El paraíso de las tortugas moras

Una diminuta cría de tortuga mora, con apenas seis meses de vida, lucha ya sola por su supervivencia./
Una diminuta cría de tortuga mora, con apenas seis meses de vida, lucha ya sola por su supervivencia.

La rambla de la Galera, un paseo por la sierra de Almenara entre flora y fauna endémicas

PEPA GARCÍA

Ahora que es primavera la tortuga mora ('Testudo graeca') está especialmente activa. Los machos corretean por el campo, entre espartales, retamas, bolagas y siemprevivas por la Sierra de Almenara, en busca de una hembra a la que conquistar para la cópula y asegurar su descendencia. Así que decidimos aceptar la invitación del Colegio La Torrecilla de Lorca y del Cortijo de la Tortuga Mora, sede de la Asociación para la Custodia del Territorio (Acude) y reserva de estos simpáticos animales, para visitar la zona con mayor concentración de Europa del curioso reptil -de 20 a 25 ejemplares por hectárea, nos informa Pilar Sánchez, presidenta de Acude y guía de lujo.

Cómo llegar

Deben tomar la A-7 en dirección a Lorca y coger la salida Lorca / Águilas. Deben continuar por la carretera que une Lorca y Águilas y dejarla en la salida 9 (Pozo Higuera) y luego seguir por la carretera en dirección a Pulpí. En el kilómetro 5 hay una gasolinera y un cambio de sentido, giren ahí a la izquierda en dirección al camino de La Galera y, junto a unos contenedores que hay al lado de un cortijo, dejen el coche. La carretera se hace pista unos metros más adelante. Ahí comienza la ruta.

Para llegar al cortijo, en la cumbre de la Galera, hay que remontar la rambla del mismo nombre, un cauce de agua intermitente que va dejando charcas semipermanentes a su paso. Dejamos el vehículo en una explanada del camino de la Galera, antes de que el asfalto deje paso a la tierra, para echar a andar. Enseguida, se coge un desvío a la izquierda para luego, en una bifurcación, tomar el camino de la derecha, que nos mete en pleno cauce de la rambla. Ya el recorrido no tiene pérdida, solo habrá que remontar su curso hasta llegar a nuestro destino.

Por el camino, la pertinaz sequía de este año ha reducido a la mínima expresión el multicolor tapiz floral de la zona, pero todavía se ven las amarillas siemprevivas, la jara rosada, las blancas flores del jaguarzo negro y algún que otro leontodón, unas plantas de flores amarillas bastante comunes -aunque este año escasean- que son el más exquisito manjar para las tortugas moras.

Cómo realizar la visita

Cortijo de la Tortuga Mora. Camino de la Galera. La Escucha (Lorca). Para concertar visitas deben llamar al 639 786751.

Caminamos por la lorquina Sierra de Almenara, 20 kilómetros cuadrados que forman parte de una Zona de Especial Protección de Aves (ZEPA) y Lugar de Importancia Comunitaria (LIC), y que corona el Talayón, con sus 879 metros de altura. El nombre de esta sierra, explica Pilar, significa luz de las hogueras y se debe a las atalayas que jalonaban la sierra para avisar y evitar las incursiones de los berberiscos tierra adentro. Por esta sierra campea el águila perdicera, pero también el halcón peregrino, el búho real y el cernícalo.

Al poco de iniciar el recorrido encontramos las primeras huellas del cada vez más abundante jabalí -«el único depredador de las tortugas moras adultas», aclara Pilar- y cuando los niños empiezan a quejarse de la caminata, aparece la primera charca. En ella, una culebra viperina se alimenta de las puestas de sapos y ranas, con las que comparte espacio. Algunos se atreven a tocarla y Pilar explica que de las que habitan esta sierra, solo la bastarda es venenosa, pero que no es mortal. «Es como si os picara una avispa», aclara.

Recomendaciones

No olviden llevar gafas de sol, protección solar, calzado de montaña y agua (no hay fuentes). La ruta se puede hacer con niños; la ida y vuelta suman poco menos de 7 kilómetros. Respeten la flora y la fauna de este espacio natural protegido.

Animados por la presencia de animales y por la curiosa pegamoscas, una leguminosa silvestre, pegajosa y maloliente, de flores amarillas, los niños avivan el paso, afinan el oído y aguzan la vista.

También alza el vuelo, espantada por la algarabía infantil, una perdiz que se oculta entre los espinosos matorrales de cardos y espinos negros; y una mariposa diurna, negra y roja, se posa sobre la visera de la gorra de un niño, un cigénido que advierte a sus predadores de su toxicidad.

Por fin aparece la primera tortuga. Y la emoción entre los excursionistas se palpa. Es un macho, se sabe por su cola, más larga, y por la parte inferior de su caparazón, más cóncava; su tamaño, explica Pilar, es menor que el de las hembras. Otro reptil, un enorme lagarto ocelado, atraviesa la rambla a todo correr huyendo del jaleo y se esconde entre las flores azulonas de la viborera, entre el lentisco y las esparragueras.

Ya en territorio de esta decana reserva de tortuga mora se encuentran ejemplares adultos y, con una hembra en la mano, Pilar explica que su caparazón es más redondeado que el de los machos y la parte inferior más flexible, para facilitar las entre 3 y 4 puestas anuales de 2 a 7 huevos. Por el camino también se ven agujeros en la tierra, son los escondites en los que las tortugas se han ocultado este invierno. Y un 'bebé' tortuga, con apenas seis meses de vida, que es presa fácil para zorros y urracas. Y también la perdicera se ha hecho especialista, lanza desde la altura las piezas que, en la caída, se rompen el caparazón y se convierten en alimento del águila.

Ya en el cortijo, María espera para mostrar, paciente, cómo trenzar el esparto, verde y curado. Y los niños, emocionados, aprenden la técnica básica con la que poder confeccionar bonitos cestos que no dudan en llevarse a casa.

Antes de emprender el regreso queda otra sorpresa. Un camaleón trepa por las ramas de un acebuche ayudándose con su cola prensil, y los niños se entusiasman.