Un paseo a los orígenes

Casa de aperos, protegida por una frondosa parra, en uno de los huertos de limoneros de La Alboleja./
Casa de aperos, protegida por una frondosa parra, en uno de los huertos de limoneros de La Alboleja.

Los Huertos y la huerta, por carriles laberínticos de La Arboleja

PEPA GARCÍA

Ya no suenan las caracolas en la huerta cuando las lluvias torrenciales de otoño caen con fuerza. Obras hidráulicas realizadas y, sobre todo, el desvío del caudal del Guadalentín minimizaron una amenaza que durante siglos tuvo en vilo a los habitantes de Murcia.

Estos días, en los que la Feria de Septiembre vuelve a recordar los orígenes agrícolas y ganaderos de la economía local (aunque la feria del ganado haya sido borrada del programa), proponemos un paseo por lo que queda de huerta en La Arboleja, para, de regreso, disfrutar de la gastronomía típica en Los Huertos.

Lo mejor, con las todavía infernales temperaturas de este septiembre, es darse este paseo al caer el sol. La ruta, diseñada por Juan Francisco Cerezo para el Ayuntamiento de Murcia (está colgada en la web municipal), permite gozar todavía del olor a jazmín, de viejos carriles amenazados por la apropiación indebida, de huertos y casas tradicionales y de un patrimonio cultural y etnográfico que se degrada sin que la recién creada Concejalía de Huerta lo impida.

El itinerario comienza en el inicio del Malecón, junto al río y al león que dan fe de una de las últimas grandes remodelaciones de este paseo.

Aun con todo el comienzo del Malecón lleno de puestos y su jardín copado de peñas y campamentos de kábilas y mesnadas, se disfruta del verdor de este espacio que fue jardín botánico. Las portadas que dan al paseo revelan que estuvo trufado de huertos, como el de los Cipreses o, tras el cruce de las Cuatro Piedras y el monumento al huertano, el de la Estrella (hoy poco atractivo vivero municipal).

Este paseo, como el carril bici que discurre pegado al cauce del río, se ha convertido en la 'ruta del colesterol' para muchos murcianos que tienen el saludable hábito de caminar los 10.000 pasos diarios recomendados por las autoridades sanitarias.

Al final del Malecón, junto a la estatua de José María Muñoz (benefactor tras las riadas de Santa Teresa), el ambiente ya no es tan animado como cuando el bar Paco reunía a jóvenes, mayores y niños en torno a una cerveza bien fría y aperitivos variados. Hoy, con sus puertas cerradas, esta zona ha perdido movimiento. Además, y pese a que el Plan de Protección del Malecón ha estado ya expuesto al público, en los últimos meses han levantado a velocidad de vértigo las estructuras de al menos tres viviendas nuevas, que han restado más tahúllas a la huerta y han desdibujado aún más el entorno de este BIC secular.

Siguiendo por la carretera de La Ñora se darán de bruces con los deteriorados restos del Molino del Amor, un edificio histórico en el que, recientemente, un estudio arqueológico ha descubierto, bajo capas de yeso, unas pinturas que arrojarán luz sobre el poético nombre del molino -el Ayuntamiento está dispuesto a restaurarlo próximamente-. No obstante, para quien haya conocido este pedazo de huerta que describió el poeta Al-Qartaginni en el siglo XIII como «paraíso terrestre, morada de ríos o jardín entre puentes y copudos árboles», no podrá dejar de sentir tristeza al ver que casi todo rastro huertano se ha borrado del enclave, donde está previsto construir más 'pisitos', junto a la chimenea industrial (BIC) y la casa-torre de los Clérigos.

Giren por el carril de los Alarcones y no pierdan de vista, a su derecha, otra casa-torre bastante ajada, que conserva un reloj solar fechado en 1868 y un huerto florido de esbeltas palmeras.

Tras dos enormes curvas, giren a la derecha por un carril asfaltado (hay una señal de camino cortado) que, al final y bordeando una casa por su derecha, les lleva hacia la izquierda (siguiendo un brazal de riego) entre huertos, artísticas casetas de aperos amparadas en parras y los antaño transitados carriles de tierra que están siendo devorados por el paso del tiempo, el olvido y la falta de uso.

Morera centenaria

La ruta les conduce al Ateneo Huertano Los Pájaros, centro de acción cultural de la zona, tras el que crecen los huertos ecológicos de El Verdecillo. Precisamente en este espacio vive una morera centenaria que dio sombra a quienes pasaban su tiempo de ocio jugando a los bolos huertanos.

Sigan junto a los mimados caballones, donde siempre hay alguien trabajando la tierra, y crucen la acequia que recientemente restauró y limpió la asociación Columbares, con la colaboración de El Verdecillo y la Junta Vecinal, dentro de su Proyecto Anguila. Un ramal de riego que cuenta con el Partidor del Martes y en cuya poza era habitual, hace algunas décadas, que los niños se bañasen y que las anguilas y galápagos lo escogiesen como hábitat idóneo.

El recorrido sigue entre casas de huerta tradicional avejentadas y cuidados huertos, por estrechos caminos que, en su mayoría, aprovechan el itinerario de las regueras u ocupan el espacio de las acequias que, hasta hace no mucho, discurrían a cielo abierto.

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