El bar del pueblo

El propietario del Mesón Guinea, Cristóbal, junto a las empleadas, mostrando algunos de sus platos./
El propietario del Mesón Guinea, Cristóbal, junto a las empleadas, mostrando algunos de sus platos.

El éxito de Mesón Guinea radica en una cocina tradicional correcta a un precio muy razonable en un ambiente cercano

SERGIO GALLEGO

Si me permiten la comparación, el Mesón Guinea es algo así como nuestro Baret de Miquel, el local de Denia que tiene una lista de espera de un año para coger una mesa. En Guinea no es para tanto, pero las tres veces que he ido sin reserva, las tres he tenido que quedarme en la barra. Algo tendrá el vino cuando lo consagran.

La experiencia en barra tiene sus ventajas, ya que es más auténtica y cercana al servicio de camareras que si te sientas en mesa de comedor. Aprovechando un hueco, abro los codos, pido un taburete que estaba siendo utilizado como guardarropa y, con la primera caña, mientras me preparan una tapa gentileza de la casa -un trocito de sardinilla con tomate y una oliva rellena gordal-, me van contando los platos disponibles, porque carta no tienen.

Caldo con pelotas, rabo de toro, manitas, caldero, patatas rellenas, tomate 'partío', frito de magra, brochetas de pescado, entrecot, rollitos de salmón rellenos de ensaladilla de marisco, solomillo. La patata rellena lleva pisto, bacalao y un alioli que queda más suculento después de ser gratinado. La alcachofa rebozada con virutas de mi-cuit y almendra es una de las tapas estrella de la casa, pero el hecho de que la verdura haya salido de un bote de conserva me deja un tanto frío. ¿En Murcia? ¿En serio?

Las manitas de cerdo salen tiernas y pegajosas, como a mí me gustan. Sin salsa, con apenas un poco de su propio jugo, la carne se despega del hueso y el sabor es justo el que uno espera tener en la boca. El rabo de toro queda igualmente tierno; se nota una cocción larga y controlada. Viene acompañado de patatas panaderas fritas y, también en este caso, la carne no tiene salsa alguna más que el jugo que ha podido soltar la pieza de rabo. Sin más.

Entre plato y plato, un hombre de unos sesenta años se apoya en la ventana por la parte de afuera y se pide una caña y «una rosquilla con algo». Dos minutos más tarde, otro hombre, de mayor edad que el primero, se hace un hueco en la barra por mi izquierda y pide un tapón de güisqui. Es evidente que ambos han hecho una parada técnica antes de ir a comer a sus casas. Tres minutos después ya no están, y sus puestos los ocupan otros tantos que repiten una operación parecida. Para mí, junto a los precios tan ajustados, un fiel reflejo de la filosofía de bar para el pueblo que resulta ser el Mesón Guinea.

Detalles

El mero rebozado queda un tanto insípido y tengo que tirar de sal para darle un poco de vida. Al rebozado lo encuentro sin fisuras y a la ración de la tapa muy generosa. El caldero que acaba de salir como el guiso del día, además de los que ya hemos contado, tiene una pinta extraordinaria. El punto del grano y la textura melosa del conjunto del arroz es perfecta, además de que viene con dos buenos trozos de pescado blanco que, aunque se exceden del plato para los puritanos, yo personalmente los agradezco. Lástima que el punto del ajo predomine sobre el del pescado o la ñora.

Los postres son todos caseros. Me llama la atención el denominado pan olvidado, que es una especie de torrija sin rebozar ni freír que ha sido empapada en leche con un toque de naranja. Viene acompañada de una bola de turrón, que para mí es lo mejor del plato. Efectivamente, parece un pan que se ha olvidado y no ha llegado a ser torrija. Con lo buena que está recién hecha.