El soldado español de Kim Jong-Il

Hijo de nobles catalanes y único extranjero en el Gobierno de Corea del Norte, Alejandro Cao de Benós defiende que allí no hay hambre, sólo «algún problema vitamínico». Tras atacar Corea del Sur lanza este aviso: «Nuestras bombas atómicas pueden llegar hasta Nueva York»

El soldado español de Kim Jong-Il

Cho Son-Il es un hombre de violentos contrastes. Nacido en el seno de una familia de nobles pero con alma comunista. Diplomático de oficio con una vocación frustrada: ser militar. Un treintañero de verbo marcial que tan pronto defiende con talante democrático que sí hay libertades en Corea del Norte como lanza una abrupta advertencia: «No vamos a dar cuartel al enemigo. Corea del Norte tiene capacidad para invadir el sur en siete días». Y un denso silencio llena la conversación telefónica.

Alejandro Cao de Benós (Tarragona, 1974), más conocido como Cho Son-Il ('Corea es una') en el país asiático, no es un cualquiera dentro del régimen dictatorial norcoreano. Tiene despacho propio en Pyongyang y es el único representante extranjero del explosivo Gobierno de Kim Jong-Il, el 'Querido Líder', les guste o no a los suyos. Delegado especial del Comité de Relaciones Exteriores con el Extranjero, fundador de la Asociación de Amistad con Corea (KFA) y autor de afirmaciones que lanza como si fueran dogmas de fe pero que por su propia rotundidad acaban pareciendo palmariamente falsas. «En Corea del Norte no hay ni una sola persona pasando hambre», defiende como si conociera al dedillo las vidas de los 24 millones de almas que pueblan su empobrecido país. Recula cuando se le pone delante el informe de la ONU que habla de cinco millones de hambrientos para 2011. «Igual hay algún problema vitamínico..., pero todo se debe a que el bloqueo estadounidense no nos deja importar grano».

El brazo español de Kim Jong-Il pasa seis meses al año en Corea, luce un casi perpetuo pin de Kim Il-Sung, el 'Presidente Eterno' y fundador de la Patria Roja (su nacimiento se conmemora como el Día del Sol), no pierde la oportunidad de enfundarse el uniforme militar los días festivos nacionales de la República Popular ni le falla la voz para gritar consignas patrióticas en la cabecera de manifestaciones o para cantar ópera en un vídeo con un clarificante estribillo y emitido por la televisión norcoreana: «Seré el soldado del mariscal Kim Jong-Il». La República Popular lo hipnotizó con sólo 16 años. Fue en Madrid, cuando ocupó el lugar de un amigo del PCE en una recepción turística del Gobierno asiático. Dejó a un lado su trabajo en una gasolinera, sus estudios de BUP y sus clases de informática en una academia y abrazó la bandera comunista. Su fe ciega en la causa roja tuvo premio en 2002. Por primera vez en su historia, el 'Reino Eremita' hacía una excepción a la ley y permitía la entrada de un extranjero en su estamento gubernativo. Nacía 'Changunim Chosa' (Soldado del General), otro de los apelativos del catalán en Corea del Norte.

Sus padres, descendientes de los Condes de Argelejo, Barones de Les y Marqueses de Rosalmonte (títulos que hoy en día han caducado y constan como vacantes), sintieron pavor. «Pero tras el miedo inicial, y después de conocer a mis compañeros coreanos en España, me apoyaron», suaviza Cao. Es una especie de embajador internacional del Comandante Supremo, encargado tanto de acompañar a delegaciones de empresarios al país asiático como a representantes de medios de comunicación. Dicen que cada uno debe pagar 2.500 euros. Y Cao no les quita ojo. Él no lo niega. «A Jon Sistiaga (periodista de Cuatro autor de un revelador documental del país) lo levantaba cada día de la cama. Menos al baño, lo acompañaba a todos sitios». Tampoco esconde que destrozó la habitación del hotel a un reportero norteamericano de la ABC en busca de unas filmaciones inapropiadas. El catalán sostiene que grabó posiciones militares (tajantemente prohibido en un país 'en guerra'). El cámara asegura que sólo lo hizo con una granja de Kochang. Andrew Morse acabó con su equipo destrozado, las cintas desaparecidas, su portátil inutilizado y encerrado en la habitación. «Tuve un ataque de cólera», confiesa Cao. El americano sólo pudo salir del país tras firmar una confesión de culpabilidad para evitar un juicio sumarísimo. «Se meó encima». Y el 'soldado' casi parece sonreír al otro lado del teléfono...

