Mi primer año como musulmán

Adolfo Ortega, trabajador de Renfe en Murcia, experimenta el ayuno del Ramadán por primera vez a los 54 tras abrazar la doctrina del Corán en un viaje a Marruecos el pasado mes de octubre

Adolfo Ortega, en el interior de la Comunidad Islámica Assalam de Murcia. / Guillermo Carrión / AGM
Rubén García Bastida
RUBÉN GARCÍA BASTIDA

Los musulmanes aprenden a hacer el ayuno del Ramadán desde niños, pero Adolfo Ortega, un trabajador de Renfe en Murcia, ha tenido que asimilarlo de golpe. Es habitual que los fieles del islam inculquen a sus hijos la importancia de este sacrificio en el «mes sagrado» alentándoles a dejar de comer y beber desde edades muy tempranas. Al principio es solo un juego de unas pocas horas. Luego el lapso de tiempo se va extendiendo hasta alcanzar jornadas enteras. De este modo, «cuando llegan a la pubertad, momento en el que el ayuno se vuelve obligatorio en el Ramadán, se encuentran plenamente preparados», señala Redouan Hajji, uno de los responsables de la Comunidad Islámica Assalam de Murcia, la mezquita más antigua de la ciudad.

A sus 54 años, Adolfo está viviendo su primer Ramadán tras convertirse al islam durante un viaje a Marruecos el pasado mes de octubre, cuando atravesaba una «época muy difícil» de su vida. Nos recibe en esta mezquita sobre las ocho de la tarde, en pleno corazón del barrio del Carmen. «Estaba prácticamente muerto cuando me convertí», recuerda. «Ahora me siento feliz. He vuelto a nacer».

Haberse criado en el seno de una familia católica y tradicional no ha impedido que Adolfo tenga la sensación de haber sido musulmán «toda la vida». «El ayuno no me está costando nada», asegura. «Ni me mareo, ni tengo necesidad de comida ni nada... Y sigo trabajando. Ahora mismo no tengo hambre y llevo todo el día sin comer».

El Ramadán es uno de los cinco pilares del islam. Durante su vigencia no se pueden ingerir alimentos ni bebida desde el alba hasta la puesta del sol. Tampoco está permitido fumar ni mantener relaciones sexuales. En Murcia lo celebran desde el pasado 16 de mayo casi 100.000 musulmanes, y su duración es de 29 a 30 días, según el calendario lunar.

«Estaba prácticamente muerto antes de convertirme al islam»

Mohamed Karim, fiel de la Comunidad Islámica Assalam, explica que este mes es «el más sagrado para los musulmanes». Se trata de un tiempo «en el que intentas acercarte más a Dios, corregir tu conducta y ser puro. Tenemos que revisar lo que hemos hecho y lo que tenemos que hacer en el futuro. Es momento para amar, perdonar e intentar hacerlo mejor».

A la mezquita dos veces al día

Adolfo, de padre vasco y madre murciana, nació en Madrid pero se crió en la localidad vizcaína de Santurce, desde donde se desplazó en su adolescencia a Murcia. A los 18 años comenzó a trabajar y tuvo que desplazarse a Ciudad Real. De ahí, a Teruel, Barcelona, Madrid y, finalmente, Murcia de nuevo, donde reside actualmente. «Empecé a conocer a gente que me transmitió el islam, y poco a poco fue entrando en mi corazón», asevera.

Ahora acude dos veces al día a la mezquita. Un paseo por las calles aledañas poco antes de que se vaya el sol basta para apreciar el aumento de actividad en las carnicerías musulmanas. «Lo que más se vende ahora son las tortas de sémola y los dulces típicos como las 'chebakias'», señala Ossmane Hajji, que trabaja en una carnicería frente a la estación de tren. También se vende «carne de todo tipo», entre otras cosas para elaborar la tradicional sopa harira, uno de los platos más habituales del Ramadán. Adolfo paladea ahora estos sabores que le eran desconocidos hace tan solo cuatro años. Durante toda su vida fue católico. «No practicante», remarca.

Desconfianza en su entorno

Su repentina conversión religiosa le ha costado recelos tanto en el entorno laboral como en el familiar. «Yo estaba muy equivocado con el islam. Un musulmán es una persona muy pacífica y paciente, que ama a todo el mundo, que respeta todas las religiones». Adolfo lamenta que la gente «identifique a los musulmanes con terroristas» mientras que «un buen musulmán no es capaz de matar ni a una mosca». «A veces discuto con mis compañeros de trabajo. Les digo: 'Leed el Corán', pero no me quieren escuchar», señala.

En su familia, la reacción tampoco fue positiva, especialmente al principio. «Se lo tomaron un poco mal porque son muy católicos y tradicionales, pero mi vida es mía. Yo voy a seguir una vía recta por el islam, y lo que ellos opinen o digan es su problema».

Ni siquiera el idioma ha supuesto un obstáculo para la fe de este converso. El imán de la mezquita del barrio del Carmen, Abdesalem Benzineb, imparte culto en esta mezquita desde hace apenas tres años y no habla castellano. Un hecho que no ha disuadido a Adolfo de acudir periódicamente al lugar para rendir culto a Alá. «Tengo a mis hermanos que me lo traducen», asegura. Aún más complicado le va a ser ir a La Meca: «Quiero ir pero, de momento, yo solo no podría. Necesitaría que alguien me acompañe», señala.

La última renuncia

Sin embargo, de todos los sacrificios que impone el Ramadán, el único con el que Adolfo no ha podido, es uno de los más mundanos: «El tabaco es lo que peor llevo», confiesa. «Aún fumo, pero voy a dejarlo con la ayuda de Dios».

A las nueve de la noche, el olor del té y la hierbabuena empieza a tomar la mezquita. Por la puerta abierta se cuelan las proclamas de «muro no» de los vecinos de las vías, que cada noche protestan cerca de allí contra las obras del AVE. Mientras, un torrente de fieles va llenando la sala para el rezo que a las nueve y cuarto dará fin al ayuno. Al fondo, unas quince mesas con bebidas, tortas de sémola y huevos duros esperan su momento. En una olla grande aguarda la sopa con la que hacen su mejor mes las carnicerías del barrio.

Tras dejar sus zapatos en la entrada y lavarse con agua, los fieles se van situando en fila sobre la alfombra roja. El imán comienza el llamamiento. Hay un par de niños. Uno de ellos va vestido de Cristiano Ronaldo. Cuando llega el rezo todos se inclinan a la vez. Los cuerpos dibujan un movimiento mecánico y acompasado en la coreografía tantas veces repetida. La mezquita parece entonces una sola cosa. Solo una persona reza en español.

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