Una sonrisa para empezar (2-1)

El Murcia se estrena en Primera con un triunfo ante el Zaragoza gracias a Pablo García y a los goles de Mejía y Baiano

CÉSAR GARCÍA GRANEROMURCIA
ATAQUE DEMOLEDOR. Goitom, que acababa de entrar, felicita a Baiano tras el segundo gol del Murcia ante           el Zaragoza. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM/
ATAQUE DEMOLEDOR. Goitom, que acababa de entrar, felicita a Baiano tras el segundo gol del Murcia ante el Zaragoza. / GUILLERMO CARRIÓN / AGM

Este Murcia va a ganar más partidos de lo que aparenta. No le sobran méritos para ganar, pero sí para no perder. Ante el Zaragoza mostró su fútbol sin arabescos, con todas sus virtudes agavilladas del medio campo hacia atrás y siempre a la espera de un poco de locura, de desgobierno, de una pizca de desmadre que sorprenda a la grada y al rival. A veces no llegará, pero anoche sí llegó y lo hizo de donde menos se esperaba. Fue Baiano, aún pesaroso y con movilidad de tráiler, quien culminó una jugada de Pablo García y abrió la puerta a un final jubiloso, como nadie esperaba en una mala noche de lluvia tenue al principio y menos canija al final.

El Murcia desarboló anoche al Zaragoza de Aimar, Oliveira y Milito en un arreón final de media hora auspiciado por un Pablo García que se arrimó a todas partes, un Goitom que le buscó las cosquillas al rival y una defensa de cemento y acero que no dio lugar a sobresaltos y acabó por fundir el ataque del Zaragoza.

Y todo eso a la espera de un organizador que no le condene a la pura y cerebral estrategia. Sea Movilla o cualquier otro, el Murcia necesita un hombre que encienda la luz en el centro y la lleve a las bandas, que no condene a Regueiro y De Lucas al anonimato.

Mientras aterriza, Pablo García asume el rol y lo hace con cierta desfachatez. Fue el mejor jugador del Murcia en una noche en la que el Murcia lo necesitaba más para atacar que para defender. Suyo fue el lanzamiento de falta que propició el primer gol del partido. Un disparo envenenado que Mejía tocó con más timidez que arrojo, despistó a César y sirvió para adelantar al Murcia y darle el temple que echaba en falta.

Y es que el Murcia, con Curro Torres en lugar de Pignol, se vio de repente en Primera, ante 22.000 personas y con la presión de jugar ante uno de los equipos más y mejor armados y que a punto estuvo de decidir la Liga la temporada pasada.

Sin capacidad para manejar el balón, optó por la mejor solución para disfrazar su debilidad: dárselo al rival. El Zaragoza, que no fue nada sin el balón, sí se dejó notar con la pelota en sus pies. Al menos, mientras Oliveira se veía con fuerzas.

El empate fue un invento del brasileño. Curro Torres le dejó medio metro y el ex delantero del Milan y Betis conectó una rosca colosal desde fuera del área.

El partido entró entonces en su parte más fea y cenagosa, con el Murcia pendiente de defender y el Zaragoza de no atacar. Eran los de Víctor Fernández quienes tocaban hasta la extenuación, buscando espacios que no existían porque si el Murcia sabe hacer algo es defender. En eso roza la perfección. No hay por donde meterle mano, por donde hincarle el diente. El Zaragoza tocó y tocó hasta el hartazgo, pero raras veces inquietó a Notario.

El Murcia se sintió a sus anchas entonces y le bastó con atar en corto a Oliveira y encomendarse a la suerte en alguna jugada de estrategia. Sabía que le iba a costar marcar, pero también que iba a alcanzar el final del primer tiempo de forma apacible, con el corazón en su sitio y sin sobresaltos.

En realidad la primera parte duró sesenta minutos, porque el inicio del segundo no fue sino una prolongación del final del primero. Un pequeño susto en un cabezazo de Sergio García y poco más. Había llegado el momento de Pablo García. No es un primor con el balón en los pies, pero es el único con capacidad de estar en varios sitios al mismo tiempo. Igual frenaba al Zaragoza en el centro del campo que buscaba por dónde hincarle el diente en la zona de peligro un segundo después. El segundo gol sirvió para desatascar al Murcia en un acto de fe y tesón. Se llevó el balón y se lo cedió a Baiano para que el brasileño empezara a rentabilizar lo que ha costado.

Le dio así la razón a Alcaraz, que no quiso sentarlo cuando llegó la hora de sacar a Goitom sólo unos minutos antes. Cuando todos los dedos apuntaban al fichaje más caro de la historia del Murcia, fue Iván Alonso el que se quedó fuera. Con el gol llegó la locura. El Murcia se desmelenó y jugó una media hora que le sirvió, no sólo para los tres puntos de anoche, sino para pensar en otros muchos a partir de ahora.

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