'Roma' es una peli de ficción

Rocío y Ana comparten un café en la cocina del piso de acogida en el que viven. / nacho garcía / Agm
Rocío y Ana comparten un café en la cocina del piso de acogida en el que viven. / nacho garcía / Agm

Catorce chicas comparten techo en las viviendas de la entidad mientras buscan un empleo que las saque de la pobreza

Marta Semitiel
MARTA SEMITIEL

A fuego lento, una salsa de tomate para catorce bulle en la cocina, aunque apenas son las once y media de la mañana. En el centro de la estancia reina una mesa de madera maciza, tamaño 'última cena'. En los pisos de acogida para mujeres de la asociación Beto todo se hace a lo grande, «como si fuéramos una gran familia», dice sonriente María Belén García Rodríguez, presidenta de la entidad. En esos fogones aprenden a cocinar las más jóvenes de la casa. Chicas como Rocío Rodríguez, cuyas lentejas están «para chuparse los dedos». Ella es una de las catorce mujeres sin recursos acogidas por Beto. A sus veinte años y con una recién estrenada maternidad, se encuentra casi sin familia y sin trabajo, «sin tener a dónde ir».

Huérfana de padre desde los ocho años y con una madre desaparecida en escena, Rocío estuvo hasta los once «dando tumbos» por las casas de algunos familiares. «Hasta que las asistentas sociales me dieron a elegir si quería quedarme con una tía o quería irme a un centro de acogida y escogí lo segundo». Al salir de allí, con dieciocho recién cumplidos, se enamoró del padre de su hija, «me casé y nos fuimos a vivir a Italia, pero en cuanto me quedé embarazada, me dijo que me volviera a España, porque allí no vivíamos muy bien».

Dos acogidas en el hogar para mujeres vulnerables de la asociación Beto fueron despedidas de sus trabajos como internas en el séptimo mes de sus embarazos

Fue entonces cuando encontró un trabajo como interna en Murcia, en una casa en la que se hacía cargo de un señor mayor y sus dos nietos, «un bebé de cuatro meses y un niño de seis años». En tiempos y geografías muy dispares, la historia de Rocío se parece un poco a la de Cleo, el personaje principal de 'Roma', la película de Alfonso Cuarón que ha ganado dos Globos de Oro y que tiene diez nominaciones a los Oscar. Pero en este caso, la realidad, como en tantos otros, supera con creces a la ficción.

Rocío aceptó el contrato como interna estando embarazada y a sabiendas de que, cuando llegase su octavo mes de gestación, se iría a la calle. Esa fue la única condición que le pusieron sus empleadores para darle el trabajo, «pero luego se portaron muy bien conmigo, porque fueron ellos quienes se informaron, sabiendo que no tenía a dónde ir, y me trajeron aquí», dice agradecida.

La cruda realidad

Algo parecido le pasó a Ana Chávez, una hondureña de veinticinco años que llegó a España con un permiso de turista, «pero en realidad vine a buscar trabajo, porque en mi país hay mucha violencia y mucha pobreza, y yo tenía que huir de eso». En el momento de su partida, atrás dejaba a un hijo de poco más de dos años y a su pareja, sin saber que ya en su vientre crecía la niña que tiene ahora entre sus brazos.

Al poco tiempo de llegar a la Región, Ana empezó a trabajar como interna al cuidado de una señora, «pero en cuanto sus hijos supieron que estaba embarazada, me dijeron que no podía seguir allí y me pusieron como excusa que no me podían hacer un contrato porque no tenía papeles, aunque hasta ese momento no les había importado. ¡Incluso me decían que me regresara a Honduras!». Fue entonces cuando Ana empezó a buscarse la vida en los hospitales de Murcia, «cuidando a personas por horas y también limpiando», hasta que le salió otro empleo como interna, al servicio de una señora de 99 años. Con ella estuvo hasta que alcanzó los siete meses de embarazo, «y entonces su hija se movió mucho para dar con esta asociación y me trajo aquí».

Las jóvenes dicen que «en los pisos de acogida hay más españolas de lo que parece»

Las pequeñas Amira y Abby Sofía tienen genes muy distintos, pero han nacido bajo el mismo techo, como hermanas. Aunque sus madres quieren mantener el contacto en un futuro, es probable que las niñas no lleguen a jugar juntas en los parques de Beniaján, donde se ubica el hogar de acogida de Beto, porque la vida ya les ha demostrado que da más de mil vueltas. De momento, a ambas les quedan por delante todavía un par de meses de convivencia.

Aprender a ser mayor

En los pisos de Beto, subvencionados en parte por la Consejería de Familia, hay mujeres de todo tipo: inmigrantes como Ana, víctimas de violencia machista, españolas en situación de vulnerabilidad como Rocío e incluso reclusas que pasan allí sus permisos penitenciarios. Las acogidas se contemplan para un periodo de seis meses, «hasta que logramos encontrarles un trabajo con el que puedan salir adelante», explica Belén García. Aunque, si en ese periodo no han conseguido mejorar su situación, su estancia se puede prorrogar hasta seis meses más. «Además, nosotros seguimos en contacto con ellas una vez que dejan el piso. Todas saben que pueden acudir a Beto para cualquier cosa que necesiten. Aquí nunca dejaremos de ayudarlas», apostilla la presidenta.

