María Dueñas, una vida de novela

«No estoy dispuesta a renunciar a llevar la vida que a mí me apetezca, sea la que sea y la que yo elija en cada momento; no soporto que me manden, ni que me intenten manipular» Vendidos cerca de 375.000 ejemplares de su primer libro, 'El tiempo entre costuras', afronta con calma su futuro

ANTONIO ARCO
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                             JOSÉ MARÍA RODRÍGUEZ/AGM/
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Jaime va a cumplir 13 años, está jugando entre el fiero calor a la pelota con sus amigos y, nada más ver a los periodistas, se ofrece a ellos para informarles y hacerles de guía: sabe que van en busca de su madre, la escritora María Dueñas (Puertollano, 1964), cuya vida ha dado un giro de vértigo que tiene a toda la familia revolucionada, feliz, sorprendida. A punto de alcanzar la cifra de 375.000 ejemplares vendidos de su primera novela, 'El tiempo entre costuras' (Temas de Hoy), María Dueñas, profesora de Filología Inglesa en la Universidad de Murcia, intenta mantener la calma: los pies en el suelo sobre altos tacones, la sonrisa eterna, la gratitud en las palmas de sus manos, el futuro por delante dibujado con nuevos éxitos y viajes; y su existencia, hasta ahora apacible, convertida en un reto y en un sueño. Vive en Cartagena en paz; allí nacieron Jaime y Bárbara, que pronto cumplirá también años, 16, y allí se nutre de sol, mar y amigos. En julio se marchará a EE UU para desconectar y documentar su próxima obra. Ocio y negocio. Vive un tiempo extraño, saborea el milagro. La casa es cálida y luminosa, un segundo piso cuya terraza da a la piscina comunitaria, y María Dueñas se mueve por ella, delgada y más ágil que frágil, discreta y elegante, entre las puertas abiertas de las habitaciones y unas alfombras pisoteadas por el tiempo; se mezclan las de Turquía y Marruecos con una muy apreciada por ella que compró en un mercadillo de Amsterdam. Hay velas apagadas, de diversos tamaños y formas, vigilando algunos rincones del hogar, y relojes antiguos que marcan la hora, y jaulas de madera sin pájaros, y unas orquídeas regaladas sobre la mesa que utiliza para escribir, cubierta de ejemplares de su novela 'El tiempo entre costuras', que tiene que dedicar a amigos, conocidos y lectores desconocidos.

María Dueñas está radiante, pantalón vaquero y camisa blanca, y abre la puerta acompañada de su marido, Manuel Ballesteros, catedrático de Latín en un instituto de Cartagena. Muestra su casa sin secretos, muestra su vida con confianza, sin estar incómoda pero sí extrañada aún por todo lo que le está pasando; es simpática sin caer en el empalago, es amable, resulta enseguida familiar y, sin histerismos, derrocha una sensación de felicidad sin espinas; se sabe afortunada, se mira en el espejo, a los ojos, y estalla en una sonrisa de oreja de oreja que le sirve de faro para navegar con cuidado, pero sin renunciar a la pasión, en un mundo que no conocía: el del éxito literario de película. Su vida se ha convertido en una aventura por explorar.

Y sonríe. Es difícil que pase un minuto entero sin que lo haga: sonreír. Es su escudo: sonreír; es su forma de dar las gracias: sonreír; es la consecuencia de un milagro que ella, sin saberlo, escribió: en un año, bendecidos por un río de elogios y de lectores sorprendidos y agradecidos, 'El tiempo entre costuras' se ha situado con arrojo en la cima de la listas de los libros de ficción más vendidos, y a punto está de alcanzarse la poderosa cifra de 375.000 ejemplares con dueño. Y lo que le queda.

Sentada en la terraza, las piernas cruzadas y esa costumbre suya de no dejarse el pelo en paz, María Dueñas recuerda, escuchando el jaleo de los niños divirtiéndose en la piscina, su propia infancia, el origen de todo: «Era una niña normal, de las de finales de los 60, de las de ver en la tele 'Un globo, dos globos, tres globos', de las de merendar bocatas de Nocilla y jugar con sus amigas». Una niña que «iba bien en el colegio, aunque no era de las de sobresaliente; una niña moderadamente ingeniosa, buena lectora y muy mandona, porque soy la mayor de ocho hermanos, y también un poco cizañera en casa, donde daba la lata bastante más que en la calle; no era una niña ilusa, porque siempre he sido muy pragmática y he tenido los pies en el suelo».

Los pies en el suelo sostenidos sobre tacones, la piel perfumada, los labios brillantes. «¿Un café, un té?», pregunta. «No, gracias». Volverá a insistir cada quince minutos. La niña que fue tiene mucho que ver con la mujer que es hoy, a la que se le ha abierto una puerta por la que entran mil interrogantes, un futuro caprichoso, mucho dinero inesperado, miles de lectores que le han dedicado su tiempo y unos deseos feroces de no perder los nervios, ni el rumbo, ni el sentido común, ni el enorme placer que le provoca tumbarse a tomar el sol, el mar de fondo, la conciencia en calma, sus dos hijos muy cerca, dejándose querer.

