Mi güertica murciana

Uno de los salones del restaurante Rincón Huertano, en Beniaján (Murcia). /
Uno de los salones del restaurante Rincón Huertano, en Beniaján (Murcia).

Rincón Huertano ofrece una cocina tradicional y platos típicos entre limoneros y utensilios de labranza

SERGIO GALLEGO

El nombre del Rincón Huertano lo dice todo. O casi todo. En lo más profundo de Beniaján, en plena huerta, se encuentra este restaurante de cocina tradicional de Murcia. Para llegar es conveniente pedir un GPS o llamar antes al propio restaurante para que te indiquen si se escapan a tu saber estos recónditos rincones de pedanías y barrios de la capital.

Efectivamente, además de estar en un rincón, el local es una clara apología a lo huertano. Paredes, centros de mesa e incluso la arquitectura de alguno de los edificios se erige en homenaje a nuestros abuelos. Un buen sitio para llevar a nuestros hijos para que corran -hay una superficie amplia de metros al aire libre- y para que vean algunos utensilios ya en desuso, no porque no queden abuelos, que quedan, sino porque lo que no queda es huerta.

El restaurante tiene una zona más informal con barra y varios comedores para comer más tranquilos. Me siento en una silla actualizada pero del modelo de aquellas que sacaban las mujeres a la puerta de casa para tomar el sol o el fresco y, sobre la mesa encuentro molinillos manuales de café, candiles, botijos y tinajas recubiertas de cuerda. Mientras espero mi comanda, el camarero me acerca un rico tomate rallado con aceite y sal para poner en una tostada de pan caliente.

Seguidamente, llegan las croquetas; una muy correcta de espinacas con pasas y piñones y una soberbia de jamón donde los taquitos de carne están a la altura de la cremosidad de la bechamel y del crujiente del rebozado. Para mí, de las mejores de Murcia.

Un canapé de revuelto de níscalos con virutas de jamón, jugoso, crujiente por la textura de la seta y en su punto de sal, da paso al zarangollo, otra de las tapas que no faltan en las vitrinas de la barra. En este caso, el calabacín no ha sido pelado y la cebolla tiene el punto de cocción que la deja traslúcida simplemente, además de que el tratamiento al huevo para terminar el revuelto -no deja de ser un revuelto- vuelve a quedar jugoso y sabroso. Juraría que está hecho en el momento.

La vieira con crema de calabaza y alcachofas confitadas de la carta termina siendo vieira con pisto murciano, huevo de codorniz escalfado y virutas de jamón fritas. El pisto queda meloso, el huevo como una bomba de sabor en la boca y la vieira como un potenciador elegante del mar. Un plato imprescindible del restaurante en donde no hay pretenciosidad, sino producto y murcianía.

Clásicos

La milhoja de chato murciano, sin embargo, es un plato para olvidar. Tres escalopes de cerdo sobre una cama de setas congeladas -el camarero las marca como de temporada-, con boniato entre los filetes y coronado con unas espinacas fritas con exceso de aceite. Muy mejorable en todos los aspectos, como el pan que acompaña la comida, que resulta gomoso y sin gracia. Mucho más recomendable resulta el solomillo de cerdo con foie y salsa Pedro Ximénez. Carne muy tierna que asume los sabores del hígado y de la salsa como propios. Todo un clásico.

Para terminar, como especialidad de la casa, me recomiendan el pastel de frutas. Pero, al entrar, en las vitrinas que lucen la carne, el pescado y los postres, me ha parecido ver un suflé recién hecho y, si mi sentido arácnido no me falla, tiene que ser de limón. Así es, cremoso, fresco y con ese aire a limón tan nuestro. Como tiene que ser un rincón huertano.