Las novicias de África y Latinoamérica palían el descenso de vocaciones en los conventos

Las formadoras sor Ana y sor Ángela, en los extremos, las novicias Sonia y Ximena y la aspirante Helena, en el centro, rezan en la capilla del noviciado. / N. García / AGM

La Diócesis de Cartagena ha perdido en apenas dos años al 6,5% de los religiosos radicados en la Región y ha visto la marcha de dos congregaciones

Pedro Navarro
PEDRO NAVARRO

'Ora pro nobis'; 'ruega por nosotros'; 'pray for us'; 'eñembo'e ore rehe'; e, incluso, 'utuombee sisi'. Oraciones como el 'Ave María' resuenan en los conventos de la Región en idiomas tan dispares como el latín, el castellano, el inglés, en guaraní o el suajili. Y lo hacen porque son las hermanas y novicias latinoamericanas y africanas las que están permitiendo paliar el importante descenso de vocaciones religiosas al que se enfrenta la Iglesia en España en los últimos años. Y es que la Diócesis de Cartagena ha perdido en apenas un bienio al 6,56% de los miembros de las órdenes, congregaciones e institutos seculares radicados en la Región: los moradores de los 101 monasterios y conventos han pasado de los 792 de 2017 a los 738 con los que arrancó el presente año. La bajada es mayor si se atiende únicamente al colectivo femenino -que es el más numeroso-, ya que el número de monjas se ha reducido en el mismo periodo un 7,2%, desde 678 hasta 629.

Los seminarios gozan de mejor salud, con una media de 80 alumnos en la última década

Y todo ello a pesar de que la sensación que prima tanto en la Diócesis como entre aquellos que apuestan por la vida consagrada es que el Levante es una de las zonas más fecundas de España en vocaciones. «Yo estuve en Burgos antes del traslado de nuestro noviciado a Alcantarilla, hace casi tres años, y por el norte está todo más frío», considera sor Ana, formadora de la única 'escuela de monjas' de las Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús. Según datos de la Diócesis, nueve novicias se forman en conventos de la Región y otras dieciséis chicas se encuentran realizando su postulantado. Esta etapa previa permite a las jóvenes conocer el funcionamiento de las comunidades y decidir «si Dios les está pidiendo que se entreguen a la vida consagrada o si deben vivir su fe formando una familia», subraya sor Ana.

En el caso de las religiosas de vida activa -actualmente hay 479 en la Región-, estas pueden ser destinadas a cualquier parte del mundo al acabar su formación. «Siempre tenemos las maletas preparadas», indica Sor Ana, que, además de monja, es enfermera y ha prestado apoyo a colectivos en situación de exclusión social. Los frutos de este trabajo, con cotización a la Seguridad Social incluida en muchas ocasiones, permiten sostener cada orden, que funciona de manera autónoma gracias a la puesta en común de estos ingresos. Así se sufraga el mantenimiento de misiones en zonas pobres del globo y el de las religiosas de vida contemplativa o 'monjas de clausura.

Convento de Santa Clara, en el Paseo Alfonso X El Sabio de Murcia.
Convento de Santa Clara, en el Paseo Alfonso X El Sabio de Murcia.

A pesar de lo pródiga en vocaciones que es esta zona de España, las comunidades religiosas resisten a duras penas el envejecimiento de sus miembros o su muerte. Las Clarisas de Murcia hacían un llamamiento meses atrás, dado que una nueva disposición del Vaticano obliga a cerrar los conventos con menos de cinco religiosas. Sus hermanas de Cieza sí crecieron el año pasado, pero lo hicieron a costa del cierre del Monasterio de la Santa Faz en Alicante. Atípico es el caso de las Clarisas de Algezares, que tuvieron que hacer obras el año pasado en el convento de Santa Verónica para acoger a cinco postulantes. «Las primeras sorprendidas somos nosotras», explica su abadesa, María Ángeles Espín. No obstante, Rosina García, presidenta de la Confederación Española de Religiosos (Confer) en Murcia, confirma que son las monjas latinas y las africanas las que está impulsando las renovaciones de estas comunidades y las que ayudan al cuidado de las hermanas más veteranas.

1. El convento de las clarisas de Algezares recibe a una nueva aspirante.| 2. Los tres frailes dominicos que abandonaron Murcia. | 3. El franciscano José Hernández Valenzuela (izq.) en el santuario de la Virgen de las Huertas, que su orden abandonó en 2018. / Diócesis de Cartagena / LV

En el ámbito de las órdenes masculinas asentadas en la Región, la reducción de miembros es menor, pero también porque el número de monjes y frailes es muy inferior al de las monjas. Así, se ha pasado de los 114 religiosos de 2017 a 109. Eso sí, mientras que la Diócesis de Cartagena sigue contando con los mismos conventos ocupados que hace dos años (81, 16 de ellos de clausura), ha perdido dos monasterios -de 22 a 20-, con la marcha de los Dominicos de Murcia y de los Franciscanos de Lorca. Los cuatro hermanos de los Ermitaños de Nuestra Señora de la Luz, en la pedanía murciana de Santo Ángel, son los últimos monjes de clausura que quedan en la Región.

El músculo del sacerdocio

La diferencia más importante entre la labor social y evangelizadora de monjas y religiosos es que estos últimos pueden también convertirse en curas. En este ámbito es donde más se ve el músculo vocacional de Iglesia levantina. La Diócesis de Cartagena cuenta con unas 300 parroquias y 414 sacerdotes inscritos, mayoritariamente murcianos. Además, solo 24 son foráneos. Por otra parte, los tres seminarios han mantenido durante la última década una media de unos 80 alumnos.