Ya de niña, María Dueñas tenía «la picardía justa, no muchísima, para que no te tomen mucho el pelo». Y ya contaba «con cierto espíritu de líder», siendo la hermana mayor de tanta gente. Aprendió a mirar de frente, se soñó a sí misma preparada para poder valerse siempre por sus propios medios, independiente aunque necesitada de cariño. Ya entonces estaban los libros, y la lectura. «A veces mi padre se levantaba para trabajar y yo no había apagado todavía la luz», dice.

Sus padres viven en Puertollano, «y están moderadamente bien y locos de contentos con lo que me está pasando; todos los días les tengo que dar el parte...». En Cartagena, ni ella ni su marido tienen familiares, sólo amigos. «Manolo aprobó la oposición en Madrid y le cayó Cartagena; él vino primero, después llegué yo y nos instalamos en un apartamento pequeñito, con idea de estar aquí un tiempo e irnos», cuenta. «Pero yo seguí -añade- con el doctorado que había iniciado en Estados Unidos y conseguí una plaza en la Universidad de Murcia. Empezamos a hacer amigos, cada vez nos sentíamos más cómodos, nacieron nuestros hijos y aquí seguimos». Asegura estar «comodísima en Cartagena; además, ya no soporto el clima de ningún otro sitio, en todas partes tengo mucho frío en invierno. La vida da muchas vueltas, pero de momento no tenemos ninguna intención de irnos». Además, «el mar me encanta, me da alegría saber que lo tengo cerca».

-¿Qué ha pasado en su vida?

-¡Si yo te contara! (Risas). Creo que no ha cambiado tanto...; ha sido todo tan inesperado, en tan poco tiempo, se han abierto tantas posibilidades... Cuando más he notado el cambio ha sido en los últimos dos meses, porque he estado mucho tiempo fuera de casa; la última vez estuve casi tres semanas sin aparecer por Cartagena. Monté el campamento base en Madrid, con motivo de la Feria del Libro, y desde allí he ido de feria en feria y de presentación en presentación. Pero luego, una vez aquí, en casa, el día a día no es tan distinto, quitando que tengo que atender muchas más llamadas y responder a los correos y cosas así. Pero, sobre todo, mi vida son mis hijos y mi marido, y ellos están a mi lado y yo los necesito igual o más...; ayer estuve examinando en Murcia, vi a mis alumnos...». María Dueñas ha contemplado la posibilidad de alejarse por un tiempo de la vida universitaria, y lo está preparando todo para que así sea con el detalle con el que suele llevar al día sus asuntos.

Unas ventas de infarto, una atención mediática de lujo, un proyecto en firme de Antena 3 TV para hacer una serie basada en su libro, un viaje en septiembre a México, Colombia, Brasil y Argentina para promocionar 'El tiempo entre costuras', el reto volcánico de enfrentarse a su próxima novela, en la que ya está trabajando...; se acaricia el pelo, la plata de sus manos, y amplía aún más la sonrisa mientras la casa se va llenando de amigos de Jaime. «Mañana se van todos de excursión, ¡qué descanso!», exclama gozosa.

Pero, usted, ¿cómo está? «Contenta, satisfecha, agradecida a los lectores, alucinada...». ¿Y orgullosa? «Sí, por la historia que he escrito, pero también tengo claro que he contado con un componente de buena suerte que no ha dependido de mí. Mi objetivo era publicar la novela, nada más», indica.

«¿Un café, un té?», insiste. «No, gracias». «Jamás, jamás, jamás, ni en mis mejores sueños me pude imaginar esto. Todo lo que yo he conseguido en la vida ha sido a base de trabajo y más trabajo. Me proponía un objetivo, y trabajaba para lograrlo. Me lo propongo, me lo curro, por fin llego, prueba superada y ¡a por otro objetivo! Siempre he tenido los objetivos muy claros, más o menos, y en este caso mi objetivo era publicar, ¿cómo me iba a imaginar que tendría tantos miles de lectores?». Ha dicho María Dueñas «más o menos». Lo hace mucho: decir «más o menos». Y también hay otra cosa que hace muchísimo: soñar, soñar dormida: «Duermo estupendamente, ¡ojalá durmiera más! Sueño muchísimo, sin parar, una películas tremendas. Me lo paso bomba. Creo que por eso no me da miedo la muerte, porque me imagino que es como caer en un gran sueño...».

Se ha acostumbrado en estos últimos meses a hablar con mucha gente que la felicita por 'El tiempo entre costuras'. «Me dicen que les gusta mucho que se cuente la historia de superación de una mujer -Sira Quiroga- a la que la vida le va dando palos y poniéndole zancadillas, mientras ella lo va superando con entereza y con determinación. Y también me dicen que la lectura les resulta muy fácil, me repiten mucho eso de 'te engancha desde el principio'. Cosas muy bonitas, siempre», explica. Es fácil imaginárselo: los lectores felicitándola y ella refugiada en esa sonrisa sobre la que cabalga y de la que no se baja ni a tiros. «Ya sé que se me pone a veces cara de boba, lo reconozco, pero es que estoy agradecidísima y muy feliz, y qué voy a decir. No puedo expresar mi gratitud de otra manera», reconoce.

