El primer hogar de una nueva vida

Alicia, la hija de Rebeca, sube una de las escaleras del centro. / JAVIER CARRIÓN / AGM
Alicia, la hija de Rebeca, sube una de las escaleras del centro. / JAVIER CARRIÓN / AGM

El centro de emergencia para víctimas de violencia de género de la Comunidad atiende desde principios de año a 52 mujeres y casi 30 niños; «No sabía lo que era maquillarme», sonríe Rebeca, que llegó hace tres semanas con su hija. A muchas solo les da tiempo a salir de su casa con una bata y unas zapatillas, así que lo primero que hay que hacer es pasar por el ropero

Daniel Vidal
DANIEL VIDAL

El plato estrella es la paella, pero el guiso de patatas y aletría del catering de hoy también tiene buena pinta. La fiesta en la cocina llega, sin embargo, cuando los niños descubren que el menú también incluye empanadillas. Y los únicos gritos que se escuchan son los que provoca el jolgorio que despliegan unos pequeños con cierto gusanillo en la tripa ante la mirada despreocupada de sus madres. Cerca de las dos de la tarde, el hambre empieza a dejar paso al calor en un inmueble donde los azulejos de los pasillos sirven para colgar mensajes que han sido dibujados, recortados y coloreados a mano. Uno de ellos destaca sobre los demás a la entrada del edificio: «Incluso la noche más oscura termina con la salida del sol». Es precisamente en 'la casa' -como se conoce aquí al centro de emergencia para víctimas de violencia de género de la Comunidad Autónoma-, donde muchas mujeres comienzan a atisbar los primeros rayos de luz al final de un largo y lúgubre túnel de malos tratos.

Hasta aquí llegan las víctimas que tienen que salir de su vivienda con urgencia ante el riesgo extremo de sufrir nuevas agresiones. En lo que va de año, el centro ha atendido a 52 mujeres y casi 30 menores de edad. De todos los puntos de la Región de Murcia y de diferentes nacionalidades, con una estancia de entre 15 y 30 días, aunque algunos casos excepcionales han llegado a superar el mes. De aquí, las víctimas pasan a una de las seis casas de acogida de la Comunidad. Son mujeres que llegan «muy cansadas, porque vienen de procesos de denuncia muy largos, después de muchas horas en el hospital haciendo un parte de lesiones. Agotadas física y psicológicamente, y muchas de ellas también convalecientes como consecuencia de la agresión», relata Carmen Máiquez, trabajadora social y directora del centro. Mujeres que llegan repletas de golpes pero también «de incertidumbre, de miedo, porque no saben lo que pasará con su vida. Lo han dejado todo. Su casa, su familia, sus recuerdos. Y las han sacado de casa con lo puesto».

Ya en 'la casa', y más allá del abordaje psicológico y de las terapias con las trabajadoras sociales, la primera medida que hay que tomar en muchas ocasiones no es otra que la de los hombros y las caderas. Preguntar por la talla de zapatos, pantalones y camisas. Porque las mujeres que llegan aquí en mitad de la noche, tras viajar decenas de kilómetros en la parte trasera de un coche de Policía, no llegan con más equipaje que una simple bata encima y unas zapatillas de andar por casa. Para eso sirve el ropero que la dirección del centro ha ido alimentando en los años que lleva abierto. Sujetadores, pijamas, pantalones y faldas, ropa de invierno y de verano y un sinfín de camisetas para niños de diferentes edades. A elegir.

Aquí encuentran la asistencia social, psicológica y jurídica que necesitan, y a veces también hacen buñuelos

Tras asignar una habitación (el centro cuenta con una capacidad actual de 40 plazas), nada de atosigar con más preguntas. Ya han recibido suficiente bombardeo en el centro sanitario, en el juzgado, por parte de varios agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado... Solo un «¿cómo te encuentras?». Y un «¿qué necesitas?». Lo primero es comer, «porque llevan muchas horas sin comer», y dormir, «porque llevan muchas horas sin dormir». La directora del centro reconoce que cada caso, cada mujer, «es un mundo», pero subraya las dosis extra de valentía que demuestran quienes deciden dar el paso de recalar en este océano de tranquilidad, donde solo se oyen las risas de los niños trasteando con los juguetes y el trinar de los pájaros en el exterior. Según Máiquez, «aquí no ingresan todas las mujeres que salen de su casa. Hay algunas que se van a casa de un familiar, o se van a un hotel, o cogen el coche y se van a la otra punta de España. Porque tienen medios para poder hacerlo. Las que vienen aquí no tienen esos recursos, y lo dejan absolutamente todo atrás. Aquí no cabe una mudanza, y tampoco pueden meter esa televisión que tanto esfuerzo les costó comprar».

