Músculos y testosterona en el crimen de El Bojal

Policías judiciales inspeccionan la escena del crimen en los minutos posteriores al suceso, en el Carril Márquez de Beniaján. / Edu botella / AGM
Policías judiciales inspeccionan la escena del crimen en los minutos posteriores al suceso, en el Carril Márquez de Beniaján. / Edu botella / AGM

El juez procesa a un presunto traficante de marihuana y a su supuesto sicario por la muerte a tiros de un conocido en enero de 2018; un asalto armado en busca de drogas y dinero desencadenó presuntamente la venganza

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Eran las 11.21 horas del 23 de enero de 2018 cuando Arturo marcó el teléfono de su mujer en su teléfono móvil. Ella le escuchó decir que acababa de salir del gimnasio y que se dirigía a comprar algo de comida cuando, de repente, notó que alguien interrumpía la explicación de su marido, en apariencia para preguntarle por un conocido. «No, tío, hace media hora que se ha ido. No, yo no voy para allá; voy para el Mercadona», oyó cómo Arturo se dirigía al desconocido. Después, sonaron los tres petardazos. Pam. Pam. Pam. Luego, nada. Un silencio que, de tan denso, certificaba la desgracia.

Con la llegada de los primeros efectivos de la Guardia Civil hasta el carril Márquez, en el paraje de El Bojal, donde se había perpetrado el asesinato, se inició una compleja investigación dirigida a esclarecer unos hechos que, ya desde esos primeros instantes, apuntaban claramente a un posible ajuste de cuentas.

El principal sospechoso tenía razones para pensar que la víctima estaba detrás de un robo con violencia en su domicilio

Los especialistas del Grupo de Homicidios de la Comandancia de Murcia no tardaron en componer el perfil básico de la víctima. El cuerpo que yacía sobre el asiento de un Renault Megane gris, con tres disparos en la cabeza, correspondía al de un vecino de la zona, Arturo H. T., de 38 años de edad, natural de Ibiza, casado y con dos hijos, muy vinculado al mundo de los gimnasios. Tanto era así que algunas de las primeras declaraciones tomadas por los agentes ya apuntaban a que podría haberse estado dedicando al trapicheo con anabolizantes y otras sustancias similares, todo ello a una escala bien reducida, por lo que sus conocidos no creían que en esa actividad se ocultara la razón del asesinato. Aún así, señalaron que, en los últimos días, le habían visto preocupado por un paquete que estaba a punto de recibir y que, una vez localizado por los guardias civiles, se constató que contenía anabolizantes y otros fármacos destinados a estimular el desarrollo muscular.

Un testigo protegido

Las gestiones de los policías judiciales comenzaron a centrarse de esta forma en el entorno del gimnasio al que Arturo acudía prácticamente a diario. Una de sus prioridades consistió en establecer con qué otras personas había coincidido la víctima esa mañana en las instalaciones deportivas, pues las últimas palabras que escuchó su mujer a través del móvil apuntaban a que el asesino le había preguntado por un conocido. Y la respuesta de Arturo -«no, tío, hace media hora que se ha ido»- les sugería que podía ser muy interesante dar con la identidad de ese misterioso compañero de gimnasio y, ya de paso, preguntarle por qué extraña razón alguien había mencionado su nombre en los instantes previos a volarle la cabeza a otro.

En esas estaban los investigadores cuando, en la tarde del 25 de enero, apenas dos días después del crimen, se presentó en las dependencias de la Guardia Civil un hombre que dijo disponer de información sobre el asunto. Eso sí, antes exigió garantías de que su identidad no iba a trascender, por lo que se le incluyó en el programa de testigos protegidos. De esta forma, convertido ya en un número y unas letras a efectos del atestado, explicó que unos días atrás había escuchado a un tal Fernando comentar con otra persona que había «contratado a un sicario para matar a Arturo», y que, de hecho, «ya había intentado ejecutarlo antes, pero las circunstancias no eran las idóneas y hubo que posponerlo». Facilitó, además, una aparente razón para explicar que Fernando P. L. albergara tan malos deseos hacia el ya fallecido, pues pensaba que Arturo había sido el cerebro del asalto a su vivienda de Beniaján, ocurrido en agosto de 2017. Y es que, en la madrugada del día 3, un grupo de encapuchados reventó la puerta del domicilio y, tras amenazar a Fernando y a su familia, se apoderaron de dinero y joyas. Quién sabe si no se llevarían alguna cosa más, ya que el testigo protegido aseguró que el propietario se dedicaba a traficar con drogas y anabolizantes.