En unos días partirá para Estados Unidos, donde pasará todo el mes de julio, y en agosto se trasladará con toda su familia a Cabo de Palos. «Mientras los niños han sido pequeños -cuenta-, hemos hecho muchos intercambios de casas con otros países y nos hemos pasado meses enteros fuera de España; eso se acabó, ya no podemos llevarnos a los niños a cuestas de un lado para otro; ya se han plantado y dicen que a Cabo de Palos, para estar allí con sus pandillas de amigos».

Encantadores

Los hijos, precisa, «dan mucha lata, sí, sí, mucha lata, pero también mucha alegría. Te llenan la casa de vida y, además, es verdad que mis hijos son encantadores, de verdad. Pero, como todos los niños, son muy ruidosos, muy activos, muy incombustibles, y a veces pueden contigo».

Así es que tiene previsto, tras regresar de Estados Unidos, país al que viajará por varias razones, «entre ellas para quitarme ya un poco de en medio», dice ahora riendo abiertamente, y «para mezclar ocio y negocio, ya que aprovecharé para documentarme para mi próxima novela», buscar «algún lugar cerca de casa donde poder escribir sin distracciones, donde poder concentrarme mejor; ya veremos dónde...».

No piensen que María Dueñas es una sentimental, no lo es: «No me acuerdo de la última vez que lloré, soy poco llorona, soy un poco burra, no soy de lágrima fácil. Soy muy poco sentimental, sólo lo normal, no soy nada blanda». Tiene la puñetera costumbre de «ser bastante optimista y positiva», e intento siempre «ver las cosas desde el ángulo menos triste. Intento no quedarme sólo en el detalle, mirar más allá, con amplitud, no agobiarme». Y añade: «También me comporto un poco a lo Escarlata O'Hara, ¡ya lo pensaré mañana!».

«A mí, en general, la vida me ha tratado bien, soy una privilegiada que se lo ha currado mucho», deja claro María Dueñas, quien aparca la sonrisa sobre un sombrerero imaginario para decir lo siguiente: «Tengo miedo al sufrimiento, al deterioro; tengo muy poco aguante físico, todo me duele mucho, soy muy quejica, tengo el umbral del dolor muy bajo y el malestar físico lo llevo muy mal; pero luego, no creas, tengo fuerza». Y goza de buena salud, dos partos al cuerpo y ningún mal trago. Y una certeza: «Me indigna la grosería, la prepotencia, la chulería, los maleducados». Y otra: «Les enseño a mis hijos que hay que trabajar por conseguir lo que se quiere, que nada nos cae del cielo, que nada se regala, que la vida es una permanente carrera de pequeños obstáculos y no tienes que quedarte sentado en tu sofá a esperar que vengan otros a resolverte los problemas».

Enemiga «de los parásitos sociales y de todo tipo», no soporta a los que «sólo hablan de sí mismos y de sus dramas o sus logros, a los que se alaban y a los que se machacan». Ve poca televisión, intenta no avasallar ni dejarse avasallar, aprendió a hacer la tortilla de patatas en pleno corazón estadouniense y es partidaria «de cumplir años en positivo», porque no es ajena al hecho perfectamente comprobable de que «hay mucho capullo con 65 años y con más». «Hay que tener la voluntad de progresar, no hay nada peor que la falta de voluntad», sostiene.

Y su relación con el espejo, ¿cómo es? «Cordial, bueno, ahí vamos como podemos, bien, bueno, en fin...». Es decir, más o menos: «Me preocupa mi imagen lo normal e intento no obsesionarme con gilipolleces, pero tampoco me abandono... Me gusta gustar, sí, pero lo justo; no tengo interés en ir por ahí impactando a la gente, porque tampoco lo lograría. No soy excesivamente coqueta ni buscadora de la aclamación pública».

Se queja de que en las fotos siempre sale fatal, confiesa que no es religiosa, asegura no conocer el aburrimiento, es «de caídas y levantadas rápidas» e intenta llevar su presente «con serenidad, con las riendas bien agarradas y sin hacer tonterías...; sería totalmente absurdo que yo me pusiera ahora en plan diva o en plan la mejor escritora del mundo». Chorradas, ni una.

Ahora mismo, lo que echa de menos es tiempo: «Tiempo para tumbarme en el sofá, tiempo para irme a la playa a tomar el sol, tiempo para tomarme una copita de vino charlando tranquilamente con los amigos...». Tiempo, y un futuro de rosas. Se dice a sí misma: «A lo que no estoy dispuesta a renunciar de ninguna manera es a llevar la vida que a mí me apetezca, sea la que sea y la que yo elija en cada momento. No estoy dispuesta a que me impongan cosas, no soporto que me manden, ni que me intenten manipular».

Y otra vez: «¿Un café, un té?».

-No, gracias.

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