«La literatura infantil se está fastidiando con lo políticamente correcto»

Ana María Matute reconoció ayer que los cuentos son «crueles como la vida, y les encanta. ¿Qué quieren, niños de algodón?»

PEPA GARCÍAMURCIA

Ana María Matute (Barcelona, 1925) lleva a sus espaldas sus 81 años de la misma forma que conserva por dentro su infancia. Desde que a los cinco años escribiera sus primeras historias, destinadas a su hermano pequeño -José Luis-, hasta hoy, su producción literaria -«novelas y cuentos, porque yo sólo escribo novelas y cuentos»- no ha dejado de crecer, ni pese a los achaques de la edad que ella asume con tanta naturalidad como la existencia de las hadas y los duendes.

De naturaleza curiosa -«pero curiosidad por saber, conocer e indagar sobre el ser humano, que es lo que más me interesa; no de espiar al vecino»-, esta hacedora de mundos fantásticos, en los que se descubre la poesía y la magia que nos rodea en el mundo, siempre ha confesado un cierto temor a escribir. Un temor, que pese a su experiencia, confiesa no haber superado «nunca. Lo que pasa es que es más fuerte el deseo de escribir, la pasión por la literatura, desde niña, de modo que... Tengo tanto miedo de escribir como de vivir y, al mismo tiempo, tengo mucho gozo de escribir y de vivir», afirma. Para Ana María Matute, el principal temor es el de no poder reflejar exactamente lo que sientes, algo que, reconoce, «es imposible».

Creadora sin límite de mundos fantásticos, considera que hoy andamos faltos de fantasía, «aunque quizá se ha trasladado a otras cosas. Más que la fantasía, es el sentido mágico y poético de la vida lo que se ha perdido bastante».

Literata del deseo, un tema que ha tratado en sus obras, para Ana María Matute «lo más hermoso, excitante y bonito del deseo es el deseo. En cuanto se cumple el deseo...: uno está muy bien, se queda muy aliviado, pero...».

-¿Y qué desea Ana María Matute?

-Ay, hija, a mi edad ya Pues sí, a mi edad todavía se desean cosas. Mira, yo soy muy feliz con las pequeñas y grandes cosas de las vida: cuando uno es joven y se come la fruta verde (luego vienen los cólicos...). Las pequeñas cosas, esos momentos que se aprecian con la edad, que son fundamentales en la vida: la amistad, el amor (pero no un amor tan... que está muy bien, pero cuando eres joven, porque a mi edad ya ha pasado), tomarte una cerveza con unos amigos en una terraza... Eso es fantástico, es una maravilla. Hay otros placeres muy bonitos: contemplar como están jugando los niños, lo que dicen, sus opiniones, contar cuentos a un grupo de niños y que se queden así -con la boca abierta-, dejen la televisión y pidan más.

Cuentos insípidos

Cuando a la televisión hoy se le achacan todos los males: la proliferación de la violencia entre niños y adolescentes, los bajos índices de lectura... Ana María Matute, le quita hierro al asunto. «En la literatura no creo que haya influido la televisión; en la vida social, sí, es tremendo, de una manera arrasante. La televisión es el verdadero y gran poder, lo que manipula y lo bueno que tiene. Pero, bueno, para el gusto de todos. Nadie obliga a ver la tele».

Amante de los niños y de su mundo -«me interesan profundamente»-, se reconoce inocente, aunque no ingenua y considera que a los 80 cumplidos su infancia va por dentro, «porque la infancia marca mucho». Aunque también opina que hay niños que nunca han sido niños: «Se les nota en la mirada».

Sobre las razones de que los niños lean hoy poco, las tiene claras: «Para empezar, porque sus padres leen poco; un cuento no les da todo hecho, les despierta la imaginación, les hace ser autores». Y, para continuar, «porque con todo lo políticamente correcto se está fastidiando la literatura infantil de una manera increíble, salvo excepciones gloriosas». Para esta ilustre escritora catalana, la literatura infantil se están convirtiendo en algo «pedestre. Por ejemplo sustituyen ángeles de la guarda por camioneros y los niños, que no son tontos, se dan cuenta del pastiche, de que es un apaño», cuenta, para explicar después que los verdaderos cuentos están sufriendo mutilaciones hasta dar lugar a historias insípidas. «¿Cómo quieres que lean los niños?», se pregunta. Y sobre la crueldad de los cuentos opina que es real, «como la vida. Hay que tener en cuenta que los mal llamados cuentos de hadas no se escribieron para niños, los niños los adoptaron porque les apasionaban. Son crueles y, además, les encantan. ¿Qué quieren hacer, niños de algodón», se pregunta, y considera que a los niños no hay que tratarles como si fueran tontos.

Además, piensa que la contrapartida es el mundo poético que encierran los cuentos y la esperanza que siempre queda. «Hansel y Gretel, por ejemplo, cuenta de una manera clara y poética el hambre de los campesinos de la Edad Media».

Con un mundo imaginativo inmensamente rico -del que habló ayer en el Aula de Cultura de la CAM, dentro de los Encuentros en el Mediterráneo-, que nutre tanto sus sueños como sus novelas y cuentos, se siente incapaz de describir cómo es: «Tendría que estar tres años explicándolo y tampoco saldría. Es como si me preguntaras cuál es mi genoma». Lo que sí puede detallar es cómo es su rutina de trabajo, una rutina que se inicia «en una penumbra perezosa, con una cantidad de imágenes superpuestas. No soy mujer de costumbres, llevo una vida muy anárquica en cuanto a mis actividades y horarios, que no existen. Pero cuando empiezo un libro, de una manera natural e instintiva, como el que tiene sed, escribo desde que me despierto hasta que me acuesto. Lo primero que pienso cuando me despierto: 'No me quiero levantar'. Luego, cuando ya he reaccionado y digo: 'Matute, que tienes que levantarte', me acuerdo: 'el libro'. Muy penoso levantarse, pero hay que hacerlo».

Y, ahora, que está trabajando en una novela a la que «pronto le daré el punto final», levantarse le resulta un poco más penoso. Eso sí, de adelantar algo sobre su próximo libro nada: «Soy muy supersticiosa y si lo cuento trae mal fario. Pero no tengo supersticiones normales, me acobardan las supersticiones que yo me invento o adivino».