El supuesto cerebro habría pagado 3.000 euros y facilitado una pistola a un amigo para ejecutar el asesinato

Los datos aportados por ese inesperado y valioso confidente podían acabar constituyendo un auténtico tesoro, se dijeron los agentes, a poco que pudieran confirmar que el tipo no se había inventado esa película. Para empezar, entraron en la base de datos de la Benemérita y confirmaron que, efectivamente, el tal Fernando había puesto una denuncia en agosto por un robo con violencia en su casa. Tampoco tuvieron que hacer grandes esfuerzos para recordar que la esposa de Arturo, en su declaración, había relatado cómo había presenciado una violenta discusión entre su marido y Fernando.

Y, cuando los agentes hicieron gestiones para ver quién había estado en el gimnasio en los minutos previos al crimen, se toparon, qué casualidad, con que uno de esos clientes era Fernando. Más que suficiente para enfilarlo en serio.

Con el teléfono del sospechoso ya intervenido por orden judicial, los guardias se llevaron una bonita sorpresa cuando, el 8 de febrero, citaron a un buen puñado de testigos y uno de ellos, Jonatan M. N., llamó a Fernando nada más declarar. «Ahora nos vemos. Estoy en la plaza Circular, que voy a coger el autobús», le hizo saber, para seguidamente comentarle, muy de pasada, que «estaba la madre, el hermano, el Samuel... Yo no sé, había un puñado de gente allí».

Agentes de paisano se desplazaron a toda velocidad hacia Beniaján y constataron el encuentro entre Jonatan y Fernando, quien llegó al lugar establecido en su Renault Clío blanco. El primero subió prácticamente de un salto y ambos se perdieron en dirección a El Bojal.

Con ello, la lista de sospechosos se había duplicado. Los investigadores empezaron a analizar el tráfico de llamadas emitidas y recibidas por el móvil de Fernando en las horas previas y posteriores al crimen, y comprobaron que unas cuantas las había mantenido con Jonatan. El posicionamiento de sus móviles les situaba, además, en el entorno de la escena del crimen cuando este se produjo.

Les lleva hasta la pistola

El asunto empezaba a estar tan claro que, el 9 de mayo, procedieron a detener a Jonatan y a registrar su domicilio. El chico, voluntariamente y acompañado por su abogada, les condujo hasta el lugar donde ocultaba el arma homicida. Luego, les explicó que mató a Arturo porque Fernando lo contrató con ese fin, e incluso le facilitó la pistola. «Unos días antes ya quise matarlo, pero no se presentó la ocasión», admitió.

De ahí que el 23 de febrero supuestamente acordara con Fernando que este le avisaría, a través de un mensaje con puntos suspensivos, cuando Arturo saliera del gimnasio. «Cuando lo recibí, busqué una excusa para que Arturo se detuviera con su coche y le disparé varias veces en la cabeza y en el resto del cuerpo», confesó. Luego salió corriendo y fue Fernando quien presuntamente lo recogió en su vehículo y le entregó el resto del dinero pactado por la muerte: hasta 3.000 euros.

Fernando se negó a declarar tras ser arrestado, lo cual no impidió que ingresara en prisión ni impedirá que sea conducido a juicio acusado de asesinato. En otras diligencias, además, se le investiga por un presunto delito contra la salud pública, ya que, durante su detención, se halló un invernadero con 293 plantas de marihuana y gran cantidad de anabolizantes.

La titular del Juzgado de Instrucción número 9 de Murcia, Olga Reverte, acaba de dictar el auto por el que se establece que Fernando y Jonatan serán juzgados por un jurado popular. Ya solo falta que los letrados de las defensas, la Fiscalía y la acusación particular, que ejerce el despacho Lucas Ayala Abogados, formulen sus calificaciones provisionales sobre estos hechos y la causa se encaminará hacia la vista oral. Será una de las pocas celebradas en la Región sobre un supuesto crimen por encargo. La obra, imperfecta, de un sicario.