La venta del siglo XXI

La barra de tapas de la Venta El Payo. /
La barra de tapas de la Venta El Payo.

Venta El Payo abre sus puertas con 2.000 m2 de terreno dedicado a la carne a la brasa, el tapeo de barra, arroces y guisos tradicionales

SERGIO GALLEGO

La explanada al aire libre que hace las veces de terraza y de espacio de juegos para los niños en la recientemente inaugurada Venta El Payo será de unos mil metros cuadrados aproximadamente. Mesas altas y bajas en la zona de la cocina a la lumbre y a las brasas -está encendida veinticuatro horas, al igual que el servicio del restaurante-, comparten el espacio al aire libre con un reloj solar y un miniparque para los niños. El sistema de brasas es curioso cuanto menos, puesto que en el centro de las mesas se coloca un brasero para introducir las teas para que sea el cliente quien se cocine su propia carne.

Al entrar, a la izquierda, encontramos la tienda de la propia venta, con unos cincuenta jamones colgados y la zona de los embutidos caseros y latas en conserva. A la derecha, una barra cuadrada repleta de tapas típicas murcianas y, un poco más adelante, un enorme salón acotado por unos biombos provisionales. Mesas con mantel de tela, mobiliario elegante y moderno y una disposición de copas más propias de un local del centro que de esta parte de la Nueva Avenida de la Región de Murcia, tan difícil de encontrar, por cierto.

El camarero me ofrece una hoja con el menú del día, que tiene ensalada, judías con chorizo o arroz marinero, de primero; y carrilleras en salsa o salmón Dubarry de segundo; natillas o arroz con leche; café, pan y una bebida, todo por diez euros. Casi al mismo tiempo, y con un ligero golpecito en el hombro, me deja en la mesa unas estupendas almejas a la marinera gentileza de la casa, justificadas por mi ausencia en la inauguración. En la carta, arroces cuajados en sarmientos, medio centenar de entrantes, pescados y carnes de todo tipo, además del típico embutido de una venta.

Unos buenos caballitos y buñuelos de bacalao, con aceite limpio y sabor de la gamba y el bacalao predominando, y una sardina en salmuera de gran calidad con un boquerón en vinagre acompañando a una correcta ensaladilla rusa me preparan para uno de los platos principales. He de decir que en las ensaladillas rusas no debe predominar un ingrediente por encima de otro y, si es así, prefiero que sea el atún y las variantes los que destaquen a encontrar grandes trozos de patata.

Al guiso de rabo de toro lo custodian media docena de judiones bien cocidos. La carne se presenta casi sumergida en una salsa liviana, sin restos de cacaos y caramelizados, pero con la ternura de unos sesos de cordero. Buen plato.

Huevos rotos con trufa

Para probar la mano de quien dirige las brasas, pido media ración -disponible en casi todos los platos- de presa, con guarnición de patatas a lo pobre con pimientos. El camarero me pregunta por el grado de cocción de la carne y, aunque la pido al punto, encuentro que la cocina aplica el mismo sistema para las rojas que para las blancas, por lo que queda poco hecha, en vez de ligeramente rosada en su interior.

Para terminar, huevos rotos con trufa, con una generosa cantidad de patatas y una falta importante de sabor al hongo. Los huevos, perfectamente cocinados, parecen esperar que mejore el pan del servicio por uno redondo de pueblo, en vez de la chapata actual.

El fin de fiesta lo pone uno de los dos mejores tocinos de cielo de la Región. Los hay con un toque de café y otro hasta con chocolate, pero es el clásico es el que le hará llorar de placer.