«Creo en la disciplina»

Dibuja Corea del Norte como un país idílico. Casa gratis, sanidad gratis, educación gratis... «Ahora acabamos de hacer un parque de atracciones». Y añade, democrático: «La ONU está politizada por las grandes potencias. Nos importa un carajo lo que diga. Corea es un país lleno de libertades». Un paradigma de la libertad de expresión... Califica de «propaganda política» el informe de Reporteros sin Fronteras que sitúa este territorio como uno de los más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Él hasta se indigna. «¡Claro que hay libertad de expresión! Lo que pasa es que no con una concepción individualista como en Occidente. Aquí la gente se muerde la lengua, aunque pique, por el bien común», subraya minutos después de haber concluido una entrevista con Al Jazeera.

El representante de uno de los países más herméticos del mundo es importador y exportador de artículos de decoración. Otro contraste de Cao. Vegetariano, amante de la música étnica y del Ejército, el aristócrata comunista apuesta por unos elevados ideales: «Creo en el honor, la disciplina, el respeto y la justicia». En ese orden. Justicia como la que se aplica en las ejecuciones públicas denunciadas en el país por diversos organismos internacionales. El 'noble' vuelve a negarlo. «Todo eso es falso. No hay nada de eso, ni torturas ni ejecuciones públicas. Apenas se han aplicado dos penas de muerte. Sólo hay centros de reeducación donde la gente realiza estudios políticos». Quizás sea su forma de llamar a los 'Kwan Li-So', los campos de trabajos forzados con 200.000 prisioneros, según Amnistía Internacional. O uno de los infiernos de los que escapó Shin Dong-Hyuk, autor del libro 'Escape to the outside world' (Huida al mundo exterior). En él relata cómo sufrió abusos, palizas y torturas. Y cómo asesinaron a su madre ante sus propios ojos. «Amnistía Internacional no tiene ni idea de lo que dice. No ha entrado jamás en el país». Principalmente porque el dictador no les deja. Y Cao no lo niega.

La población norcoreana es ajena a cualquier información contra el régimen. La doctrina oficial lo impregna todo. Y el país es un agujero negro en internet. La red apenas existe para la clase dirigente y una pequeña élite. La ciudadanía sólo tiene acceso a 'Kwangmyong', una intranet con chat y correo electrónico, a la que sólo se puede acceder desde terminales situados en edificios oficiales y con mil ojos encima. Cao de Benós es otra historia. Tiene un blog de 50 euros anuales, disfruta de llamadas gratis al extranjero con el 'Skipe' y dispone de perfil en Facebook. En la estadounidense red social atesora más de 300 amigos. Amistades 'peligrosas' algunas de ellas. Como 'Espina', una organización tarraconense afín al movimiento okupa, o los 'Ikasle Abertzaleak', los 'estudiantes patriotas' del País Vasco muchas veces relacionados con el entorno etarra. En su perfil no esconde que le gustan los misiles Taepodong-2, cohetes intercontinentales susceptibles de ser armados con cabezas nucleares.

Su discurso se torna descarnado al hablar de la tensión entre las dos Coreas. Acusa al Gobierno de Seúl de causar el bombardeo con cuatro muertos con «maniobras de provocación orquestadas por Estados Unidos». Quita importancia a los fallecidos. «Dos marines muertos y dos civiles no son nada comparado con los años de sufrimiento de la República Popular de Corea». Y no duda en esgrimir amenazante los siete millones de efectivos militares del norte entre regulares y reserva. Hasta que lanza su bomba...

-El mundo contiene la respiración al hablar de la crisis en la península de Corea. ¿Sería capaz su país de usar la bomba nuclear?

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