Redobles contra el mal tiempo en Moratalla

Los tamboristas llenan una de las calles más céntricas con sus coloridos atuendos./J. F. Robles
Los tamboristas llenan una de las calles más céntricas con sus coloridos atuendos. / J. F. Robles

La lluvia deslució la fiesta, pero no logró acallar el estruendoso rugir de los tambores

JUAN F. ROBLESMoratalla

Las previsiones meteorológicas se cumplieron y, alrededor de mediodía, empezó a llover en Moratalla, pero los tambores no dejaron de sonar, tanto en el interior de los locales que tienen habilitados las distintas peñas como bajo los balcones. Los tamboristas se refugiaron también en las carpas instaladas en las calles y plazas más céntricas, e incluso bajo el mismísimo capirote. La lluvia acabó afeando el estreno de esta fiesta, que hace unos meses recibió el reconocimiento de la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, junto a otras ciudades de España que comparten esta tradición ancestral.

Desde bien temprano, los más madrugadores se echaron a la calle para saludar al alba, pero la lluvia hizo su primera aparición al filo del mediodía. Fueron unos minutos, pero el cielo amenazaba con más agua. Sobre la una y media de la tarde, descargó con fuerza y el aguacero obligó a buscar dónde resguardarse.

Esta tradición fue reconocida por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad

A pesar del agua, el tronar de las pieles se escuchó en cualquier rincón del municipio

Durante la mañana hubo redobles, pero el sonido no era el mismo que otros años. La piel de los tambores estaba húmeda. Por este motivo, el presidente de la Asociación de Tamboristas, Juan Nicolás Martínez, se lamentaba de las inclemencias meteorológicas. «La lluvia impide que se luzca la fiesta, pero lo peor es la humedad. Las pieles de los tambores pierden la tensión y ya no suenan igual. Es una lástima pero no podemos hacer nada», comentó.

La tristeza contrastaba con la alegría de recordar que la noche anterior, la de Miércoles Santo, el acto sorpresa que se organizó en la explanada del Ayuntamiento fue todo un éxito. «Fue algo sorprendente», dijo un grupo con antorchas que precedía a una docena de tamboristas. Estos se fueron aproximando, haciendo sonar sus instrumentos, y se subieron al escenario, donde se inició un espectáculo en el que se combinó la música, la pólvora de un castillo de fuegos artificiales y el toque.

Los más inquietos empezaron a tocar sus tambores a las siete de la mañana y se dirigieron a La Farola para degustar los rollos fritos y una copa de licor café. En las horas sucesivas, a pesar del cielo plomizo, la fiesta siguió con su esplendor. El redoble de los tambores y el colorido de las túnicas fueron llenando de música y bullicio las empinadas cuestas y las recoletas plazas de la localidad.

El tronar de los 'pellejos' se escuchaba desde cualquier rincón, en cualquier esquina. Solos o en grupo, los tamboristas recorrían la ciudad en un ir y venir sin desfallecer en ningún momento. Esta fiesta es diferente a otras en las que también se utiliza el tambor, ya que estos no forman parte de los cortejos procesionales, tocan antes o después de las procesiones, y lo hacen de una forma especial y muy singular.

Túnicas singulares

Desde hace semanas, los tamboristas se han esmerado en tener todo preparado para participar y actualizar un espectáculo acústico que llena de redobles el techo de la Región. El sonido se impregna de matices y del colorido de las singulares túnicas que visten los penitentes, que recorren calles y plazas en una atronadora y sorprendente cascada de redobles de cientos de tambores que hacen vibrar un cielo ayer permanentemente cubierto de nubes.

Los preparativos se repiten siguiendo un proceso similar cada año: se ajustan las pieles, se ciñen los cinchos, se cogen los palillos y se enfundan las túnicas. Muchos deciden salir en pequeños grupos que llevan, para turnarse, varios tambores. Pero también los hay que prefieren la soledad que esconden bajo sus capirotes. Otros, 'desobedeciendo' la tradición, salen a la calle con la cara descubierta. Unos y otros, moratalleros y tamboristas llegados desde otros lugares de la Región y de las comunidades autónomas limítrofes, son partícipes de una sinfonía de redobles que acompañan a los niños desde su más tierna infancia y a los mayores hasta el final de sus vidas. El rugir de los tambores continuará, si el tiempo no lo impide, durante toda la jornada de Viernes Santo.

Jesús Amo, alcalde de Moratalla, adelantó que, en función de la lluvia, «podría plantearme publicar un bando para que la tarde del sábado los tambores vuelvan a sonar en nuestro pueblo, aunque habrá que esperar a ver qué pasa». En el programa, está previsto que los redobles se vuelvan a escuchar en la mañana del Domingo de Resurrección. A mediodía y en la escalinata de la Iglesia de la Asunción, se oirá el sonido de estos instrumentos en honor a Jesús Aparecido.