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Flores para J. M.

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Flores para J. M.

30.10.10 - 01:11 -
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Hoy se cumplen cien años desde que vino al mundo, para mejorarlo con su palabra, Miguel Hernández. Cárcel y muerte le dieron las Españas, herido y malherido anduvo por trincheras y hospitales. Se fue a los 31 años de edad, que pudo ser otra. Ahora está en las antologías y en la memoria de todos. La posteridad puede que sea una superposición de minorías, pero siempre favorece que haya 'videoclips' o que sus prodigiosos versos sean cantados por Serrat.
Miguel Hernández está en el Parnaso, pero antes fue huésped de celdas y vio la libertad entre barrotes. El 'carnívoro cuchillo' se clavó en su corazón descolgándose de la panoplia española.
(«Federico era mi hermano. Miguel era mi hijo», me decía muchos años después Pablo Neruda, con su voz entrecortada de dulce salitre. «Me los mataron. ¿Qué se puede pensar de un país que mata a sus poetas?»). A él casi lo mata el suyo, pero murió de tristeza, viendo como ardían sus libros. Un «sino sangriento» el de de Miguel Hernández. También el de su mujer, Josefina Manresa, a la que dejaron huérfana los unos y viuda los otros. Leopoldo de Luis y yo, que caímos en Elche por haber sido premiados en cierta lotería lírica, le llevamos un ramo de flores. Estaba todavía guapa, del mismo modo que estaría siempre triste.
Tenía un minúsculo taller de costura, con aquellas sonoras máquinas 'Singer' y con otras dos jóvenes atareadas. Leopoldo de Luis, que además de un poeta excelente, estaba lleno de bonhomía y de cordialidad, no le dijo que su marido y él habían sido conmilitones. Ella nos habló de Vicente Aleixandre con devoción. No se fiaba de casi nadie más. Al final de la visita yo me atreví a preguntarle cómo era Miguel.
-El siempre con versicos -me dijo, sonriendo con la alegre tristeza del olvido
Quizá no tenía conciencia de quién era el hombre con el que se había casado. Sólo de que le quería.
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