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Carlos Pardo muestra sus 'Paisajes', «respuestas apasionadas y modos de ver implacables», en Puertas de Castilla

12.10.12 - 00:59 -
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Ahora, la pintura de Carlos Pardo es como un arrebato, hundido en la autenticidad y en el convencimiento. Si no fuese así, no brotarían de unos pinceles tan tensos y un taller tan abigarrado toda la fortaleza que derrochan unos cuadros, en los que, sí, aunque parezca pecado, se mezclan una sensación clasicista con impulsos de modernidad. Es un cambio lento, pero madurado, el que más se palpa en esos paisajes, que se nos aparecen cubiertos de ráfagas cromáticas, que han salpicado con su expansión los espacios anónimos, pero definitivamente creados. En la obra de este todavía joven pintor, no es obligación recurrir al paisaje natural, porque lo que pinta es advertencia clara de un pensamiento paisajístico, que se ha colocado sobre un lienzo, cubierto de sensaciones y de inspiración.
La animación que zarandea, la vitalidad que brota y la inmersión que se produce, son facetas claras de reconversión, un medio de evitar que la penuria de la desolación paisajística quede limitada a una sensación negativa. Lo que interesa es la resurrección de lo desolado, como método de sugestión, que trasciende la normativa habitual, la insistencia en una metodología anticuada y en una formalidad ajada por el uso.
El tiempo ha servido para que Carlos Pardo -¿cuántos no recordamos aquellos escalofríos que provocaba en su niñez con su comportamiento arisco y desenfadado?- haya ahondado en su propio misterio, hasta recapacitar sobre su ayer y su mañana. Si alguna vez se diseñó un plante para meditar sobre su vida, no hay duda de que también lo ha hecho con su mente abierta a la pintura. Su propia fortaleza le ha insuflado vigor y nervio para renovarse. Ha roto sin herir, y se ha situado en un lúcido ritual, que desconoce acaso, pero que, por esa ignorancia, provoca la realidad absoluta en la veracidad de su obra. Rompen sus paisajes, que parecen haber recogido todas las instancias que la naturaleza pueda ofertar, en sus más variopintas presencias. En todos ellos se manifiesta la sensación de reconvertir en algo más, de crear lo que no existe y que, si existiera, no se mostraría ante nuestros ojos.
La puridad desempeña un papel imprescindible, y que en estas encorajinadas pinceladas adquiere la sensación de lo trascendente. Basta con percibir la fortaleza del trazo, la limpieza de las formas, la carencia de retoques y la mezcolanza arrebatada de los colores, para que nos salpique la sensación de que en la obra de Carlos Pardo, sean paisajes, sean desnudos femeninos, se sobrepone un síntoma de sensible pureza. A la vez brota otra impresión de luminosidad emanada del conjunto, en el que los tonos más opacos aparecen desprovistos de oscurantismo. Sea azul, amarillo, blanco, rojo intenso ..., parece como si, a través de estos colores, todo quisiera imponerse con el efecto de conjuntada plenitud.
¿Y los desnudos? Podría afirmarse, sin caer en la pedantería, que son cantos poéticos sobre la mujer, que nos aparece esbozada, pero que oferta la totalidad del papel que desarrolla en cada uno de los cuadros. Carlos ha ladeado la figuración más virgen, para dejar vía libre a su fantasía poética, acaso oculta en su propio pensamiento, pero que se refleja en esos cuerpos insinuantes e insinuados, pletóricos de bellas sugerencias.
El camino de este pintor es muy personal. Pudo tener su origen en un ambiente propicio, que le inyectó brío inicial. Después, y desde tiempo ha, ese camino se ha ido forjando sobre una mente cuajada de sacrificio y de entrega, y alimentada por el afán creativo. Basta con ver y sentir.
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