El 'socialista de la pajarita' El médico Diego Pérez Espejo nació en El Jimenado pero con un mes ya vivía en Cartagena

JOSÉ MONERRI
ENSANCHE. Calle del Doctor Pérez Espejo. / J. M. R. / AGM/
ENSANCHE. Calle del Doctor Pérez Espejo. / J. M. R. / AGM

Desde el 25 de agosto de 1989 , Cartagena cuenta con una calle a nombre del Doctor Diego Pérez Espejo, que antes constituía un tramo con la denominación de Jiménez de la Espada. Está deslindada por la Juan de la Cosa y Esparta, forma parte de la manzana donde está ubicado el colegio de La Sagrada Familia de los Hermanos Maristas, y de la que constituyen la Casa de la Juventud y la Asamblea Regional.

Diego Pérez Espejo nació el 25 de julio de 1909 en El Jimenado, diputación de Torre Pacheco, hijo de Diego y Antonia, pero con sólo un mes lo trajeron sus padres a Cartagena, de la que ya no saldría siendo nombrado hijo adoptivo el 27 de marzo de 1981.

El padre de Pérez Espejo, según publicó Cartagena viva, en su número 8 de 1986, industrial panadero, metió a su hijo de párvulo en el Patronato del Sagrado Corazón de Jesús, pasando años después al Colegio Politécnico y finalizando el bachiller en el Instituto. Fue alumno aventajado, estudioso y con excelentes resultados académicos adelantó años cursando el bachiller y después la carrera universitaria. Con 21 años acabó la carrera de Medicina en la Universidad de Valencia, entrando en la Facultad de Medicina por oposición como alumno interno. El 1 de octubre de 1931 comenzó a trabajar como médico hasta su fallecimiento el 4 de septiembre de 1987. A título póstumo, el 1 de octubre de 1987, fue nombrado Hijo Predilecto de la Región.

Casado con María Isabel Martínez Gimeno fue padre de tres hijos, de los que se sentía orgulloso: Sergio, diplomático; Gustavo Adolfo, médico; y Miguel Ángel, también médico, cirujano.

Pérez Espejo era el militante más antiguo en Cartagena del PSOE. Con 22 años ingresó en el Partido, concretamente el 2 de septiembre de 1931. Él decía: «La política me apasiona porque tengo una ideología, pero lo que soy realmente es un profesional de la Medicina». En su trayectoria política ocupó cargos activos dentro de la Región, incluso representándola como diputado a Cortes. Elegido en 1979, a los dos años tuvo que dejarlo por motivos de salud. Posteriormente, Pérez Espejo fue consejero del ente autonómico murciano y en 1983 salió elegido diputado regional, actuando, además, como presidente de la Comisión de Peticiones y Defensa del Ciudadano.

Las ideas políticas de Pérez Espejo le ocasionaron no pocos problemas. Concluida la guerra civil pasó por la cárcel y sobre su persona fueron puestas diversas etiquetas.

Retirado de la vida política, Pérez Espejo ocupaba la mayor parte de su tiempo en trabajar, atendiendo su consulta médica y visitando a sus enfermos. «Aunque tengo la consulta de diez y media a doce de la mañana -en el primer piso de la Casa Dorda, en la calle del Carmen-, normalmente las empiezo antes y las termino después. Aquí y con las visitas a los enfermos, ocupo la mayor parte del día. Cuando puedo, le dedico algo de tiempo a la lectura, que es algo que me gusta mucho».

En un test publicado en Cartagena viva, Pérez Espejo decía que su color era el verde; su afición, la lectura; como comida, el solomillo; como mujer, su esposa; como libro, las obras de Pío Baroja; como hombre, el doctor Marañón; bebida, el whisky; un político, Pablo Iglesias; un placer, descansar; y como ilusión, que nuestro país sea más confortable y que tenga un buen porvenir. También afirmaba que echaba de menos el tabaco que más que él como médico se lo había prohibido su mujer. Decía que «la amistad es como una bodega, con los amigos siempre hay algo que hablar, y en una bodega siempre hay una cosecha».

Enrique Escudero, en El Mirador de Cartagena de 16 de septiembre de 1987, escribía un artículo que titulaba Adiós, don Diego, y en el que decía: «Era un hombre excepcional. Era esa excepción magnífica que te hace pensar que el ser humano es capaz de vivir y morir fiel a sus principios. Su integridad era proverbial, su coherencia siempre mantenida a través de los años y de los avatares en los que se vio envuelta su vida, sobre todo en la postguerra cuando fue detenido varias veces, tomaba su hatillo compuesto por unas mantas y alguna ropa, y se iba a la cárcel. Ningún rencor en su corazón, ni entonces ni nunca».

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