Cuántas veces en la consulta del especialista las personas que acuden a adelgazar confiesan avergonzadas: '¡Es que me gusta comer!' Como el que confiesa un gran pecado que lleva oculto en lo más interno de su ser; como si el hecho de que le gustara comer fuera el culpable de todas sus desgracias, de sus fracasos; como si fuera consecuencia de una falta de fuerza de voluntad, de una falta de carácter o de algún defecto genético que fuera necesario ocultar.

Y es que comer nos gusta. De igual manera que nos gusta reír, que nos gusta salir, nos gusta experimentar, ver cosas nuevas, evolucionar. En una palabra: nos gusta vivir. La vida no sería posible si no nos gustara comer. Es cierto que el alimento aporta la energía necesaria para nuestra actividad diaria; también es cierto que el alimento nos aporta los nutrientes fundamentales para que todo nuestro sistema metabólico trabaje en equilibrio; pero hay algo cierto que no debemos olvidar y es que el alimento nos aporta algo esencial para la vida, nos aporta placer. Si comer fuera desagradable las propiedades tan importantes que presentan los alimentos y que son indispensables para la vida del ser humano nunca se incorporarían a nuestro organismo: fisiológicamente presentamos una serie de sistemas de regulación ciertamente complejos para estimular nuestro apetito. Factores tan elementales como el color de un alimento, su olor y por supuesto su sabor, hacen que comencemos a comer o que paremos. La hora habitual de comida es también determinante en el inicio de la ingesta. También lo es el número de comensales, el lugar en el que nos encontremos y cuándo fue la última vez que comimos. En la mayoría de los casos nuestro organismo nos dirige a la selección de alimentos específicos. ¿Cuántas veces no podemos más con el primer plato y en cambio cuando nos colocan un buen postre somos capaces de seguir comiendo? Se han saturado los receptores digestivos que detectan el sabor salado y se comienzan a estimular los del dulce. ¡Gracias a Dios que nos gusta comer! Ya se encarga nuestro organismo de que nos guste. Nunca la solución de la obesidad debería estar en perder el placer por la comida. El día que lo perdamos deberemos estar alerta, quizás estemos perdiendo un placer aún más importante: el placer de vivir.

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