«Frente a lo que ocurre con las novicias, tan solo un 6% de los seminaristas son de origen extranjero e, incluso estos, han nacido aquí o llevan mucho tiempo en España», aclara Jesús García, delegado pastoral vocacional. La mitad de las incorporaciones responden a vocaciones juveniles y el resto se corresponden con llamadas más tardías.

Jesús también es formador en el Seminario Menor, donde 25 chavales desde 6º de Primaria a 1º a Bachiller tratan de discernir cómo deben abordar su fe. «Yo les digo que vayan a la Selectividad y saquen un 14, y que después decidan si esa nota es para Dios o para otra carrera», explica García. Por otra parte, cree que ahora el acceso a noviciados y seminarios, en cierto modo, «se ha purificado»: «Ya no supone una salida profesional; hace 50 años las familias nos mandaban a sus hijos para estudiar y comer».

«Competir con todos todos los estímulos externos que hoy te ofrece la sociedad occidental y mostrarse atractivo no es nada fácil. Tenemos que apelar a que lo material te deja vacío y a que la vida está para amar y ser amado y que, ahí, Jesús te toca el corazón», proclama sor Ana. El reto de la Iglesia es que este mensaje resuene, además de en rincones de Paraguay, la selva peruana o Kenia, en lugares como la vieja Europa y en el idioma que toque, aunque 'amén' se escriba prácticamente igual en cualquier parte del globo.

Noviciado de Salesianas del Sagrado Corazón en Alcantarilla «Ver a una chica en este entorno provoca un estado de 'shock'»

«Los jóvenes se quedan en estado de 'shock' cuando ven a una chica en este entorno». Sor Ana, formadora del noviciado de Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús es consciente de que la vida consagrada supone una realidad totalmente ajena, casi más de ficción, para la mayor parte de la juventud. «Se hacen una idea que no es real, a través de series y películas que la tratan casi de un modo peyorativo», lamenta la religiosa, que dedica actualmente buena parte de sus esfuerzos en preparar a las novicias en la 'escuela' de su congregación. Este es el hogar de dos veinteañeras, que harán sus votos este mismo año. Son Sonia y Ximena; una paraguaya y otra peruana, que aterrizaron en la Región tras iniciar sus procesos de discernimiento en sus países de origen.

Ambas son claro ejemplo de por donde sopla el viento en la renovación generacional de comunidades religiosas. «En esta casa hemos llegado a ser seis mujeres de cuatro nacionalidades y tres continentes diferentes», comenta sor Ángela, madre superiora de la casa y también paraguaya. «Sin embargo, a veces el Señor nos sorprende», interpela sor Ana presentando a la joven Helena, que ni siquiera alcanza la veintena. Esta chica, originaria de la localidad alicantina de Petrer, se incorporó a este centro como aspirante poco después de hacer la Selectividad y a raíz de «una experiencia vital difícil». En estos momentos, mantiene sus primeros contactos con la vida religiosa.

1. Ingresar en la comunidad implica también compartir vida, incluidas las tareas del hogar y de cocina. | 2. Monjas y alumnas pasan la mañana entre oraciones y sesiones de estudio. | 3. Las dos novicias y la aspirante comparten impresiones en una de sus habitaciones.

Las tres se toparon con cierta incomprensión inicial que han ido superando. «Mi padre tenía una visión de la vida religiosa muy medieval», lamenta Helena, muy complacida por la impresión que se llevó su familia cuando acudió un día a cenar al 'convento'. «¡Pero si son normales!», comentaba el progenitor tras la visita. Ahora se encuentran inmersas en un proceso que puede durar entre nueve y trece años, con una media de cuatro para tomar los primeros votos. «Primero las invitamos a compartir nuestra vida y ahora nuestra labor esa acompañarlas mientras se preguntan qué sienten por Dios, si este les atrae como un chico y qué es lo que este les pide», remarca sor Ana. Pero este camino puede implicar muchas renuncias, comenzando por la de formar una familia. «Yo tenía pareja, pero no me llenaba y sentía que le era infiel al Señor con él», confiesa Helena. «Todas las elecciones implican dejar algo, pero también te pueden dar nuevas posibilidades: mi hermana creía que con el convento se me acababa la vida y ahora piensa que yo, que me he corrido medio mundo, sí que he vivido», apostilla sor Ana.

Ahora estas jóvenes pasan sus días entre rezos matinales y clases de Teología vespertinas, a las que se unen actividades casi extraescolares como la música y el inglés. Más tarde podrán estudiar una carrera universitaria con la que desarrollar una profesión civil. «Yo fui la única estudiante de Enfermería con hábitos en mi promoción», recuerda sor Ana. Pero, ante todo, lo que hacen es mantener una vida en común. «Comemos juntas, salimos a hacer deporte y vemos y comentamos los informativos, porque hay que saber que ocurre en el mundo en el que desarrollamos nuestra labor», explican. Incluso tiene un pequeño 'cinefórum' de películas con mensaje espiritual. Entre ellas, cintas sorprendentes como 'Pena de muerte' y 'Gran Torino'. Lo que suena en el equipo de música tampoco deja indiferente. A Helena le gusta el flamenco y Ximena y Sonia tienden a escuchar sonidos de su tierra. «Pero el 'Despacito' también se pone de vez en cuando», comentan de manera divertida. «En esta casa hay alegría», concluyen.