La tristeza y el colorete

Rebeca (nombre ficticio), menuda y morena, es una de las seis mujeres que actualmente viven en este refugio. Dejó de estudiar poco después de cumplir diez años, y se ha pasado los últimos quince trabajando en todo aquello que saliera para «no pisar» por esa casa de la que tuvo que huir a la carrera para lograr sobrevivir. Hoy luce un rostro radiante gracias a las tres semanas de terapia y convivencia en el centro. Y también, no se engaña, por una sesión de maquillaje que le ha proporcionado aún más brillo a su cara: «No sabía lo que era pintarme, ni peinarme. Cuando me vi en el espejo, flipé. ¡Si parecía que iba a una boda!, describe con una gran sonrisa. «Me costaba trabajo sonreír». Se lamenta por ello, pero a la vez celebra su nueva habilidad. Es un torrente de sensaciones Rebeca, que se reconoce «altibajos» y cree que seguirá necesitando «ayuda» cuando salga de este refugio. Pero también reclama «más maquillaje» en el centro. «No digo que haya que montar aquí un salón de belleza. Pero oye, que no es cuestión de verse siempre con las ojeras, verte fea. Bueno, feas no somos. Pero hay tristeza», define. «Con un lápiz de ojos y un colorete yo creo que cambian algunas cosas».

Se confiesa un poco «cansada» Rebeca de «tanto pintar» las cartulinas dispuestas en las mesas del taller, lo que aquí llaman «el cole». Es en esta salita donde también se encuentra la pequeña biblioteca del centro y donde los menores de edad que salen de sus casas también reciben las clases de apoyo extraescolar, que imparte una profesora enviada expresamente por la Consejería de Educación «para que no pierdan el ritmo», explica la directora.

El ropero del centro, por donde pasan las mujeres que llegan a 'la casa' sin vestuario alguno.
El ropero del centro, por donde pasan las mujeres que llegan a 'la casa' sin vestuario alguno. / Javier Carrión / AGM

Rebeca, que se levanta todos los días a las siete de la mañana y se declara «hiperactiva», pide también «más gimnasio y más actividades al aire libre para quitarnos todo el peso que llevamos encima». Que no es poco. Rebeca no entra en los detalles de su pesadilla, y tampoco se los pedimos. Pero se estremece cuando pasa por ellos de puntillas. «Se me ponen los pelos de punta». Aquí reciben la asistencia social, psicológica y jurídica que requieren, aunque a veces no es suficiente para salir del pozo. Y eso que, «si lo pedimos, nos hacen hasta buñuelos», sonríe. En sentido literal.

En cierta medida, Rebeca tiene suficientes galones para exigir lo que sea necesario para mejorar la vida de las mujeres que encuentran en esta casa, financiada con recursos públicos, el primer hogar de su nueva vida. Dentro de lo que cabe, ella es una auténtica 'veterana de guerra'. Es la segunda vez que se ve obligada a tocar el timbre de esta vivienda. La primera fue hace seis años, huyendo del mismo maltratador. Se culpa por haberlo perdonado. En esta ocasión, como la anterior, llegó a 'la casa' como el resto de sus compañeras. «Hecha polvo, muy desanimada».

«La vida es bonica, no es tristeza; ahora quiero encontrar un buen trabajo y ayudar a otras mujeres», planea Rebeca

Rebeca salió del infierno gracias a su hija, con quien comparte días y noches en el centro. «Fue ella la que me abrió los ojos, la que me hizo ver que me había dejado atrás a mí misma, pero a ella también. Cuando empezaron los insultos, se fue de casa. Se fue antes que yo. Ahí me abrió los ojos mi hija, que es lo más grande que tengo». También tiene palabras de agradecimiento para el personal de 'la casa', que le ha aportado «una tranquilidad muy grande». Admite Rebeca que el centro «es seguro. Hay guardias en la entrada [pertenecientes al Cuerpo de Seguridad de la Comunidad]. Aquí estás protegida». Y prácticamente desaparecida del mapa. Porque, salvo las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los responsables de la Administración competentes en la materia, nadie sabe dónde está 'la casa', que se oculta entre decenas de copas de árboles y que nunca antes había abierto sus puertas a un medio de comunicación.

