Pionera para morir

La teniente Emily Pérez se convierte en la primera graduada por la academia militar de West Point que perece en combate en Irak

P. RODRÍGUEZWASHINGTON

La biografía de Emily Pérez es una triste combinación de primeras veces. Estudiante de sobresalientes y atleta extraordinaria, esta diminuta joven afroamericana se había convertido en la primera mujer de color con uno de los más distinguidos puestos de mando entre los cadetes de West Point, luciendo múltiples galones y condecoraciones sobre su uniforme gris. A sus 23 años, la segunda teniente Emily J.T. Pérez también se ha convertido en la primera graduada por la academia militar de EE UU que pierde la vida durante un inevitable destino en Irak.

Además, Emily Pérez figura como la primera baja en combate sufrida por la joven promoción del Ejército que empezó sus estudios castrenses justo durante el verano del 11-S. Un grupo de cadetes decididamente ansiosos por no perderse la llamada guerra contra el terror. Pero a los que el entonces responsable de West Point, el teniente general William J. Lennox, solía pedir que ejercieran «paciencia estratégica». Desde septiembre de 2001, la Academia Militar del Ejército de Tierra ha perdido en diversas acciones a cuarenta de sus graduados.

Al mando de un pelotón sanitario de la Cuarta División de Infantería, durante un convoy por la zona de Nayaf, el todoterreno de la teniente Pérez fue alcanzado de lleno por una bomba el pasado día 12. El martes, con todos los honores militares, Emily fue enterrada precisamente en el cementerio de West Point, con espectaculares vistas al río Hudson y entre decimonónicos héroes militares, que difícilmente hubieran podido pensar que algún día una joven mujer negra tendría derecho a compartir ese exclusivo camposanto.

Elogios de compañeros

De entre los cotidianos obituarios de militares del Pentágono muertos en Irak y Afganistán, la historia de la teniente Pérez destaca por los testimonios de sus compañeros que la recuerdan por su filantropía, carisma y determinación. Pero también porque ilustra no sólo una maquinaria militar al límite sino también el creciente papel de las mujeres en uniforme en zonas de combate teóricamente masculinas, sin olvidar el enorme atractivo de la vida castrense para los hijos de familias con limitados recursos económicos.

En 2001, Emily se graduó con honores de una 'high school' pública a las afueras de Washington, en una zona más bien famosa por agresivas bandas juveniles, miserias y droga. La joven había demostrado siempre un activo interés por las ciencias médicas. Llegó a presentarse como donante para un doloroso trasplante de médula antes de ser destinada a Irak. Además de actuar como educadora voluntaria contra el sida para la Cruz Roja. Pero la prometedora historia de esta hija de una familia de militares no ha tenido un final feliz al convertirse en la número 64 de las Fuerzas Armadas de EE UU que cae en Irak o Afganistán.

Durante su funeral, familia, amigos y compañeros recordaron cómo Emily no era una persona de retaguardia. Como destacó Faith Bell, la esposa del reverendo de la iglesia baptista frecuentada por la joven teniente, «una de las cosas importantes para ella no era el miedo a la muerte sino el miedo a no vivir».

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