Los desencuentros de Pedro León

Tuvo problemas con Alcaraz y Mendilíbar y jugó mejor cuando más a gusto se encontró: con Míchel, en el Getafe El muleño, menospreciado por Mourinho, acaba de vivir en el Madrid su primer sinsabor en la cumbre, pero no el primero de su carrera

CÉSAR GARCÍA GRANERO CGGRANERO@LAVERDAD.ESMURCIA.
El jugador muleño del Real Madrid, Pedro León, se dispone a controlar un balón en un partido de esta temporada. ::                             AP/
El jugador muleño del Real Madrid, Pedro León, se dispone a controlar un balón en un partido de esta temporada. :: AP

Un revulsivo el sábado, humillado el lunes. Dos días. Es lo que ha tardado Mourinho en sacar a Pedro León de la alfombra roja en la que estaba tras jugar ante el Levante. «No es Zidane ni Maradona», dijo el lunes para justificar su ausencia anoche ante el Auxerre. Esta frase, que es una obviedad, dicha en público se convierte en una afrenta. Ahí está el error del entrenador del Madrid, que con su andanada ha hecho un escarnio de lo que era un tirón de orejas. El portugués se mostró malhumorado, despreciativo y más que vehemente en sus respuestas, y plantó a los periodistas a la tercera pregunta. «Mourinho es muy profesional», dijo el muleño Pedro León hace un mes. Si ahora le preguntan quizá lo seguirá diciendo, pero le costará más pensarlo.

El desencuentro con 'Mou' es el primero en la cumbre, pero no el primero del jugador, que a sus 23 años ha tenido más de un restregón desde que el Murcia mirara a Alcantarilla y viera a un chaval de 17 años con una pierna competente que jugaba en el Nueva Vanguardia. Más propenso al tapete que al arado, Pedro León acabó de uñas con Lucas Alcaraz, un entrenador más propenso al arado que al tapete. El muleño marcó siete goles el año del ascenso, algunos decisivos, pero su fútbol de gollerías no fue bastante para que Alcaraz perdonara sus intermitencias. Terminó en el banquillo, primero, y fuera del Murcia, después, cuando acabó la temporada y quedó claro que él no quería el banquillo y Alcaraz no lo quería en el campo.

Se fue al Levante con la sensación desconcertante de no haber cuajado en un equipo donde era el que mejor jugaba y un recado bajo el brazo. Le llegó de parte de Jesús Samper. El dueño del Murcia dijo que estaba muy bien vendido y apostilló: «Aquí no jugó y tampoco jugará en el Levante».

Lo cierto es que sí jugó y bien que se enteraron Samper, Alcaraz y el Murcia cuando el Levante ganó en la Nueva Condomina al año siguiente con un gol del muleño. Un tanto doloroso, que llegó en el último minuto y sirvió más para desguazar al Murcia que para reflotar a un Levante muy consumido.

Y volvió a jugar, no ya en el Levante sino en el Valladolid, al año siguiente. Fue una salida trompicada y una situación distinta a la que vivió en el Murcia: en este caso el futbolista bebía los vientos por irse y el Levante no quería que se fuera. No sólo había sido su fichaje estrella del verano anterior, sino también por el que más había pagado: 2,2 millones de euros. Su salida fue un enredo, porque el verano avanzó y Levante no le abrió la puerta. Al final, el jugador forzó las cosas: «Quiero salir ya. No quiero volver a Valencia», dijo en unas de las declaraciones más lapidarias de su carrera.

Y siguió jugando, porque acabó en el Valladolid. Estamos en la temporada 2008-09. Y en el Valladolid se encontró con Mendilíbar, que lo quiso tanto como lo azuzó. Fue en este equipo donde volvió a encontrarse con la bilis del banquillo, porque no siempre fue titular. En abril y nada más jugar con la selección sub 21, justo antes de enfrentarse al Barcelona, le preguntaron a José Luis Mendilibar si era un problema no contar con el muleño, que estaba sancionado:

- ¿Problema? -se preguntó entonces el técnico-. ¡Qué va! Si en los últimos partidos anda como un mendrugo.

Su relación con Mendilíbar no fue mala, pero sí salpimentada de algún que otro sinsabor, sobre todo al final, cuando el futbolista buscó su marcha y el técnico volvió a lamentar su comportamiento:

- Es nuestro jugador y lo queremos, pero no está centrado y mientras no esté centrado, no va a jugar y él lo entiende.

Y otra vez volvió a jugar, porque unos días después se marchaba al Getafe, el equipo donde más a gusto ha estado y mejor ha rendido, y quizá el único hasta ahora del que ha salido sin un rasguño visible. Míchel le dio cobijo primero y cariño, más tarde. El jugador se sintió a gusto, más querido que otras veces y mejor considerado. No era un estrella, porque la piel de un equipo modesto no da lugar a tanto, pero sí un jugador superior, con una pierna portentosa y un futuro halagüeño si lograba zafarse de su tendencia al recreo en determinadas fases del partido.

Lo logró. Míchel elogió al futbolista y Pedro León halagó al entrenador, con el que llegaron a compararlo nada más aterrizar en el Madrid: mismo puesto, buenos pases, gran disparo y con maña para el desborde. Aunque, eso sí, dosificado en defensa. Son cualidades que distinguen a Pedro León y en su día encumbraron a Míchel, del que ahora lo separa por encima de todo una cosa: la titularidad.

Míchel la tuvo y Pedro León no cuenta con ella. El sábado, cuando el Madrid se retorcía en un partido con más bostezos que brillo, Mourinho miró al banquillo y encontró al muleño. Era el minuto 61. El muleño no marcó ni su equipo tampoco, pero en 29 minutos incomodó a su rival más que el equipo entero en los 61 anteriores. Las crónicas festejaron su juego osbsequioso. Dos días después Mourinho lo sacó de la convocatoria, taló su ascenso y el muleño abrió los ojos: al Madrid, antes que a celebrar, se viene a sufrir.

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