Ignacio Borgoñós: «Soy un romántico, ¿y qué?»

El novelista cartagenero presenta esta tarde 'Recitando a Petrarca' en la Casa del Libro de Madrid Ignacio Borgoñós. Escritor

GONTZAL DÍEZMURCIA.
Ignacio Borgoñós, fotografiado en Cartagena. ::                             ANTONIO GIL / AGM/
Ignacio Borgoñós, fotografiado en Cartagena. :: ANTONIO GIL / AGM

Un hombre triste, Gabriel Siloé; un hombre golpeado por el pasado, lector de Petrarca, arquitecto que acaba de recibir el premio Pritzker, el 'Nobel de Arquitectura'. Ignacio Borgoñós (Cartagena, 1975) nos desvela el origen de esa tristeza turbia. Nos hace viajar a Budapest y Toledo, nos hace callejear por sentimientos y olvidos, por cruces de caminos peligrosos. Viaje al pasado en 'Recitando a Petrarca', finalista del premio de novela Mario Vargas Llosa 2008, que hoy se presenta en la Casa del Libro de Madrid.

- El amor eterno, la pasión nunca olvidada. ¡Es usted un romántico de tomo y lomo!

- Si lo dice por la historia de mi protagonista, sí, lo soy. ¡Pero qué historia no encierra amor, pasión!, ya desde Homero era así; en Galdós está ese romanticismo. No me voy a avergonzar yo ahora por eso.

- ¿Es un sentimental?

- Las historias más grandes siempre son las que encierran el sentimiento. ¡Mire usted la que se lió en Troya! Nada puede conmover mejor al mundo que aquello que hay tras los ojos de una mujer. Yo lo he aprendido así en la vida y en los libros, en Flaubert. No me pregunto si yo soy sentimental o no, sino si el sentimentalismo es parte de la vida y si yo he de recogerlo así en mis novelas.

- Una prosa densa, intensa, ¿cómo si hubiese querido contar muchas cosas dentro de esta novela?

- Eso es. Prosa densa porque odio la simplicidad de la literatura de laboratorio, del que llega a la escritura buscando el pelotazo, saltándose cuestiones tales como el respeto a la lengua de Cervantes, su riqueza, sus enormes posibilidades. Y sí, 'Recitando a Petrarca' no es sólo una historia de amor, sino que encierra una trama política, corrupción, y el mensaje del curioso vacío que habita en los hombres, por más éxito profesional que éstos alcancen.

- Es una historia de fidelidades inquebrantables...

- Es una historia de segundas oportunidades, de honor, de héroes urbanos que prefieren enfrentar su destino antes de dejarse domesticar por la vida. La felicidad requiere en cierta forma un acto de rebeldía.

- El amor, el amor; defíname esa cosa extraordinaria del amor.

- Como diría Bram Stoker en su 'Drácula', «el hombre más afortunado del mundo es aquel que encuentra el amor verdadero». Drácula no deja de ser una gran historia de amor.

- ¿Tiene usted deudas pendientes con el pasado?

- Yo me he reconciliado con él. En cambio, mis personajes se empeñan en rescatar asuntos que en su día no supieron cerrar y que los atormentan hasta infundirles el valor suficiente para emprender el regreso.

- ¿Cómo surge esta novela?

- Cuando cursé un Máster de Periodismo en Bilbao, hubo un compañero que el último día de su estancia allí se lo llevó todo de su habitación, dejándola completamente vacía, excepto unos versos de Petrarca clavados con una chincheta. En ese momento supe que escribiría una historia con aquel hilo conductor.

- ¿Cree usted en el azar?, ¿y en el destino?

- Somos juguetes del azar, sin duda. Nada de lo que hagamos podrá evitar el factor suerte, ya sea éste favorable o no. Destino, ¡ufff! Suena a otros mundos, me quedo con el azar del que habla Paul Auster.

- La moral de provincia está muy presente en su novela...

- Ya lo creo. El libro se desarrolla entre Budapest y Toledo, ambas ciudades literarias, pero bien distintas. Una tendiendo a lo cosmopolita y la otra inevitablemente encerrada en un hermetismo de calles estrechas, iglesias y tradición.

- Hace unos días, Kiko Amat, candidato al premio Mandarache, aseguraba que la literatura española le «espantaba». ¿Qué le parece?

- Hay que mirar el contexto, no sé si lo comentó refiriéndose a toda ella en general, históricamente digo, lo que me parecería un disparate teniendo en cuenta a Quevedo y compañía, o si lo dijo en particular, con tintes actuales, con lo que no iría muy desencaminado, exceptuando a tipos como Javier Marías. Lo actual responde al modelo que viene de fuera, literatura de consumo que espanta.

- ¿Qué nos salva del aburrimiento y la mediocridad?

- Nos salvan los libros, una mujer, la amistad de unos pocos, la familia. El aburrimiento no lo conozco y la mediocridad debe ser aplastada por cuanto he dicho.

- ¿Qué no soporta, qué odia, que le irrita hasta el cansancio?

- No soporto a la clase analfabeta de caciques de provincia, como don Jaime Siloé en mi novela. Odio la uniformidad consentida de la sociedad, el que ya no saltemos por nada, lo que nos proporciona un barniz muy triste. Y me irrita que, como reflejo de esta situación, la literatura sea ahora sólo un negocio y no una manifestación artística.

- La literatura ¿es un don o una condena?

- Es algo con lo que se vive. Un don que le ha llegado a uno sin pedirlo, que sabe hacerlo, que está dotado para ello, y que si no se sabe manejar, puede convertirse en una condena. Mi secreto: que soy yo el que está en deuda con la literatura, no le pido nada porque ella me ha dado mucho más de lo que imaginé.

- ¿Para qué se escribe?

- Para no morir de frío.

- ¿La literatura nos salva de algo?

- Pues claro. Nos ayuda a tragar, a sobrellevar los atropellos de los bancos, los malos días en el trabajo, las injusticias, los asesinatos que vemos en el telediario. Si luego no hubiera literatura, sería para echarse a la calle pistola en mano.

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