De la neurocirugía al periodismo

Nadia, alumna de tercero del doble grado de Periodismo y Documentación, en el claustro de La Merced./ ros caval / agm
Nadia, alumna de tercero del doble grado de Periodismo y Documentación, en el claustro de La Merced. / ros caval / agm

Si Nadia ha pasado ya el ecuador de su grado en la UMU, Sara confía en ocupar una de las 200 plazas de primer curso de Medicina en la universidad pública el curso próximo

Fuensanta Carreres
FUENSANTA CARRERES

«De la ignorancia surgen mitos. De la ignorancia surge el odio. El odio hace daño». Lo escribe Nadia, alumna de tercer curso del doble grado de Periodismo y Documentación en la Universidad de Murcia, en su blog, donde comparte sus reflexiones sobre la diversidad y, sobre todo, deconstruye tópicos y estereotipos. Como su trayectoria vital y académica, tan alejada de esos arquetipos que, advierte Nadia, duelen. Los padres de la joven emigraron desde un pueblo cercano a Oujda, en el norte de Marruecos, hasta Lobosillo, donde Nadia empezó su vida escolar con cuatro años en el cole de la pedanía murciana. La Secundaria la inició en el instituto de Fuente Álamo, donde padeció la xenofobia de algún compañero y, peor aún, la mirada hacia otro lado del profesor que debía reprenderlo, y la terminó en el IES Alquibla de La Alberca. La familia completa se mudó hasta allí cuando la hermana mayor de Nadia, Zineb, aprobó selectividad y dijo que quería ser maestra. «No podíamos pagar dos pisos, y mi padre, que trabaja en el campo, decidió sacrificarse: nos trasladamos todos a Murcia para que mi hermana estudiara, y él es quien madruga todos los días para ir al campo a trabajar».

El acceso de Zineb a la Universidad de Murcia descubrió a Nadia un horizonte de posibilidades de futuro. «No me había planteado hasta ese momento que ir a la universidad fuera una opción», recuerda la joven, a quien sus padres siempre han animado a estudiar y formarse. Lo hace con la ayuda de becas, y enfrentando serios inconvenientes por el gran -y cruel- atasco en las tramitaciones para lograr la nacionalidad. La hermana de Nadia, graduada en Magisterio en 2016, no podrá presentarse a las oposiciones del próximo domingo porque aún no tiene la nacionalidad. Tampoco Nadia. «Es un ejemplo del racismo institucional. Tampoco pude votar en las elecciones, como si no fuera una ciudadana más», se indigna.

Sara, después de terminar la EBAU, en su instituto de El Carmen.
Sara, después de terminar la EBAU, en su instituto de El Carmen. / R. C.

Si Nadia ha pasado ya el ecuador de su grado en la UMU, Sara confía en ocupar una de las 200 plazas de primer curso de Medicina en la universidad pública el curso próximo. Su 'notaza' media de Bachillerato (un 9,41) y, espera, los resultados de la EBAU, le dan opciones. «Quiero ser neurocirujana; tengo vocación, y se me da muy bien estudiar y aprender», cuenta esperanzada en lograr sus objetivos. Sara sí tuvo siempre claro que estudiaría un grado universitario. Sus padres, que se trasladaron a Murcia desde Fez para completar su formación, también tienen estudios superiores.

El duelo de la migración es un sentimiento desconocido para Sara, que pertenece a la generación de nuevos españoles nacidos desde finales de los noventa, niños que han crecido en España y son hijos de extranjeros, en muchos casos también nacionalizados. Niños que ya son compañeros de clase, de universidad y de trabajo, y que se posicionan con firmeza en la sociedad en la que se han criado. «Soy afortunada. Me siento española y a la vez marroquí, y eso no me genera ningún problema. Pero a veces al conocer la gente mis apellidos cambia de actitud y tengo la etiqueta de inmigrante», reflexiona Sara, feliz de poder tomarse un descanso después de un año en el que, reconoce, se ha esforzado «muchísimo con los estudios».