Cien años de una cumbre real

JOSÉ MONERRI
EL REY. Alfonso XIII pasa revista a una formación militar. / LV/
EL REY. Alfonso XIII pasa revista a una formación militar. / LV

Cartagena se convirtió en centro político del país como consecuencia de la visita de Eduardo VII de Inglaterra, los días 8 y 9 de abril de 1907, como recuerda Rosario de la Torre del Río, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. Acaban de cumplirse cien años.

La visita de Estado que Eduardo VII de Inglaterra debía realizar a España en devolución de la efectuada a Londres en junio de 1905 por Alfonso XIII, se había ido retrasando porque el gobierno británico temía que un atentado ensangrentara el hecho, tal y como ocurrió en mayo de 1906, durante la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg, sobrina del rey Eduardo. Los repetidos ataque anarquistas del año 1906 reafirmaron al gobierno británico en su decisión de no autorizar la visita de su rey a Madrid. En su lugar, Londres propuso una visita naval a Cádiz. Alfonso XIII expresó su satisfacción estableciendo la única rectificación en el planteamiento británico de sustituir Cádiz por Cartagena: el argumento fue que Cádiz estaba demasiado cerca de Tánger, y que allí se venían registrando demasiados incidentes. Cartagena era un escenario más apropiado.

Finalmente, en 1907, un nuevo gobierno aceptó el cambio, intentando, sin éxito que la ciudad fuera escenario de algunos actos. Cartagena se preparó para la ocasión -según relata Rosario de la Torre-: los vecinos, el Casino, los Círculos Conservador, Liberal y Militar, el Ayuntamiento y la Armada engalanaron con luces y flores sus instalaciones, esperando que los actos de la visita real se extendieran por la ciudad.

Los actos oficiales comenzaron a primera hora de la mañana del lunes 8 de abril de 1907, con la llegada a Cartagena con el tren en que viajaba la comitiva española. Acompañaban al rey su madre, la reina María Cristina, y su cuñado, el infante Fernando de Baviera. El Gobierno estaba representado por su presidente, Antonio Maura y por los ministros de Estado, Allendesalazar, y de Marina, almirante Ferrándiz, a los que se sumaron el embajador de España en Londres, Wenceslao Ramírez de Villa Urrutia, y el embajador de Inglaterra en Madrid, Maurice de Bunsen. Poco después, el rey, a bordo del yate real Giralda y escoltado por dos torpederos, zarpó al encuentro de sus huéspedes.

Eduardo VII llegó a bordo del yate Victoria & Albert, acompañado por su esposa. La reina Alejandra, su hija la princesa Victoria, el subsecretario permanente del Foreigh Office Charles Hardinge y el almirante Fisher, primer lord del Almirantazgo. Todos ellos habían pasado la noche del domingo 7 de abril en alta mar, a la espera del yate real.

El encuentro, a la altura de la isla de Escombreras, fue seguido por la prensa española e internacional. La llegada a Cartagena de la gran formación naval, con los yates Victoria & Albert y Giralda a la cabeza, constituyó un gran espectáculo para los miles de curiosos que se habían congregado en los muelles, aunque hubo cierta decepción, pues los grandes buques de guerra británicos anclaron fuera del puerto. Los yates reales amarraron en el muelle, escoltados por el crucero Lepanto y el cañonero Temerario; junto a la boca del puerto, a poniente, se situó el crucero Infanta Isabel, y más allá el Príncipe de Asturias, el Extremadura y la fragata Numancia.

En la noche del lunes 8, se celebró la gran cena de gala -para 70 comensales- que ofreció el rey de España al de Inglaterra en la cubierta de la Numancia y que fue transformada en una réplica del salón-comedor del Palacio de El Pardo; una superficie de 25 metros de largo por ocho de ancho, rodeada por unos muros simulados gracias a 32 tapices, una única y gran alfombra, la sillería blanca del Palacio de Oriente, cinco arañas y diez candelabros. El conjunto logró impresionar a Eduardo VII.

Durante la mañana del martes 9, los dos monarcas visitaron algunos de los buques de guerra de los dos países. Al mediodía, almuerzo de los caballeros en el acorazado Queen y de las señoras en el Victoria & Albert. Y por la noche, cena de gala en el yate real británico, menos espectacular que la anterior: sólo para cuarenta invitados. Con la cena de gala ofrecida por los reyes británicos terminó la visita. En la madrugada del miércoles 10, los buques ingleses regresaron a sus bases, mientras el yate real se dirigía a Italia. Poco después, la comitiva española volvió en tren a Madrid.

Una histórica cumbre entre los reyes de Inglaterra y España con la sobresaliente anécdota que no tuvo lugar en tierras cartageneras sino en sus aguas, a bordo de buques de uno y otro país.

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