Inazares: En busca del frío

Manantial del Ruico, con su enorme encina centenaria y una pequeña chopera./
Manantial del Ruico, con su enorme encina centenaria y una pequeña chopera.

Visiten el pueblo de montaña más alto de la Región y disfruten de la reciente nevada entre encinas y sabinas centenarias

PEPA GARCÍA

Esta semana de frío, rachas de viento y temporal de nieve, les recomiendo un viaje en busca del frío seco e invernal de la montaña. Al límite de la provincia, al amparo del macizo de Revolcadores se encuentra Inazares, un pueblo que ha renacido gracias al turismo rural y que tiene en Los Obispos (el pico más alto de la Región) y en la blanca nieve que lo cubre en invierno uno de sus principales atractivos. Por supuesto, no el único.

Al llegar, el pueblo está helado. El suelo duro de la plaza está cubierto por una capa de hielo resbaladizo. El viento corta la cara, así que hay que abrigarse. Las laderas de los montes aledaños blanquean, la nieve recién caída persiste gracias al frío helador y sacian la necesidad de los murcianos de ver y pisar la nieve, al menos, una vez al año.

La tentación de subir a Revolcadores y coronar sus picos alfombrados de nieve es grande (el itinerario está marcado) pero Paco, nativo de la pedanía moratallera, nos recomienda una ruta para disfrutar de algunas de las joyas locales.

Hay que salir de Inazares por la carretera que llegaron y enseguida, a la derecha, parte una pista de tierra que tienen que seguir (el cartel pone 'Tránsito'). Tras cruzar el cauce del arroyo, la pista se bifurca; sigan por la que va más a la izquierda. Atravesarán laderas aterrazadas en las que tradicionalmente los inazareños cultivaron cereal. La mayoría de estas pequeñas parcelas continúan en barbecho. Cuenta Paco que eran propiedades pequeñas que no permiten vivir de su cultivo y por eso se han ido abandonado.

La pista pone al alcance de su vista unas tierras adehesadas en las que enormes encinas han resistido al paso de los tiempos. La ganadería es otra de las actividades a las que se dedicaron los habitantes de este pueblo de montaña, cuya población permanente se limita ahora a unas cuatro familias (de 15 a 20 personas), calcula Paco, y solo dos de ellas siguen dedicándose al cultivo y al ganado.

Los Odres vigila nuestros pasos, después de seguir la pista de la izquierda en la siguiente bifurcación, hasta el corral de Los Llanos, un antiguo caserío semiderruido junto al que crece, sana y vigorosa, una encina de gran porte y edad más que centenaria.

Por el camino descendente se llega a una interesante dolina; deben salirse del sendero en una curva en la que hay otra construcción en ruinas (a la derecha). Desde allí, si mira hacia al sur, verá 'la plaza de toros de Inazares' o 'El Hoyo', como le llaman los ancianos del lugar. Es un 'circo' natural, un círculo casi perfecto de 100 metros de diámetro y 5 de profundidad. Un valle fruto de la disolución de las margas durante millones de años. Esta zona de simas y lapiaz se formó en el Jurásico y son frecuentes los fósiles de amonites y belemnites que habitaron en su día su prehistórico mar. Sin ir más lejos, en las rocas de la ruina que sirve para localizar la dolina podrán encontrar amonites impresionantes. Aunque, recuerden, no pueden recogerlos ni llevárselos. En esta torca de fértiles suelos de 'terra rossa' creció el cereal hasta, incluso, la irrupción de los tractores, y en ellas pastaron cabras y corderos inazareños.

Hoya de los Tornajos

La pista, descendente, se vuelve a bifurcar (seguir por la izquierda) y remonta un cauce -el arroyo de Inazares, cuenta Paco-. Hay que cruzarlo para, a la derecha, llegar a la carretera del Moralejo. Si la atraviesan recto y suben por el camino, junto a la zona de cultivo de la Hoya de los Tornajos, llegarán a otra enorme encina. Está junto al manantial El Ruico y cuando nos acercamos alza el vuelo una pareja de buitres que aprovecha las rachas de viento. Aunque ahora en los huesos, en esta zona húmeda crecen una decena de chopos en cuyos troncos los pájaros carpinteros han taladrado sus nidos y muchos animales se surten aquí de agua. Observen el horizonte y las suaves curvas que dibujan los campos arados y recién sembrados. El silencio, solo roto por el viento y el piar de algún ave, es reparador.

Una vez que se hayan hartado de abrazarse al majestuoso tronco de esta anciana pero sana encina, vuelvan sobre sus pasos y por la carretera regresen al pueblo.

Allí, visiten el horno moruno, una infraestructura comunitaria; la iglesia de San Nicolás de Bari, que data de finales del siglo XIX; paseen por las calles y disfruten de los muros de piedra típicos de cualquier pueblo de montaña (Inazares es el que está a mayor altitud en la Región).

Torrijas de san Nicolás

Antes de iniciar la segunda etapa de la ruta, una ascensión a Los Pechos para visitar una sabina albar centenaria, entren en calor en el restaurante El Nogal, el primero que abrió con el resurgir turístico de Inazares, y degusten sus viandas. No se vayan sin probar su exquisito lomo de orza, tampoco tiene desperdicio el sabroso paté de perdiz que sirve Prudencio Navarro, o la oreja a la plancha bien 'tusturrada'. De remate, algo de carne a la brasa, el cordero de la zona está para chuparse los dedos y deguste uno de los deliciosos postres caseros que sirven, como las torrijas de san Nicolás.

Cuando salgan del restaurante, vayan en dirección al lavadero. El agua que surte sus pilas está congelada. Suban por la pista de tierra, desde la que se observan, ahora desnudos, los 2.000 cerezos que los inazareños han plantado y de los que ya comercializan su fruto. Subimos a lo alto de Los Pechos por el rincón de Matabueyes. Las vistas son impresionantes, la manchega Peña Jarota se exhibe rotunda al llegar al Bancal de Lo Alto, un collado con un álamo solitario. Hay que girar en dirección a la antena y subir hasta la cima, donde encontrarán una anciana sabina albar de recio tronco. El macizo de Revolcadores se muestra imponente al frente, ahora cubierto de nieve, «aunque llevamos dos años que no ha nevado mucho», reconoce Paco, antes de que la gran nevada amplíe aún más la sonrisa de los inazareños. A un paso se ve la pedregosa cima del Calar Blanco y, más allá, La Molata. Piornos o cojines de monja abundan, además de enebros, sabinas y pinos achaparrados por el frío, la altura, el viento y el peso de la nieve.

Dejen vagar la mirada hasta donde la vista alcanza, respiren hondo y cojan fuerzas. Y, si tienen la suerte de que la nieve les coge en Inazares, en el bar Revolcadores pueden alquilar una de las casas rurales del Caserío de Inazares y pasar la noche en torno al fuego. Los fines de semana tienen actividades para los niños. Aprovechen para disfrutar de las estrellas del cielo más limpio de la Península Ibérica, según la NASA.

 

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