Volver a emigrar en busca del sueño americano

El hermano mayor de la pequeña Abby Sofía tiene tres años y vive con su padre en Estados Unidos. Padre e hijo no conocen todavía a la bebé «morenita», una cualidad que, orgullosa, Ana siempre destaca de su pequeña. Mientras ella emigró hacia España, ellos lo hicieron persiguiendo el sueño americano. Ana reconoce que los echa mucho de menos y que le encantaría estar con ellos, pero no sabe si algún día lo conseguirá, porque emigrar sin papeles a Estados Unidos es toda una aventura. «Tendría que regresarme primero a Honduras con mi hija para contactar con alguna de las bandas que pasan inmigrantes a Estados Unidos», dice la veinteañera como si el asunto fuera ir a comprar el pan a la vuelta de la esquina. Lejos de ser una idea descabellada, ella se la plantea seriamente porque en España no tiene familia: «Aquí estoy completamente sola y, si no encuentro trabajo de interna en alguna casa donde mi hija pueda crecer sin ser un estorbo, pues me tendré que ir. Si yo no veo que mi hija esté bien aquí, tendré que emigrar de nuevo».

-¿No es una opción que ellos vengan a España con vosotras?

-No, porque aquí ya no hay trabajo para los hombres. Todos juntos aquí viviríamos peor.

En estos momentos, la mayoría de las acogidas son chicas jóvenes, de entre 18 y veintipocos. Como Rocío, algunas han pasado sus infancias en centros de menores. «El principal problema que nos encontramos con ellas es que no han adquirido habilidades tan básicas como, por ejemplo, hacer una tortilla. Por eso nuestra labor principal es enseñarlas a limpiar, a cocinar... Puede parecer una tontería, pero algunas ni siquera saben cascar un huevo».

La presidenta de la ONG anima «a todo el que quiera colaborar» a contactar con ella

Además de ser un hogar, Beto también es un centro de formación. Allí tienen activos un curso de peluquería y otro de auxiliar de oficina, «pero la verdad es que las ayudamos a todas a encontrar, tanto a nivel laboral como en actividades de ocio, lo que a ellas les gusta». Después de veinte años dedicándose a ayudar a mujeres vulnerables, una labor que aprendió de su madre, María Belén ya no sabría vivir sin ondear su solidaridad como bandera. Por eso invita a ponerse en contacto con ella a todo aquel que quiera colaborar con su lucha y, así, «hacer del mundo un lugar mejor».

Una de las jóvenes residentes pudo escapar «por los pelos» de la prostitución

Tiene los ojos vivos y las ideas meridianas, por eso no quiere decir su nombre real, para evitar que sus familiares sepan que vive en el hogar de acogida de Beto, «porque siempre que saben dónde estoy, al final lo acaban complicando todo». Complicarlo todo significa maltratarla o «colocarla» en un prostíbulo. El origen de su historia se remonta a su infancia, cuando, «por un problema temporal, mi madre me dejó en casa de mi tía cuando yo tenía ocho años. Pero lo que iba a ser para unos meses, se alargó porque mi madre se puso enferma». Hace una pausa, traga saliva y, con la mirada húmeda, dice: «Y al final no pudo volver a por mí. Murió cuando yo tenía catorce años».

Ahora tiene 20, pero no ha olvidado el calvario que le hizo pasar su tía materna: «Me pegaba, me dejaba días enteros sin comer, no quería que estudiase...». Poco antes de cumplir los dieciocho, se marchó. «Estuve una semana durmiendo en la calle, luego me fui un mes con mi hermano, luego estuve con mi abuela, luego viví con la familia del marido de una tía y ya al final con una prima». En casi todos aquellos hogares encontró rechazo y un ambiente hostil. Resume muchísimo su historia para ir al grano: «Al final, fueron mi prima y mi tía las que me mandaron a trabajar a un bar de camarera. Allí tenía que pasar droga y me querían prostituir. Me escapé por los pelos, porque fui lista y me largué sin avisar».

Así fue como llegó a Beto. Ahora cursa segundo de bachillerato y trabaja para ahorrar, «para poder independizarme en un piso de estudiantes». Quiere ser trabajadora social, probablemente para que ningún niño tenga que vivir una experiencia parecida a la suya.

Al igual que Ana y Rocío, también ella se siente muy agradecida con la asociación, «porque si no fuera por ellos, estaríamos en la calle. La gente se piensa que estos lugares de acogida son solo para mujeres inmigrantes o con problemas, pero no. Somos muchas las españolas que necesitamos estar un tiempo aquí. Cuando cuentas que vives en un hogar de acogida, la gente se sorprende. No se imaginan que chicas como nosotras tengan que estar aquí».