa vigilante sobre un territorio que ha cambiado de forma notable con los tiempos. Y más debía imponer en la época en que sus murallas y sus torres estaban perfectamente conservadas.

El historiador Juan Torres Fontes, en una publicación sobre esta fortaleza, aclara que el paisaje que la rodea no tenía ni el verdor ni el arbolado actual. Los cronistas árabes decían de esta comarca que «era campo desierto y solitario, donde reinaba el miedo y el asombro, donde no se veían palmeras ni viñas y sólo a propósito para sufrir daño del enemigo y para huir de allí». Conviene recordar que el castillo de Xiquena, durante muchos años, estuvo en la frontera, primero en el lado oriental del reino nazarí de Granada, y después como puesto avanzado de los cristianos.

Son muchos los autores que derivan el nombre de Xiquena del árabe Gikena o Gehenna, con el significado de infierno. Otros le atribuyen un origen romano y que se debió a una finca próxima de un colono llamado Siccus. Para Torres Fontes, aunque no signifique infierno, realmente Xiquena fue un castillo del infierno, calificativo que bien puede aplicarse a este bastión avanzado sobre territorio enemigo y en un paraje desolador.

Probablemente, los granadinos erigieron la fortaleza en el siglo XIII, como adelantada de los Vélez frente a Lorca. En situación estratégica, dominando una fácil vía de acceso, pero en una región inhospitalaria, agria, este castillo junto con el vecino de Tirieza, no tenía más misión que vigilar y amenazar la periferia del reino murciano. Bajo signo político y religioso distinto, Xiquena cumplió igual misión con los castellanos cuando estos se apoderaron de la fortaleza, en verano u otoño de 1433, con un ejército al mando del alcaide Martín Fernández Piñeiro, tras un cerco en el que se utilizó una lombarda fabricada en Lorca que causó bastantes daños, pero reventó matando a uno de sus servidores.

La construcción de Xiquena se adaptó al relieve de la accidentada superficie rocosa del montículo. Ese fue el motivo de que la planta no sea por entero rectangular. Los restos que quedan del castillo denotan una construcción típica de finales del siglo XV y responde a las noticias que existen de su ampliación y reconstrucción mandada hacer por el marqués de Villena, después de 1470. La existencia de troneras en algunas de sus torres delatan la época de su construcción.

Los eruditos afirman que no se trata de una fortaleza acondicionada y ampliada por los castellanos, sino de una construcción casi por entero nueva, aunque se aprovecharon los materiales de la primitiva fortaleza granadina. Tan sólo una torre circular, en la parte más alta del cerro y en uno de sus ángulos, pudiera pertenecer a una construcción musulmana. Los restos que quedan no permiten confirmar que era una atalaya de tres plantas.

Xiquena se mantuvo en poder de los cristianos en época difícil para los súbditos de Juan II, y no parece probable que una simple atalaya resistiera las diversas ofensivas granadinas. Antes de que finalizara el siglo XV Xiquena era un castillo terminado, tenía demarcada su extensión territorial en la que su dueño, el marqués de Villena, ejercía jurisdicción civil y criminal conforme al privilegio que otorgara Enrique IV.

Al parecer, en los alrededores del castillo se levantarían construcciones complementarias para los servidores y pobladores del lugar, ya que dentro del recinto amurallado, por lo escarpado de la pendiente, sólo se utilizaría como refugio de personas y ganados en los momentos de amenaza granadina. Hoy, cada vez más maltrecho, Xiquena se ha convertido en refugio de ganado y palomas torcaces y en un recuerdo casi desvaído de un pasado espléndido de vitalidad y heroísmo.

Uno de los procedimientos que se emplearon para intentar repoblar Xiquena y su entorno fue un privilegio otorgado por Enrique IV en 1470, que establecía que aquel que viviera por más de un año y un día en ese castillo quedaría exento y libre de las penas por los delitos cometidos con anterioridad. Pero el privilegio no se cumplió en lo referente al perdón de los criminales y homicidas. Eso provocó una protesta de los habitantes de Xiquena y Enrique IV, por otra carta de privilegio, aclaró que estaban incluidos los autores de cualquier clase de muertes, crímenes o delitos, concediendo el perdón para todos ellos.

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