Cantonales de ayer y de hoy

GUILLERMO JIMÉNEZ
Miembros del Partido Cantonal en las escaleras del Palacio Consistorial en una foto de 1982. ::
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Miembros del Partido Cantonal en las escaleras del Palacio Consistorial en una foto de 1982. :: LV

Una noche de marzo de 1977, en una reunión en el salón reservado del bar Mastia, de la calle Mayor, en el primer piso, uno de los muchos locales de hostelería de Paco Macián en la ciudad, nació en un parto sin dolor y sin epidural lo que enseguida sería el Partido Cantonal. El abogado Julio Frigard Romero de Germes, que solía utilizar la capa bejarana para pasear (que no para torear) y tenía buen predicamento como hombre independiente, fue el maestro de ceremonias. Dos años después -¡menudo carrerón!- el redicho Partido Cantonal al que servidor bautizó en la informal sección de 'La Verdad' 'Tic tac político' con las siglas PCAN, ya había colocado en el Ayuntamiento, por la vía natural y legal de las elecciones municipales, siete concejales.

Los debutantes soñadores con la nueva provincia de Cartagena que llegaron a la concejalía fueron Carlos Romero Galiana, que era médico reumatólogo; Luis Ruipérez Sánchez, abogado; José Bonnet Casciaro, marino mercante con muchos golpes de mar a las espaldas; Francisco Morata Andreo, empresario comerciante de ropas de bebés; Miguel Castejón, hombre del campo; Alfonso Sánchez Escudero, empleado de negocio familiar en la calle de Jara, y Mariano Carrera Moya, joyero y uno de los tres mortales que en medio siglo ha sabido ascender al Efesé a Segunda. Y como en los encuentros de fútbol cuando aparece un pinchazo muscular en el abductor de algún jugador, a los dos meses de juego Mariano Carrera, el número 7 en la lista, pidió el cambio y entró el reserva, José Egea Leal, que era el número 8 y que curiosamente fue futbolista en Primera con el Valencia en los años sesenta.

En los comicios de 1979 accedió a la Alcaldía el socialista Enrique Escudero. Ganó el PSOE pero el Cantonal como partido bisagra entre la izquierda y la derecha, recogió la responsabilidad de varias concejalías. Los cantonales eran tan buenos muchachos que el 20% de sus emolumentos por la función de edil lo daban a su grupo político.

Los cantonales pasaron por la historia de Cartagena como un sentimiento efervescente. Destapada la botella, el tiempo se encargó de anular las burbujas. En los años 80 la ilusión de muchos era ilimitada. Hoy queda una ilusión renovada con un par de ediles incrustados en el Movimiento Ciudadano (Luis Carlos y Antonio Mínguez) frente a la sólida muralla china capuchina e infranqueable del PP conducido con piloto automático desde el sillón irrompible de alcaldesa Pilar Barreiro.

Protagonismo ciudadano

¿Es el cantonal un grupo residual? ¿Un sentimiento florecido o florido? Nada de encuestas, lo que aquí pretendo condimentar no es una ensaladilla, ni una amalgama, ni un puzle, sino todo lo contrario. Aclarémonos.

José Egea, inmerso ahora en el recuerdo, cree que los cantonales no pudieron imponerse a la fuerza del PSOE, por la izquierda, ni al poderío de Alianza Popular, después PP, por la derecha, y en otra fase cuando estaba la UCD. La historia les reservó un importante protagonismo ciudadano.

Carlos Romero Galiana recogió el balón de mando de Julio Frigard, el hombre que en aquella noche de marzo de 1977, apenas dos años después de la muerte de Franco, expuso la filosofía de mostrar a los cantonales como «un partido de izquierda, de izquierda pero de 1977, plenamente identificado con la derecha en el mantenimiento del orden». Algunos tacharon al PCAN de partido café con leche, más descafeinado que otra cosa. Pero los amantes del Cantón llegaron a tener fuerza, razonaron muchas veces aunque en otras echaron el carro por el pedregal como, por ejemplo, una mañana en la que a cuatro o cinco ediles se les ocurrió romper en la puerta de la Casa Consistorial, a corte de tijera, la bandera de la Región de Murcia. ¡Toma ya! Después llegaron las reflexiones y los arrepentimientos.

Romero Galiana intentó llegar a la Alcaldía pero no pudo. También la buscó Luis Ruipérez. Estaba claro que el sillón de alcalde estaba reservado para Antonio Vallejo Alberola, arquitecto que desde su cargo fue impulsor de la remodelación de la Alameda de San Antón, con episodio recordado por muchos: la llamada guerra de los eucaliptos, árboles a los que se encadenaron ecologistas para impedir su tala.

Antes y después en la sombra o en la superficie han trabajado personas de talante cartagenero mil por mil como Gonzalo Wandosell o como Daniel Pando, ya fallecido, o como Roque García Vera. El mismo Egea Leal antes y después de su etapa de edil ayudó y llegó a ser presidente del PCAN hasta que dimitió en 1985 en desacuerdo con una oposición interna que le estaría jorobando lo suyo. Se cuenta que siendo concejal hasta un concejal de izquierda como Froilán Reina Velasco hizo pública una felicitación a José Egea por habilitar, desde su cargo de Patrimonio, siete solares para construcción de otros tantos colegios. No eran frecuentes esos tipos de reconocimientos.

En la etapa de Egea se consiguió de Española del Zinc la venta de terrenos de lo que sería polígono industrial Cabezo Beaza (año 1981) en negociaciones con José Luis del Valle. El metro llegó a costar 220 pesetas, es decir, menos de 4 euros. Algo similar se hizo en diálogos con el SEPES para el lanzamiento del polígono residencial de Santa Ana.

Un buen subidón moral lo tuvieron los del PCAN el 17 de abril de 1978. Diez mil personas se concentraron en la plaza del Ayuntamiento en acto en el que se presentaron como cabecillas José Bonnet, Marta Gómez, Ángel Lorente, Luis Ruipérez, Carlos Romero y Julio Frigard. Naturalmente se pidió allí la provincia de Cartagena, objetivo que hoy sigue siendo el norte de muchos, pero ya sin necesidad de que apareciesen, como sucedía en los años setenta y ochenta, pintadas en las paredes con la firma del FRIC, un a modo de supuesto grupo extremista muy modosito del que los de la 'kale borroka' se habrían abochornado si los hubiesen tomado como modelo.

La entrada de Vallejo

Nueve años después de aquella concentración pacífica ante la Casa Consistorial, Antonio Vallejo Alberola, candidato cantonal, accedía a la Alcaldía. Era el relevo de Juan Martínez Simón, 'tocado' por el trajín de los 'sobres mágicos' de las subvenciones que alguien se inventó como resorte de ayuda a los grupos políticos. Fue un pastel consensuado de 27,4 millones de pesetas. «El mejor Simón echa un borrón», se pudo decir.

No se lo pierdan ustedes: los cantonales lograron que Escudero de Castro pidiese públicamente al Rey Juan Carlos I la provincia para Cartagena. Entre bastidores por algunos Enrique era considerado un socialista cantonalista.

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