Respeto

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Habrá bronca con este asunto. La habrá si el anuncio sigue en pantalla, pero también si lo retiran. Yo lo vi en Antena 3, el martes, a las ocho y media de la tarde. Era la publicidad de un producto cosmético; un desodorante, creí entender. Pero la nuez del anuncio no era el producto, sino el discurso: máximo respeto para la homosexualidad, exteriorizada en un beso de dos señoritas. ¿A cuento de qué utilizar eso para un anuncio? Es muy simple: así como la empresa comercial pide «máximo respeto» para la homosexualidad, así su desodorante -nos decían- procura «máximo respeto» a la piel. El anuncio es interesante porque entra de lleno en lo que podríamos llamar publicidad ideológica, un género con gran tradición que aquí, en España, cuenta con notables antecedentes, como aquella sombrerería de los años cuarenta que se publicitaba diciendo: Los rojos no llevan sombrero. Lo de este desodorante es algo más sutil, pero no mucho más. De entrada, nos sumerge en una situación retórica bastante enojosa que podemos resumir así: me piden máximo respeto, pero no lo tienen para conmigo, que estoy viendo la tele en ese "«horario protegido».

¿Y por qué el «respeto» habría de consistir en que respete yo, y no en que me respeten a mí? El otro día leí en un foro de Internet a un señor que estaba muy enfadado conmigo porque yo me había quejado de que en la edición matinal de un programa de zapeo -fue en Telecinco- aparecían escenas de homosexualidad manifiesta. «¿Y qué tiene de malo que los niños lo vean?», decía el indignado ciudadano. La pregunta tiene mucho más interés si le damos la vuelta: «¿Qué tiene de bueno que los niños lo vean?». Esa pregunta nos coloca en la situación de definir qué es bueno y qué no lo es, y aquí entramos en un terreno que nunca ha estado tan sujeto a discusión como en nuestros días. Podemos aceptar la discusión porque eso es mejor (para la convivencia) que no aceptarla, pero lo que se está pidiendo -bajo el imperativo de «máximo respeto»- no es que se acepte la discusión, sino que no se discuta en absoluto. Si yo digo que la «normalización homosexual» me parece mal porque altera el patrón antropológico convencional de reproducción de las sociedades, entonces me llamarán homófobo y reaccionario, y de nada servirá oponer que yo no siento fobia hacia nadie, y que lo que cuestiono no es la homosexualidad (tan «antropológica» como la heterosexualidad), sino su exhibición como modelo de vida. Utilizo la primera persona del singular, pero, evidentemente, no me refiero (sólo) a mí, sino a una porción de la sociedad que sería temerario calificar de minoritaria. Esta porción, ¿no merece «máximo respeto»? ¿Se nos condenará a no usar desodorante?

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