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Ángel González: un año sin pulso y sin aliento
El doce de enero de 2008 fue un día triste para las letras españolas, pues murió en Madrid el poeta asturiano Ángel González. Desde ese día se le puede aplicar el primer verso de uno de sus mejores poemas amorosos, donde expresa su estado de vacío por la ausencia de la amada:
Me he quedado sin pulso y sin aliento
Enmarcado en la generación de los 50, junto con Gil de Biedma, Claudio Rodríguez o Francisco Brines, su obra es intensa, aunque no demasiado extensa. Se encuentra reunida en un volumen que él quiso titular Palabra sobre palabra, aunque hace unos meses, póstumamente, se han publicado unos cuantos poemas breves reunidos bajo el título de Nada grave.
La obra de Ángel González no está escrita para una minoría selecta y reducida; antes al contrario, él quiere huir de esa consideración de poeta como un ser que pertenece a una realidad superior y confiesa que prefiere, en lugar de «inspiración, hablar de «ocurrencia», una palabra que «además de ser inofensiva, es desacralizadora, desmitificadora, deja el quehacer poético dentro de los límites naturales del hombre».
Y es que la finalidad de Ángel González con su poesía es llegar al hombre, reflejando sus inquietudes y problemas, pues él descubre a través de los versos su estado de hombre desesperanzado más que desesperado, que no cree en nada, pero que a pesar de todo quiere exprimir la vida, sacarle todo su jugo a través del goce del amor, de la amistad, de la poesía.
Toda su obra está contaminada por su devenir vital, marcado desde niño por un sentimiento de fracaso y derrota, provocado en gran parte por los avatares de la guerra.
Nacido en 1925 en el seno de una familia numerosa, en muy pocos años se queda en su casa solo con su madre, María Muñiz, y su hermana, pues su padre muere cuando él tenía 18 meses, su hermano mayor es fusilado a poco de comenzar la guerra, su otro hermano tuvo que exiliarse y, para aumentar esa sensación de desvalimiento, su hermana, maestra, fue represaliada y no pudo ejercer durante algún tiempo.
Ese sentimiento de amargura ante la sociedad, ante el mundo y ante la vida, se trasluce ya en el título de su primer libro, Áspero Mundo (1956) y en su primer poema en el que se define como «el éxito de todos los fracasos» o en su poema Cumpleaños en el que se ve a sí mismo como «burdo / jirón de mí, deshilachado / y roto por los puños».
A pesar de esos sentimientos de derrota, su poesía no nos deja un sabor amargo, pues lleva la envoltura de la ironía, un arma que, según él, es «una manifestación de pudor que me permite tratar determinados asuntos dolorosos sin dramatizarlos, distanciarme de ellos».
El poeta asturiano se remira y, como indica el título de su obra completa, construye sus poemas palabra sobre palabra, procurando que, una vez seleccionada y escogida dentro del caudal léxico del español, se coloque en el lugar justo, en el verso preciso. En uno de sus poemas se define como «espía de palabras», pues investiga y sabe sacar el máximo jugo a las palabras, sin olvidar su afición al juego de palabras, a los dobles sentidos, a la deformación irónica de refranes, canciones o frases hechas. Un ejemplo viene a ser este juego con el conocido refrán:
Deja para mañana lo que podrías haber hecho hoy
(y comenzaste ayer sin saber cómo)
En otras ocasiones esas travesuras tienen como base frases o episodios de carácter religioso, siempre con la intención de desmitificar o, a veces, ridiculizar, pues uno de los rasgos de la personalidad del poeta es su increencia. En estos versos retuerce jocosamente una de las bienaventuranzas evangélicas:
Malaventurados los que aman
porque de ellos será el reino de los celos.
Junto a esa ironía y la búsqueda incesante de la palabra justa, su obra también se caracteriza por su conciencia crítica de la realidad que lo circunda, por su resignación, su temporalismo, su tono en ocasiones narrativo y por otros rasgos que la configuran como una obra que merece ser conocida y reconocida aún más de lo que lo es actualmente.
Es una poesía para ser saboreada con fruición no sólo por los especialistas, sino por cualquier alma sensible que, sin duda, no quedará indiferente ante versos como:
Inesperadas ráfagas de lluvia
lavaban los colores de la tarde
El mar mordía los acantilados
con sus dientes de espuma verde y blanca.
Sale la luna y sigue siendo el día.
La luz que era de oro ahora es de plata.
Ojalá que este primer aniversario de su muerte sea una buena excusa para que los que no la conozcan se acerquen a la obra del poeta asturiano y los que la conocemos la difundamos y profundicemos en ella, porque seguramente sentiremos lo que Saramago confiesa tras la muerte de Ángel González:
«Ha sido un poeta al que yo leía con mucha frecuencia porque en muchos casos sentía que me quitaba las telarañas de los ojos».

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