'Cum Laude'

Lo peor de las controversias sobre los másteres de Pablo Casado y otros políticos, y ahora la generada por la tesis doctoral del presidente Sánchez, es el daño reputacional que está sufriendo todo el sistema universitario español

Alberto Aguirre de Cárcer
ALBERTO AGUIRRE DE CÁRCER

El rostro, entre cansado y perplejo, del ministro de Exteriores, Josep Borrell, el pasado martes en Estrasburgo, reflejaba fielmente el estado de desconcierto vivido esta semana por el Gobierno de Pedro Sánchez. Borrell había acudido allí en pleno Debate sobre el estado de la Unión en el Parlamento Europeo, si bien en un encuentro informal con periodistas españoles las preguntas discurrían por derroteros bien distintos. Desde unas declaraciones suyas a la BBC sobre Cataluña, emitidas en vísperas de la Diada, a la crisis de la venta de bombas a Arabia Saudí y su incidencia en los contratos con Navantia para la construcción de corbetas. Como todos los allí presentes, el ministro quizá más sólido del actual gabinete acababa de enterarse de que su compañera, la titular de Sanidad, Carmen Montón, había presentado su dimisión, solo horas después de haber sido apoyada públicamente por Pedro Sánchez, pero también de que trascendiera que había presuntamente plagiado su trabajo de fin de máster. Poco podía decir el prudente ministro ante la nueva crisis, que se multiplicó exponencialmente cuando al día siguiente Albert Rivera preguntó en el Parlamento a Sánchez por su tesis doctoral. Lastrado por la sensación de cierta descoordinación y las recurrentes rectificaciones, el Gobierno se ha enfrentado desde el miércoles a uno de los momentos políticamente más delicados de sus primeros cien días. Es cierto que las acusaciones vertidas contra Pedro Sánchez, que llegan hasta al plagio, son realmente duras, pero el presidente no ha sabido hacer frente de la mejor manera a una crisis que cuestiona su honorabilidad personal. El primer error fue anunciar que el texto de su tesis doctoral estaba accesible en la base Teseo del Ministerio, cuando la realidad es que el acceso estaba restringido por su propia voluntad. La Moncloa tuvo finalmente que difundirlo. Respiró con alivio el pasado viernes cuando el texto superó el filtro de dos programas para la detección de plagios y quiso dar así por zanjada una polémica que, sin duda, no amainará hasta que el presidente despeje personalmente en el Congreso de los Diputados las dudas que gravitan sobre ese trabajo académico.

Que no haya pruebas de plagio (en realidad eso estaría por ver porque los programas antiplagio utilizan bases de datos con trabajos académicos, pero no documentos elaborados por Ministerios y otras fuentes gubernamentales) no invalida otras cuestiones relativas a una polémica tesis doctoral elaborada y defendida en un tiempo récord (menos de dos años) ante un tribunal de escaso peso académico, y que incluía, sorprendentemente, a un profesor con el que Sánchez había publicado previamente un trabajo. Lo que no parece entender el equipo de Sánchez es que lo que está en cuestión no es solo si contó en 2011 con ayuda o privilegios para hacer una tesis de medio pelo recompensada con un 'cum laude', sino los modos con que se está enfrentando a esta crisis reputacional como presidente del Gobierno. Enviar escritos de rectificación con amenazas de acciones legales a medios de comunicación, mientras evita dar la cara para disipar los interrogantes, no parece la mejor forma de encarar el asunto. Sánchez ha elegido un camino equivocado, como Pablo Casado, que sigue a estas alturas sin difundir sus trabajos de fin de máster.

Mientras, Rivera ya está tardando en explicar por qué la Autónoma de Barcelona ha aclarado que el líder de Cs no es doctorando de ese centro superior, como figuraba en su currículum.

Lo peor de todas estas controversias es el daño reputacional que está sufriendo el sistema universitario español, a la vista de que ya no son pocos los políticos que habrían conseguido sus titulaciones con mucho menos esfuerzo que la inmensa mayoría de los estudiantes. La reputación de la Universidad Rey Juan Carlos está finiquitada y ahora se pone en cuestión el celo de la privada Universidad Camilo José Cela. Hasta Ada Colau ha tenido que pedir disculpas a la Universidad de Barcelona por declarar que la directiva de una empresa le ofreció acabar de forma fácil dos asignaturas que le quedaban por cursar en ese centro. Cerrar en falso esta polémica sin dar todas las explicaciones no casa con los mensajes de regeneración ética lanzados por el propio Sánchez para justificar la moción de censura. El presidente aún está a tiempo de enderezar lo que peligrosamente se ha torcido.

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