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Un tesoro entre cenizas y volcanes

PLANES | LA RUTA CON UN PAR

Un tesoro entre cenizas y volcanes

Los valores minerales de la pedanía de Salmerón han atraído al hombre desde la Edad del Bronce

26.10.12 - 01:28 -
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Justo en la frontera que el pasado junio dejó marcada a fuego y en la piel de la tierra el incendio que obligó a desalojar la pedanía moratallera de Salmerón, se esconde bajo el suelo uno de los mayores tesoros geológicos, no solo de la Región sino del mundo, que se han quedado grabados en los restos arquitectónicos y arqueológicos de un territorio que siempre vivió de los frutos de la tierra, y aun hoy -ahora gracias al arroz de la D.O. de Caslaparra- lo hace. Las hirientes llamas que arrasaron la zona, dejaron al descubierto unos antiguos hornos olvidados por la memoria colectiva -la mayoría de las personas que vivieron de las minas de azufre han fallecido y nadie recuerda cómo era vivir de ellas, a pesar de que se explotaron hasta 1960-. Eran los hornos en los que se extraía el azufre que convirtió a esta zona en la primera mina a nivel nacional y una de las más importantes de Europa occidental de este mineral y que han mantenido a su alrededor una población permanente desde época romana. Por aquí comienza esta ruta para conocer los secretos de un terreno que estuvo sumergido bajo el mar y que en el fondo submarino dio origen a los valores minerales que lo hacen merecedor de ser un Lugar de Interés Geológico, tanto a nivel regional como mundial: las rocas ultrapotásicas del cerro de Salmerón; el sílex nodulado, del blanco al negro; y el azufre. Unos valores que ya atrajeron a los primitivos moradores del cerro de Salmerón (hay restos de la cultura argárica, y también tardorromanos).
Para llegar a la batería de abovedados hornos de azufre que hoy sirven de encame a la cabra montés y que todavía se mantienen en pie, hay que tomar un camino que sale a la izquierda de la carretera Embalse del Cenajo-Salmerón (hay un cartel de zona de reserva y parte en paralelo a la calzada). Ya a pie, paseará entre pinos y arbustos sanos y otros calcinados por el incendio del pasado verano. En zona yesífera (yesos de los que se ha abastecido la mina de azufre durante casi dos milenios), parte de la vegetación de matorral calcinada ya ha rebrotado, un valor importante ya que este espacio es Lugar de Interés Comunitario e interés prioritario por su vegetación gipsícola. Unas especies que, tras el incendio, serían una buena opción para repoblar la zona, aterrazada en la segunda mitad del pasado siglo para replantar un territorio deforestado por la industria minera.
Los conejos campan a sus anchas, con permiso de los zorros, y comparten espacio con las cabras monteses y los tejones.
No muy lejos de este punto, pero desplazándose en coche hasta el mismo núcleo de Salmerón, se encuentra el cerro de Salmerón. Un pitón volcánico submarino de hace entre 24 y 5 millones de años. Si aparca bajo la torre de la ermita, debe subir por un camino de tierra que pasa junto a una cuadra. Justo donde acaba su vallado, hay que tomar un camino que parte a la derecha (hay un pino seco) para subir entre pinos, espino negro, manrubio, setas, musgo y ombligos de Venus hasta el cerro que separa el pitón principal del secundario. En el camino encontrará sílex nodulado que en la prehistoria se usó con fines rituales y religiosos (por su forma de pequeños ídolos), para tallar herramientas cortantes con las que ser más poderosos y para comerciar con él. De echo, en el camino, encontramos una tortuga (por su parecido en la forma) de la que extrajeron lascas para fabricar cuchillos, raederas o puntas de flecha.
Rodeando luego el pitón principal (sin perder altura y dejándolo a su izquierda) pasará bajo las margas silicificadas en tiempos en que se produjo la erupción y las rocas volcánicas con alto contenido en potasio (o lampreoitas) de gran rareza: hay localizados una veintena de afloramientos en el mundo, de los que 11 están en el sureste peninsular y solo dos fuera de la Región. Además, podrá observar la huella permanente que las burbujas de gases tallaron en el magma bajo el mar y que hoy se han convertido en refugio ideal de animales como las ginetas.
Para llegar a lo alto del cerro, pasará por un terreno plagado de restos cerámicos y sílex, territorio argárico. Y junto a la gran fractura, que oculta una leyenda de enamorados, hay que rodear la cresta, dejándola a la izquierda, para encontrar, en el lado opuesto, la escalera -bastante deteriorada- por la que los habitantes de la Edad de Bronce subían al poblado que lo coronaba. Arriba, debe tomarse su tiempo para empaparse de las impresionantes vistas desde las que se domina el Segura, y se avistan Sierra Seca, la Sierra de los Donceles y el Cerro de Pajares; y entretenerse en buscar aún otra sorpresa: un calderón de tierra. Es un agujero excavado en la dura piedra volcánica, un petroglifo al que en la prehistoria se le daba usos rituales.
Cuando acabe, todavía puede prolongar un poco más la jornada de disfrute, esta vez para comprobar como la humedad ambiental, que aporta la cercanía del Segura, origina un microclima en el que junto a setas, helechos y musgo, se desarrolla a sus anchas un antiguo bosque de tarays con líquenes colgantes en sus ramas. Para verlo con sus propios ojos debe bajar hasta la rambla de las Oraciones. El camino no es fácil y ofrecer puntos de referencia algo complicado, pero debe abordar un descenso por la ladera norte, salvando las gigantescas terrazas por los puntos más cómodos, hasta un camino que se controla desde lo alto.
Si llega al camino, debe cogerlo hacia la derecha y cuando vea la torre eléctrica, antes de una curva pronunciada, tomar un sendero que se desvía a la izquierda y pasa entre dos grandes rocas. Aproveche el lomo que separa dos ramblizos, para llegar al cauce de la rambla de las Oraciones y disfrutar del bosque de tarays, todavía un poco seco tras el ardiente verano. Después, a la altura del único salto de la rambla y frente a una pared de yeso, suba a la margen izquierda para llegar al camino que -a la izquierda- le conducirá, tras ver la casa forestal y dejarla a la derecha, hasta la carretera que le llevó a Salmerón.
Una vez más puede elegir entre dar por concluida la aventura geológica (siga la carretera hacia la derecha) o continuarla un rato más. Si escoge la segunda opción, cruce recto la carretera y siga de frente por una pista. Cuando vea un poste de la luz a su derecha, suba hacia él. Si se fija en las rocas (calcarenitas) verá impresos en ellas fósiles de cuando estas tierras estaban cubiertas de aguas salinas. Y, en dirección norte, si llega hasta el hito cubierto de líquenes, observará desde arriba el barrio de Triana, un barrio poblado por los emigrantes que, ya en el siglo XVI, acudieron a Salmerón atraídos por su actividad minera.
Por la pequeña fractura que ha dejado atrás antes de llegar al mojón, debe descender hacia el barrio y tomar la carretera, a la derecha, ahora sí de regreso a Salmerón para dar por concluida una intensa jornada por lo que fue el fondo del mar hace millones de años.
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