José Manuel Ciria

PEDRO ALBERTO CRUZ

El lenguaje, aunque único en la esencia de su origen, puede presentar matices, giros e incluso composiciones sintácticas en apariencia diferentes.

Cada hacedor de arte traza su camino y lo sigue con las naturales paradas y las subsiguientes prisas. En el recorrido nuevas sendas y atajos aparecen a lo largo de la vía principal; nuevas circunstancias entorpecen o facilitan el tránsito y contribuyen a la falsa creencia del azar, de la buena o mala suerte, de la inspiración

Nada es más clarificador que la obra para entender una trayectoria (la última siempre es resumen de las anteriores), y esta aseveración queda ratificada cuando se contemplan las que José Manuel Ciria cuelga en San Esteban.

La abstracción, con sus tramas más o menos complejas en competencia con la mancha, queda enfrentadas a esas figuras en construcción, simplificadas, esquemáticas y recordatorias del maniquí freudiano, aunque tratadas con un sentido distinto. Este enfrentamiento, tan visible para algunos, no existe en la realidad del pintor ni en su coherencia discursiva (se podría establecer una serie de relaciones "de oficio" entre ambos lenguajes y sus transiciones, pero eso sería descender al campo de lo material), y la totalidad de la obra, aún perteneciendo a serie diferentes, contesta a las preguntas con la segura naturalidad de quien sabe que los cambios no son más que una consecuencia de la acción.

José Manuel Ciria, plantea su obra -esta doble visión de un hecho único- como secuencia lógica de un camino en el que ha visto, ha aprendido, ha hecho lo demandado en cada momento por su necesidad creativa, y en las manchas, en la trama geométrica, en las adherencias y en las figuras recortadas en las que se insinúa el volumen, el lenguaje personal unifica las diferencias y las hace exponente de la necesidad innata del artista por la investigación, por las nuevas experiencias.