En el fondo del mar

Varias personas bucean en los fondos marinos de Cabo de Palos./
Varias personas bucean en los fondos marinos de Cabo de Palos.

Una inmersiónen Cabo de Palos para explorar los ondulantes campos de posidonia

PEPA GARCÍA

Explorar los ondulantes campos de posidonia, los blancos arenales y las rocas alfombradas de algas armados de tubo, máscara y aletas se convierte, en la costa cartagenera de Cabo de Palos, en una experiencia mágica. En esta ocasión, lo hacemos guiados por Posidonia Turismo, una empresa que ha optado por hacer del turismo activo de naturaleza su razón de ser y del respeto al medio ambiente su bandera.

Acudimos a primera hora de la tarde al centro de buceo Balkysub. Allí nos esperan los monitores para convertirnos en unos auténticos exploradores de la posidonia, como hacen habitualmente con los cruceristas extranjeros que arriban al puerto de Cartagena (sin ir más lejos, este domingo hasta 70 de ellos pasarán en grupos por sus manos para acercarse a nuestra valiosa planta endémica marina, la 'Posidonia oceanica').

La de hoy es una actividad ideal para hacer en familia. Pero lo primero es lo primero, conocer el terreno. Este año los fondos marinos de Cabo de Palos han sido oficialmente declarados mejor destino para el buceo, y no es de extrañar. La reserva marina de Cabo de Palos-Islas Hormigas ha ayudado a crecer considerablemente la ya de por sí rica biodiversidad submarina, en cantidad de animales, plantas y algas, pero también en variedad y en tamaño de los ejemplares. «No es raro ver por esta zona meros de más de un metro de longitud», nos dice Germán, que sabe bien de lo que habla, y cuenta con entusiasmo cómo en la reserva es habitual ver los cardúmenes de peces dibujando remolinos sobre los buceadores que se sumergen con botella.

Hoy no iremos tan allá. La idea es quedarnos en las inmediaciones de la costa, en una pequeña área en la que están presentes los tres principales ecosistemas mediterráneos: bancos de arena, praderas de posidonia y fondos rocosos, un paseo apto para aficionados y sin apenas riesgo.

Explica, con un lenguaje sencillo y en fluido inglés y español (la mayoría de la expedición la conforman niños, seis de diez, y la mitad son personas de nacionalidad inglesa), que por la zona pueden verse algunas especies de tiburón habitualmente, aunque -tranquiliza- para ello hay que alejarse unas dos millas y media de la costa; también suelen frecuentar estas aguas delfines de varias especies «pero en los meses de primavera», puntualiza; y distintas variedades de mantas, sobre todo chuchos y águilas marinas, que prefieren los fondos de arena para camuflarse, como los lenguados. Con ayuda de unas amplias fichas a todo color (una versión reducida y de plástico nos acompañará durante la sesión de esnórquel), va repasando mamíferos, vertebrados, crustáceos, esponjas, algas, anémonas... Una amplia variedad de seres vivos que, aunque parezca increíble, podremos ver sin alejarnos mucho de tierra. «Lo más común son meros, espetones y peces luna, doradas, lubinas y salpas», concluye antes de empezar a explicar que todo eso se lo debemos a las excepcionalmente bien conservadas praderas marinas de la zona, que son el cole y la universidad de los peces más pequeños.

Hábitat que sirve como refugio de especies, fuente de alimentación y área de reproducción segura, la posidonia no solo beneficia a la vida marina, ya que sus densas formaciones actúan de barrera para impedir que el mar erosione la tierra y su acumulación en las playas permite que la arena gane terreno al mar, además de ser uno de los principales pulmones del planeta. También, de forma tradicional, ha sido empleado como elemento constructivo (techo en cabañas de pescadores del norte africano), como remedio contra los chinches, alimento del ganado y, como cicatrizante, lo han usado los pescadores. «Su desaparición arruinaría la belleza sumergida de nuestras costas», resume Germán.

Al agua

Llega el momento de lanzarse al agua pato, con traje corto, chaleco salvavidas, máscara, tubo y aletas, pero, antes, hay que repasar las normas de seguridad. Las manos deben ir en todo momento, durante nuestro paseo marino, pegadas a los lados del cuerpo, agarradas bajo la tripa o cogidas por delante nuestro. El objetivo, explica Germán, es no causar daños «ni al entorno, ni a nosotros mismos», ya que vamos a bucear entre rocas y erizos y el manoteo puede hacernos que nos cortemos o que consigamos quitarle la máscara a alguno de nuestros compañeros de forma involuntaria. Por el mismo motivo, el aleteo debe hacerse siempre en horizontal, sin remover los fondos.

La actividad dura unas tres horas, casi una entera bajo el agua. Con las gafas puestas, el tubo en la boca y habiendo aprendido cuáles son las señales para comunicarnos bajo el agua, comienza la aventura. La primera sorpresa no se hace esperar, en la misma orilla, un bebé lenguado se camufla pegado al fondo arenoso, petrificado para no delatarse.

Superado el primer espigón rocoso e inmersos en la burbuja de silencio que proporciona el buceo, el bamboleo de las hojas de posidonia cautiva y relaja. A derecha e izquierda y por debajo, centenares de peces nadan sin temor junto a los exploradores, que no tardan en disfrutar con los vistosos colores amarillos, verdes y azules, casi tropicales, del pez verde (macho y hembra) y con las julias. Sobre las rocas, crecen numerosas variedades de esponjas, organismos filtradores que, junto a enormes nacras, estratégicamente ocultas entre las algas, se encargan de mantener limpio el mar. A la limpieza de estos fondos, frecuentados a diario por los exploradores de la posidonia, contribuyen las recogidas de basura que hacen los guías de estos grupos casi a diario.

En una grieta, bien camuflado, se oculta uno de esos espinosos peces de roca; y, delatado por las conchas de quienes fueron su alimento, un enorme pulpo se contorsiona en uno de los redondeados huecos que, erizo tras erizo, han horadado en la piedra.

Tampoco se hace esperar la primera estrella de mar, una de las estrellas de la expedición, un enorme ejemplar rojo que permanece adherido a una pared.

Antes de que nos demos cuenta, el reloj ha consumido la hora de expedición y salimos del agua satisfechos de haber disfrutado de una magnífica jornada de 'paseo' en el fondo del mar que se refleja especialmente en los ojos enormemente abiertos de los niños.

Ya solo queda retirarse la sal y recuperar fuerzas con un poco de fruta, agua y algún dulce, antes de recibir el certificado del buen 'Posidonia explorer'.

 

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