«Lo que pinto tiene que ser algo que me guste y emocione»

Expone 'Nostalgia del agua', sobre los trozos de acequias que sobreviven en la huerta

P. S.MURCIA
MURCIANO. Jesús Silvente, ante una de sus obras expuestas en el barrio de San Pedro. / P. S./
MURCIANO. Jesús Silvente, ante una de sus obras expuestas en el barrio de San Pedro. / P. S.

La discreción que observa en cualquier círculo de amigos, se convierte en una torrentera de comunicación, cuando de pintura se trata. Y más, si se le pregunta por su propia obra. Jesús Silvente expone su Nostalgia del Agua en la coqueta sala que Cuadros López ha instalado en su nuevo local de la Calle San Pedro. Es una serie, constante, como no queriendo perderse ni un superviviente trozo, ni un resquicio, de las antiguas acequias, que antaño, en plena huerta, dejaban oir los rumores del agua. Silvente, autor de unos deliciosos bodegones, que incitan al tacto, y de auténticos y vivos retratos, ahora se adentra por los recovecos de la huerta, con el mismo fervor con que, no hace mucho recorrió los secarrales de Fortuna, Abanilla, Albudeite o el Campo de Cartagena, al encuentro de otro tipo de sensaciones, pero siempre experimentadas a lo largo de su vida.

-¿A qué obedece ese entusiasmo por el agua?

-Es que el tema del agua es algo que yo he vivido y marcó mi infancia. Recuerdo cuando visité el Generalife el rumor que desprendía el agua. Es algo maravilloso. Pues en la huerta de Murcia era igual. Uno se iba moviendo por la huerta y, en cualquier sitio, encontraba las acequias y los brazales, y por donde te movieras llegabas a sentir ese rumor del agua. Esto era entonces un paraíso, que ahora se ha convertido en un paraíso perdido. Ahora las acequias están todas entubadas, han desaparecido, porque las han entubado para dar paso a una carretera. Son como alcantarillas. Recuerdo cuando iba a regar con mi padre y, de pronto, con el agua de la acequia entraba un barbo en el huerto. Lo cogías y, luego, nos lo comíamos en casa.

-Entonces, ¿lo que recoge en sus cuadros, son recuerdos de su niñez?

-No, no. Son pequeños enclaves, cortos trozo de de acequia, que han sobrevivido. Y para mí, recogerlos en mi pintura es como pintar algo amanoso, para tenerlo en casa. Son como microcosmos. Me ha gustado ir buscando lo poco que queda, para, en cierto modo, ir dejando memoria de ello. Lo que más siento es que pronto desaparecerá todo.

-¿Tanto le duele algo que ya es habitual en la huerta?

-Contemplar estas cosas es para mí como un viaje a las emociones que he tenido de niño. Mi infancia está marcada por el agua que había en la huerta. Los juegos que recuerdo con más cariño son los que hacíamos dentro de la acequia, bañándonos, jugando con las ranas, tirando los barquicos... Todas las acequias estaban rodeadas de vegetación. Existían una armonía y una belleza en el paisaje ya han desaparecido, porque se las han comido el progreso. Sucede lo mismo que cuando estuve pintando paisajes de secano. Sentía que todo iba a desaparecer alguna vez. He vuelto a alguno de esos sitios y veo que sí, que están desapareciendo, porque lo mismo han levantado allí un hotel que un bloque de casas. Esto es también como un paraíso que se está perdiendo.

-¿Con estos cuadros sobre el agua se colma su nostalgia?

-No, porque sobre esta temática voy a estar trabajando más tiempo. Quedan muchas otras cosas por recordar, y de ellas quiero dejar constancia en mis cuadros.

-No es pequeña pretensión que estos cuadros sean testigo de una situación.

-Al margen de eso, es que cuando yo pinto algo, tiene que tratarse de algo que me guste, que me emocione, recordando emociones anteriores. Trabajar sobre algo que no haya tenido que ver conmigo, la verdad es que no me va, porque me deja frío. Y tengo mi modo de expresarame. El otro día, un pintor que ha hecho de todo decía que no es lo mismo una mancha amarilla que un limón. En mi casa, que es muy antigua, con manchas de humedad, yo las estoy viendo, desde crío, no como manchas, más o menos bonitas, sino como algo relacionado con mi estado de ánimo: brujas, fantasmas, ángeles, animales...

-¿No le gusta otra clase de pintura, menos figurativa que la suya?

-No es que no me guste. Lo que sucede es que, a la hora de hacerla yo, se me escapa. Prefiero hacer algo que me diga por donde voy. Aprecio lo que hacen los demás, pero a mí no me emociona. Busco que la obra te diga algo, que no se quede como un simple código que no se entiende. En el caso de Picasso, por muy abstracto que pudiera parecer cada obra, siempre hay algo figurativo y una referencia a la realidad.

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