Ubicación secreta

Su ubicación, así como cualquier dato relacionado con las víctimas, son secretos celosamente guardados con el objetivo único de proteger a las mujeres que aquí tratan de poner tierra de por medio con sus agresores. Por eso, la directora del centro pide al periodista que sitúe 'la casa' en un lugar tan indefinido como «el municipio de Murcia». La confidencialidad se lleva en este centro a rajatabla, y ese también es el motivo por el que las mujeres que aquí residen no pueden salir a la calle si no es para acudir al médico o al juzgado, y con todo justificado por escrito y por adelantado. «Y, si hay que comprar tabaco o cualquier artículo que necesiten, las acompañamos», explica la directora. «Nunca ha venido un maltratador a la puerta a buscar nada. Y que siga así durante mucho tiempo», celebra.

El principal inconveniente de no tener libertad total para salir a la calle es que a muchas «se les cae el techo encima», reconoce Carmen Máiquez. «Por eso intentamos que pasen el menor tiempo posible dentro de la habitación y que tengan la mente ocupada». Muchas aprovechan para estudiar y empezar con alguna titulación; otras se ponen manos a la obra «con el carné de conducir». Del amplio catálogo de actividades disponibles, la preferida de Rebeca es la jardinería. Bien de sol y de aire libre. Ella está encantada con sus plantas. «Les cuento mis cosas», vuelve a reírse. Bienvenida sea cualquier tarea al exterior que les permita «respirar».

Víctimas y educadoras participan en el taller de decoración de jardinería.
Víctimas y educadoras participan en el taller de decoración de jardinería. / Javier Carrión / AGM

Ahora, en verano, se inaugura la piscina. Que se convierte, de largo, en el plan más celebrado de cada jornada en 'la casa' durante los meses de la canícula. «También haría falta algo más de sombra en el jardín», debaten responsables del centro y usuarias. «Aquí no decidimos por ellas. Queremos que sean ellas las que empiecen a tomar las riendas de su propia vida», explica Máiquez. Rebeca, por su parte, recoge el guante y se muestra ansiosa por salir ya a la calle, al nuevo piso de acogida asignado en su nuevo itinerario de vida, y hacer algo tan sencillo como «pasear con mi hija. Disfrutar de ella y darle ánimos para que estudie lo que quiera». ¿Y después?

«Encontrar un buen trabajo» y «ayudar a otras mujeres», se ofrece. Como su hija le ayudó a ella. «Ahora estoy feliz y puedo hacerlo, porque para ayudar a otras personas primero te tienes que querer y ayudar a ti misma», reflexiona. Y, si pudiera decirle algo a una mujer que estuviera en la situación en la que ella se encontró un día, esta nueva Rebeca lo tiene claro: «Que no se lo piense, que dé el paso. La vida es bonica, no es tristeza», resume.

Tres nuevas auxiliares educativas refuerzan la plantilla del centro a partir de este mes

La plantilla del centro de emergencia para víctimas de violencia de género de la Comunidad se ve reforzada desde este mismo mes con tres nuevas auxiliares educativas, en virtud de lo dispuesto en el Pacto contra la Violencia de Género. En horario de tardes y fines de semana, su función consiste en preparar el ingreso de las mujeres derivadas del 112, acoger a las víctimas y organizar talleres y actividades para las mujeres y sus hijos. La consejera de Familia, Adela Martínez-Cachá, explicó que su departamento ha incrementado el presupuesto del centro en 232.000 euros respecto al año pasado.

«El objetivo es atenderles con todas las garantías y los recursos disponibles», señaló. «Las víctimas y los menores expuestos a este tipo de violencia son una prioridad absoluta para el Gobierno regional. Debemos avanzar en la educación y en la sensibilización para llegar a una sociedad con violencia cero», destacó Martínez-Cachá. El centro de emergencia cuenta con una plantilla actual de diez personas (incluidas las tres nuevas auxiliares educativas), y contará con una inversión de casi un millón de euros hasta 2021.