Semana 6: Alex Vasudevan

El Newspaper Project (Proyecto Periódico) es una iniciativa de la artista Fay Nicolson en colaboración con 'La Verdad' para Manifesta 8. A lo largo de seis semanas, expertos de diversos ámbitos visitan la Región de Murcia para interactuar con varios aspectos del entorno. En la última semana del proyecto, el geógrafo cultural Alex Vasudevan utiliza la historia judía de la Región como punto de partida para unificar geografía y práctica artística. Al fusionar la investigación de los fantasmas de la historia local con los escritos de Walter Benjamin sobre el lugar y la memoria, Alex nos propone una posible estrategia con la que reimaginarnos el fracturado pasado de España.

Detalle de la terraza en la que se halla encajado el complejo sinagogal, Lorca (2003) ::
                             JUAN GALLARDO CARRILLO Y JOSÉ ÁNGEL GONZALEZ BALLESTEROS/
Detalle de la terraza en la que se halla encajado el complejo sinagogal, Lorca (2003) :: JUAN GALLARDO CARRILLO Y JOSÉ ÁNGEL GONZALEZ BALLESTEROS

'Lección de geografía': Un extracto (6 de junio de 1932)

El viaje de Cartagena a Murcia fue tranquilizadoramente breve. Un sol de justicia imposibilitaba todo pensamiento. El paisaje iba pasando junto a mí, que apenas conseguía registrar su muda presencia, con el silencio y la soledad convertidos en únicos compañeros en los que confiar. En Murcia encontré refugio en la sombra de un café de la Plaza de Santo Domingo, quedándome dormido al instante. Me desperté y descubrí que no estaba solo: un hombre de mediana edad bebía una cerveza sentado frente a mí. Con un gesto apuntó a mi cuaderno abierto e iniciamos una conversación, primero en español y luego en una mezcla de español, francés y alemán. Supe que era un arqueólogo local. «Soy experto en geografía de fantasmas», me dijo, y dirigió la mirada a la plaza. «El sol oculta más de lo que revela. Este paisaje esconde muchos secretos». Me explicó que preparaba un proyecto para cartografiar la historia judía de toda la región. Le pregunté si existía en Murcia un antiguo barrio judío. «A sólo un par de manzanas de aquí - me respondió - sepultado por el tiempo y el olvido». Se detuvo. «Nadie quiere ya contar historias». Antes de que pudiera responderle continuó hablando y comenzó a relatarme los inicios históricos de los judíos en Cartagena. Así supe de la represión visigoda y de la invasión musulmana. Al momento era ya un experto en la dinastía almohade y el Reino de Granada. Mi narrador intentó también dibujar una imagen de las comunidades judías autónomas (aljamas) que florecieron intermitentemente entre el siglo XI y la mitad del XV y terminó relatándome la expulsión de los judíos en 1492.

Me sumí en un torbellino de silencio. Me di cuenta de que mi lección de historia era, de hecho, una lección de geografía. Llevaba tiempo preocupado por cómo dar forma de mapa a un ámbito de la vida. Y ahora, todo quedaba patas arriba. De repente, el mapa plano de la región que guardaba en mi maletín se transformaba en paisaje viviente; las calles, las plazas de pueblo, los edificios, hasta las colinas en la distancia eran ahora ruidosos testigos de acontecimientos pasados. Recordaba una carta que hacía poco había escrito a Gershom Scholem en donde hablaba de España y de la serenidad que su paisaje intacto ofrecía. Y ahora me encontraba sumido en un paisaje bastante diferente, atravesado aquí y allá por los confines y las fronteras invisibles de infinitos reinos; un paisaje conformado por numerosos actos de violencia y conflicto; un paisaje todavía afligido por la presencia de los muertos.

Rompiendo el silencio, el arqueólogo rió. Comenzó a dibujar en mi cuaderno lo que me explicó era un mapa de la vecina ciudad de Lorca y me dijo que se encontraba realizando gestiones para obtener una licencia de excavación en las proximidades del castillo. «Hay una sinagoga y una judería medieval sepultada en el recinto del castillo», anunció. «Se han encontrado ya algunos objetos y todos los archivos confirman su existencia. Puede que a usted le basten las palabras. Yo necesito tocar y sentir una pala». Intenté ahogar una sensación de vértigo. La alegría me embargaba. Llevaba tiempo luchando por plasmar mis propios recuerdos en papel y de pronto me daba cuenta de que, más que una simple herramienta, que un instrumento con el que explorar el pasado, el lenguaje era el auténtico medio de una experiencia largo tiempo olvidada igual que el paisaje que me rodea es el medio en el que yacen sepultadas muchas ciudades y culturas. Hice una rápida anotación en el cuaderno mientras explicaba a mi nuevo amigo arqueólogo que mi manera de acercarme a las palabras era idéntica a como llevaba él a cabo una excavación. Sonrió. Nos dimos la mano, nos deseamos el uno al otro suerte y partimos en direcciones opuestas.