Dos veces emperador

Samson, ejerciendo de Napoleón  y, arriba, al frente de su imperio. /
Samson, ejerciendo de Napoleón y, arriba, al frente de su imperio.

El abogado Frank Samson, especialista en encarnar a Napoleón en reconstrucciones históricas, dejará el 'cargo' tras el Waterloo de este año. Le quedará su propia micronación

CARLOS BENITO

La tradición siempre ha presentado a Napoleón como una figura habitual en los manicomios: la trayectoria del militar corso que se convierte en monarca de los franceses y señor de Europa parece resultar muy atractiva a quienes desean enfundarse una segunda personalidad. Sin llegar, que se sepa, a extremos patológicos, Frank Samson es la prueba de que Bonaparte también conserva el tirón fuera de los hospitales psiquiátricos: este abogado natural de Orléans, especializado en la defensa de los automovilistas, es algo así como el Napoleón oficial de las reconstrucciones históricas que se celebran en Europa. Este mes volverá a asumir el papel en la gran representación que conmemorará el bicentenario de Waterloo, un 'reenactment' grandioso con 5.000 intérpretes y más de 100.000 espectadores. Y, siempre atento a su modelo, aceptará la derrota en el campo de batalla belga como el inicio de la decadencia: ya ha anunciado que después colgará el bicornio y dejará el puesto a un sucesor. «¡Abdico!», ha dicho.

Samson empezó en esto un poco por casualidad. En realidad, lo que a él le gustaba era coleccionar uniformes: en un corredor de su casona se alinean los maniquíes con atavíos militares del Primer Imperio, reproducidos por un sastre según las puntillosas instrucciones de Samson. El artesano también le había confeccionado un traje de Napoleón a medida, y fue él quien le sugirió ponérselo para participar en un evento que se organizaba en Bretaña. El abogado acudió a la cita, con su imponente atuendo y acompañado por su esposa vestida de Josefina, y a partir de entonces le fueron llamando para las representaciones que se programaban aquí y allá, cada vez con más frecuencia. Desde aquel debut en 2005, Samson ha ido perfeccionando el papel: hablamos de un tipo meticuloso hasta la obsesión, capaz de especificar de memoria cuántos milímetros de bordado debe llevar un uniforme según los decretos de 1812.

Así que, puesto a ser Napoleón, no dejó espacio a las improvisaciones ni a la buena voluntad del espectador. Aprendió a montar a caballo y a bailar danzas francesas de la época. También se puso a estudiar corso, porque, según le gusta recordar, el emperador tenía costumbre de regresar verbalmente al terruño cuando se ponía a jurar, cuando le apretaba la vejiga o cuando cabalgaba. Sus envidiables ingresos como abogado le han permitido dispendios como aquellos 12.000 euros que invirtió en una réplica de la vestimenta de la coronación. Y su perfeccionismo roza la enfermedad cuando acude a las reconstrucciones: se lleva su propio váter de época, se perfuma con la misma colonia que usaba Napoleón -Farina 1709- y va repartiendo entre los soldados antiguas monedas de oro, que ni son antiguas ni son de oro, porque las compra en Hong Kong. Como él es calvo y Bonaparte no, se ve obligado a usar peluca, pero la va modificando para que el porcentaje de cabellos blancos vaya correspondiendo a la evolución del original.

Él ve muy claras sus virtudes como sosias de Napoleón: el hoyuelo en la barbilla, la nariz y la panza redondeada tienen su importancia, pero, sobre todo, se siente orgulloso de su capacidad para imitar el discurso, los modales y los tics del emperador. Se tira de la manga, se golpea la bota con la fusta y explota en esa cólera desbordada a la que era tan propenso el militar corso. En el Waterloo de dentro de quince días, Samson tendrá dos años más que Napoleón en el suyo: esa leve diferencia, según ha declarado a 'La République', constituye una de las mayores penas de su vida, unida a los tres centímetros de estatura que le saca a Bonaparte. «Siempre desearé haber medido 1,69», se lamenta.

Tan legítimo como Mónaco

Samson vive a la vez el presente y la historia de hace doscientos años. Ha combatido en Austerlitz, donde le tocó cabalgar a veintidós grados bajo cero, y ha sido coronado en la basílica de Boulogne. La inminente jubilación viene a ser como su destierro en Santa Elena, con el agravante de que tendrá que ver cómo algún otro ocupa su hueco. Hay dos sucesores destacados: el químico belga Jean-Gérald Larcin, que ya le ha sustituido en algún compromiso, y el estadounidense Mark Schneider, un antiguo soldado que protagoniza reconstrucciones históricas en el Museo de Williamsburg. Del primero, a Samson le agrada la nariz, pero desaprueba que no monte a caballo por un problema de rodilla. Al americano, descrito por todo el mundo como un titán del campo de batalla, lo encuentra demasiado delgado y, sobre todo, demasiado «anglosajón».

El abogado abdica por amor a la fidelidad histórica, temeroso de convertirse en un Napoleón avejentado y ridículo, pero le quedará un consuelo: seguirá al frente de su propia micronación. En 1996, Samson y su esposa proclamaron la independencia de su finca de poco más de una hectárea, con el nombre rimbombante de Imperio de la Basse Chesnaie. «Mónaco no tiene más legitimidad», argumenta el muy tunante. Este «microestado lúdico» cuenta con su propia constitución, su bandera (amarilla, azul y verde, con una efe en honor del emperador Frank-Marc I), su lema («a mayor gloria de sí mismo») e incluso asombrosos hechos de armas como la invasión pacífica de las islas Glénan o una ascensión al Kilimanjaro. «Uno de los grandes objetivos del Estado es divertirse un poco en un mundo donde, globalmente, los hombres solo piensan en matarse entre sí. Si no hay remedios para el nacimiento y la muerte, lo esencial es hacer agradable el intervalo que los separa», explica Samson en la presentación oficial de su imperio. Ni el mismísimo Napoleón ni los locos del manicomio lo habrían dicho mejor.