Querían que fuera símbolo de la República

El periódico 'Nuestra Lucha' pedía que el Cristo, «añadiéndole más barba» se convirtiera en el líder cantonal Antonete Gálvez Vicisitudes de la antigua imagen sobre Monteagudo antes de que fuera dinamitada en 1936

PEDRO SOLERMURCIA.
La antigua imagen sobre el cerro de Monteagudo. ::                             ARCHIVO MUNICIPAL/
La antigua imagen sobre el cerro de Monteagudo. :: ARCHIVO MUNICIPAL

Eran otros tiempos, pero todo sucedió así: En el acta del Pleno del Ayuntamiento de Murcia, celebrado el 11 de septiembre de 1936 puede leerse: «Moción de la Minoría Socialista sobre demolición de la Escultura de Monteagudo. En dicha moción se sintetiza el siguiente proyecto de acuerdo: Se acuerda por el Ayuntamiento sea demolida la escultura del Corazón de Jesús, a cuenta de los donantes por suscripción pública para su creación, a cuyo efecto se averiguará dónde se encuentran las listas de estos donantes, y una vez conocidos los gastos que ocasiona esta demolición serán repartidos entre todos ellos». O sea que aquellos que colaboraron para la instalación de la imagen también deberán 'colaborar', ahora obligatoriamente, en su demolición. El teniente de alcalde Enrique Hernández Gambín, perteneciente a la Minoría Federal, afirmaba que dentro de la escultura o en el pedestal, existía una caja de hierro en la que se encontraban las listas de los colaboradores.

En el mismo Pleno -eran tiempos de increíbles y disparatadas decisiones- Hernández Gambín también presentó una moción para que se desmontasen las campanas de «todas las iglesias, conventos ermitas y demás edificios místico-escandalosos, desde los que nos han dado durante tantos años a todos los murcianos esas interminables e insoportables tabarras, que nos hacían pensar en serio en la fuerza de la dinamita». Y añadía: «Y ya que no acordamos antes de desmontarlas, porque somos humanos, y ahorcar con sus cuerdas a los que nos han martirizado y hecho blasfemar durante tantos años, haciéndonos perder la paciencia y los tímpanos, no estaría de más el hacerles saber que, si protestan, se les pudiera cortar un pedacito de orejas, como, generalmente, se hace para distinguirlos con sus congéneres, los del rabito enroscado, o cargarles del cuello los badajos». La moción, pese a tan despampanante razonamiento, fue aprobada, para que las campanas pudieran desempeñar «un gran papel, en la economía nacional y en las industrias militares». Por entonces también se aprobaría cambiar el nombre del Palacio Episcopal por el de Casa del Pueblo; rotular el Camino de la Fuensanta como Avenida Internacional; y el del Calvario, como Avenida Soviética. Llamar al Paseo del Malecón, al Barrio del Carmen y a la Plaza de Camacho, Paseo del General Miaja, Barrio de la Pasionaria y Plaza de Rusia, respectivamente.

Efectivamente, son tiempos pasados, pero la demolición del Monumento al Corazón de Jesús recorrería, antes de su consumación, otros derroteros, ya que, un mes después del acta anterior, el alcalde, Fernando Piñuela, expuso en otro Pleno «las dificultades técnicas con que se ha tropezado para el desmonte del monumento existente en el Castillo de Monteagudo», por lo que, debido a estas dificultades, «estaba en estudio convertir dicho monumento en un símbolo de la libertad». El alcalde se había puesto al habla con un arquitecto, dispuesto a transformar la imagen en una matrona de la República o en una estatua de la Libertad, la cual llevaría una antorcha en la mano».

'Nuestra Lucha' -diario de ideología anarquista, en que se había convertido el católico 'La Verdad'-, que también se había definido como republicano, tras su incautación, publicaba un editorial el 19 de octubre, en el que resaltaba «el pavoroso peligro» que representaba para los vecinos de Monteagudo el derribo de «aquella ingente y ya ex-sagrada mole de cemento armado». Y exponía. «Es de todo punto indudable que la figura de Cristo no puede -por su excesiva capilosidad y por el peligro que encierra en sí cualquier desprendimiento, aunque sea de un solo cabello- ser convertida, sin más ni más, en matrona de la República. En cambio, nada impide que se le pueda añadir más pelo y quedar convertido en una figura cumbre del elemento más históricamente republicano». Lo que quería 'Nuestra Lucha' era que el Cristo de Monteagudo se convirtiera en una representación gigantesca del que fue líder cantonal y republicano Antonete Gálvez.

No debió ser bien acogida esta sugerencia, porque una semana después, el concejal Arce, que no había podido asistir al Pleno en el que se había aprobado la demolición del monumento, afirmó que más que transformarlo había que demolerlo, algo que se podría hacer «con solo instalar un andamio». Aún así, el alcalde le respondió que la demolición obligaría a pagar una gran «cantidad de jornales, ya que habría que deshacerlo a mano, puesto que el empleo de la dinamita supondría un gran peligro para el pueblo de Monteagudo». Insistía en que la escultura sería transformada en un «símbolo de la República, con un león a su lado», con lo que «convertiremos un símbolo de la reacción en otro de la libertad. También -añadía- se va a poner un enorme reloj y un potente foco, del cual el pueblo de Monteagudo está muy necesitado».

Algo no debió convencer excesivamente al alcalde y sus concejales, porque, apenas quince días después de manifestar su entusiasmo por el proyecto de transformación, en el Pleno del 13 de noviembre, se aprobó «no efectuar transformación alguna en el monumento de Monteagudo, que será volado con dinamita, avisando oportunamente a los vecinos de dicho pueblo, para que tomen las debidas precauciones, a fin de evitar que se ocasionen daños». Si algún vecino resultase perjudicado, «sería indemnizado el dueño de la casa perjudicada». También se informaba de que, «en su día, habrá ocasión de erigir en el mismo lugar el monumento que la República merece». En principio, la fecha para la voladura quedó fijada para el domingo, día 22 del mes en curso.

El derribo se efectuaría, sin embargo, dos días después. El alcalde, Fernando Piñuela, en una nota oficial, informaba de este hecho, y advertía a los vecinos para que «tan pronto oigan las detonaciones de los cohetes bombas que se dispararán, desalojen sus viviendas en evitación de perjuicios que no serían imputables a la autoridad y sí al incumplimiento de las órdenes emanas de esta Alcaldía». Definitivamente, a las cuatro y media de la tarde del día 24, se verificó la voladura, tal y como el alcalde informaba a los periodistas pocas horas después. Se habían colocado «barrenos que explotaron, haciendo caer a la figura hacia la parte trasera del pueblo [gracias al empleo de unos tensores], sin causar daños, ni desgracias, debido a que las precauciones que se adoptaron, saliendo de sus viviendas los vecinos hasta que terminó la operación. Esta fue dirigida por el arquitecto municipal y concurrieron el alcalde y otros elementos del municipio». Años más tarde, quizá se pensó que el Cristo de Monteagudo, recurriendo a sabiduría divina, debió recapacitar sobre los pros y los contras de su demolición o transformación, y acató lo aprobado en el Pleno del 11 de septiembre. Eran demasiados cambios los que se proyectaban.

Así acababa la historia de aquella primera imagen del Cristo de Monteagudo. Efectivamente, eran otros tiempos.

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