Kuki Keller: «Me secuestraron los piratas somalíes»

Kuki Keller es su nueva identidad, aunque en Lo Pagán será siempre Cuqui el del Varadero, que ha regresado para abrir La Chabola Bar Pijo

:: ALEXIA SALAS
Cuqui y la artista francesa Marianne Batlle, junto a la barra de La Chabola Bar Pijo. ::                             A. S./
Cuqui y la artista francesa Marianne Batlle, junto a la barra de La Chabola Bar Pijo. :: A. S.

Su nueva identidad es Kuki Keller, aunque Miguel Ángel Hernández ha sido Cucufate y, sobre todo, Cuqui. Todos ellos han regresado a Lo Pagán después de ocho años de vida parisina, encarnados como siempre en el personaje popular y nocturno, el gurú de las fiestas de madrugada que se inventó El Varadero, el templo de la marcha en el Mar Menor allá por los ochenta y noventa, el local de las noches gloriosas que quedaron atrás. «Todo el mundo ha bailado, se ha emborrachado y ha besado en El Varadero», dice monsieur Keller, algo furioso con «lo que han hecho aquí, en Lo Pagán». Por eso se llevó los bártulos al parisino barrio de Bastille, adonde trasladó sus trasnoches, fiestas y reuniones de amigos. «Fue una huida. Me fui porque estaba desesperado. Cuando me levantaba veía a todos estos ilegales y no lo podía soportar», recuerda de los bares sin licencia de La Curva que, al calor del éxito de El Varadero, comenzaron a funcionar en primera línea de costa sobre terreno público, cerrados ya por ley. El fotógrafo Alberto García Alix -original retratista de la Movida madrileña, de famosos, estrellas porno, motos, tatuajes, desnudos&hellip- le propuso otro paisaje. «Un verano despegué desde San Javier y llegué a Nueva Zelanda para dar la vuelta al mundo en barco, ¿sabes que me secuestraron unos piratas somalíes?», cuenta Cuqui, gafas semitraslúcidas tras las que semioculta sus 58 tacos. Salió indemne, sin ayuda de Moratinos, gracias a la intervención, según cuenta, de «un helicóptero y un barco de guerra americanos».

Botelleo casero en París

¿Qué ha sido de un pinatarense excéntrico y noctámbulo en París? «He organizado fiestas, he pinchado música en locales, ¿sabes que a los franceses les encanta Marujita Díaz, sobre todo esa de 'Mamá cómprame un negro?'». Entre otras cosas, se mimetizó con París hasta asumir como nueva identidad el nombre de su calle, Rue Keller, con la misma lógica que le hizo convertirse en Cucufate por coincidir su cumpleaños con este santo amante de las artes. «Por allí han pasado a verme artistas murcianos, gente de la embajada, Esther Ferrer (especialista en performance), el artista Carlos Pazos... Conseguí vivir sin trabajar; hago paellas y botelleo casero para los amigos, suelen traer vino y yo pongo la comida», cuenta Keller-Cucufate-Hernández.

Ha regresado para reabrir La Chabola, situado junto al legendario Varadero, con taburetes 'tú y yo' (otros son más bien 'menage a trois') de fabricación propia, obras de Ceesepe, Muñoz Barberán, Ripollés, Molina Sánchez y el burladero que preside la barra, que pintaron Javier de Juan y Jorge Fin, ahora pintor de nubes, y que Cuqui colgó en su antiguo local 'A los toros', de Murcia. Suena un poco de todo, música española, suramericana, mexicana, temas de cine y de Miguel Poveda. Conviviendo con la foto de un gigantesco clítoris agujereado por un piercing, cuelgan los autógrafos de la hija del dictador Franco, de la infanta Elena y del Príncipe Felipe, en lo que denomina «rincón facha». «El Príncipe venía muchas veces a cenar con amigos cuando estaba en la Academia de La Ribera, pero una vez le cobré y ya no volvió», se sincera.

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