Todo por espeto

Una paella directa a la mesa en Los Arroces de Salva./
Una paella directa a la mesa en Los Arroces de Salva.

Los Arroces de Salva incorpora una barca con brasas para cocinar al fuego todo tipo de pescados y mariscos

SERGIO GALLEGO

Que a estas alturas de la historia gastronómica, en una Región con nueve meses aprovechables de terraza los locales donde se puede comer pescado fresco a la brasa como en Los Arroces de Salva se cuenten con los dedos de una mano -y me sobran dedos-, creo que es un fiel reflejo de la falta de empuje, originalidad y visión que tienen los empresarios hosteleros de Murcia. No hay nada más rico que un pescado fresco a la brasa. Nada. Además de que para pillarle el truco a las brasas no necesitas más que un kilo de sardinas y un par de doradas como conejillas de indias. Después, los arreglos que se preparen de salsas, guarniciones y presentaciones elevarán el local o no a otra dimensión, pero en principio, brasas y pescado fresco me parece una combinación lo suficientemente buena como para no complicarse demasiado la vida, si no se quiere.

Los Arroces de Salva es una gran terraza cercada a la orilla de la carretera, en la entrada a Los Belones que, si no lo sabéis, es la segunda localidad con más bares y restaurantes por habitante de toda España. Con buenas pérgolas de madera para tapar el plomizo sol y con una barca típica de los espetos malagueños con ruedas para orientarla según sople el viento, el local ofrece una carta sencilla a base de ensaladas, entrantes variados, carnes, arroces a la leña y pescados, aunque lo interesante suele ser el pescado fresco que está fuera de carta.

Con la primera cerveza, un pan caliente con sobrasada. Sin lugar a dudas, las nueve sardinas trinchadas por el lomo recibiendo el calor de las brasas es un espectáculo tan bello que me hace pasar por alto que el camarero, en un claro lapsus, me diga que las sardinas son del Mar Menor, para terminar aclarando, tras mi sorpresa que «son de la zona». Frescas y jugosas, los plateados pescados se doblan en el plato dejando en evidencia su frescura y, al comerlas con dos dedos, que es como se comen las sardinas, la piel se separa de la carne en un increíble punto de cocción.

A la pata de pulpo le pasa tres cuartos de lo mismo. Quizás el toque ahumado que espero es más pronunciado que el que porta el octópodo, pero la cocción previa del bicho ha dejado la carne muy tierna y las brasas han terminado de maquillar el plato. De guarnición, una tulipa crujiente rellena de aguacate, naranja, pepino y manzana sencilla y muy agradable.

De los doce arroces que cuajan a la leña me decanto por el de verduras y bacalao. Los hay de carrillera y chocolate, de pollo campero y verduras, de conejo y caracoles, caldero, de bogavante... El arroz tiene una sola capa de grano con un punto de cocción perfecto y con un sabor muy intenso. Quizás, el cocinero ha abusado un poco del tomate en el sofrito, pero salvo ese detalle el arroz está muy bueno. Los trozos de bacalao son escasos y frescos, por lo que no me importaría tropezarme con alguno más de los que me han tocado.

El rodaballo no pasa por la mesa antes de ir al espeto. Ligeramente tibio, no recién salido de las brasas, el camarero se ofrece a limpiarlo y servirlo en los platos. Tras la ingesta del lomo, pido la bandeja con las raspas para disfrutar de la limpieza pormenorizada de la gelatina, carrillera y resto de trocitos de carne que se habían perdido por el camino. Una gozada.

La torrija es mejorable y tiene que ser revisada, por lo que os recomiendo terminar con un asiático cartagenero, que en Los Arroces de Salva es una apuesta segura.